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La lengua fascista

    Por NEACONATUS

    El fotograma elegido para ilustrar este artículo pertenece a la película El profesor de persa. Francia, 1942, un prisionero es enviado a un campo de concentración. Allí consigue salvar su vida convenciendo que no es judío, sino persa. Pero tendrá que enseñar ese idioma que no conoce a uno de los oficiales del campo. En la imagen el nazi se supone que lee algo inventado sin entender nada, pero creyendo que está escrito en idioma persa. Nos interesó la fotografía, porque simboliza la esencia del fascismo. Nadie entiende nada, pero todos fingen que hacen cosas trascendentes e importantes para el futuro. El absurdo es la lógica imperante que impone una crueldad sin sentido alguno. ¿Todos somos fascistas? ¿Triunfo Hitler como predijo Philip K. Dick?

    Abramos fuego con un ejemplo para que cantemos todos, a veces, para blindar mentiras no se necesitan tanques de guerra en las calles, ni militares camuflados con escudos, máscaras y ametralladoras, sino simplemente la palabra. Estamos ante un nuevo estilo de escritura, el texto accidental. Una cierta reivindicación de saberes que no podemos confrontar con la realidad, un conocimiento de la posibilidad. Yo digo que algo fue o es así, y queda sacralizado. Cada uno construye su pasado y presente a medida de un deseo ególatra. Como vivimos en una sociedad del miedo al escarnio público en las redes sociales, cunde el disimulo. Muy pocos indagan o confrontan. Muchos más se prenden en hilos de opiniones mal escritas, pésimamente fundamentadas y emocionalmente afirmadas. El análisis serio del pasado, documentado, investigado y examinado ha dado paso a un discurso de la aseveración que se escuda en construcciones sintácticas ambiguas. Se deja siempre abierta la puerta a la defensa del condicional, habría o podría, “me han citado fuera de contexto”. Comunicación fascista, según el filólogo Víctor Klemperer para quien la visión clara de las cosas no es la adecuada. El dron es menos inofensivo que el misil, vamos hacia guerras más limpias. Una mentira consoladora, pero mentira al fin. Klemperer afirmaba que los nazis usaron el lenguaje para la afirmación perentoria, que creaba verdades incontrovertibles y absolutas. Cuestionar una frase del Führer era una blasfemia. Ahora en nuestro país, el presidente se enoja y ataca con groserías escatológicas a quien no repite lo que él dice, o se atreve a opinar distinto. Como Goebbels apunta en 1933 que la acción propagandística en Alemania será un gran Schau, palabra adaptada del inglés Show: circo, espectáculo, fantasía y mercado. Navegamos en la cultura del eufemismo, sumergidos en la derrota, pero aferrados a un heroísmo redentor que siempre está por llegar. Pero nunca toca a nuestra puerta. Un señor que juega al fútbol, y como única habilidad ofrece atajar penales, expresó su confianza en la nueva dirección del país bajo el liderazgo político actual y parece que habló un Premio Nobel. Pero no degrademos esta opinión basándonos en su profesión, sería discriminatorio. Los nazis también eran cultivados intelectuales, solemos ignorar la cantidad de juristas, lingüistas y filósofos que apuntalaron el Tercer Reich. En 1934 Hermann Göring pronunció un discurso en Berlín en el cual afirmaba que “todos nosotros, desde el más simple miembro de la S.A. hasta el primer ministro, somo Adolf Hitler”. Fijémonos que basta cambiar “Hitler” por “El Mesías” para entender las relaciones con el lenguaje religioso. Pero esa transposición de personajes que se quiere imitar y hacer confundir es frágil, en el fondo, porque la realidad no copia a las palabras más que por un período limitado de tiempo. Tarde o temprano, se impone sobre la oratoria, las pantallas televisivas y los guacamayos que duplican falsedades que los mismos kapangas dictan. Los artistas (literarios, musicales y audiovisuales) más las estrellas del deporte, no quedan fuera. Cuando un jubilado no puede comprar un medicamento o se trafican infantes, todos/as somos cómplices. Más los que guardan silencio. La historia y los archivos los desmienten. Lo extraordinario es que los fascistas, pasados y actuales, no asumen sus errores, sus equivocaciones. Para ellos la culpa siempre la tiene otro. La alteridad culpógena. Campeones del gol de tiro libre por psicopateada.

    Un truco de la comunicación social de hoy consiste en no decir las cosas de frente (encima cobardes), sino sugerir. El “puede” es el ariete que induce el fraude. “Puede” que yo haya hecho tal o cual cosa, estado en aquel lugar, participado de aquello, y por último el gran remate: “no recuerdo muy bien”. Así construimos el pasado. Hacemos “literatura de ficción” a diario. No la escribimos, la vivimos. Privilegiamos la reelaboración de los datos a la verdad fáctica. Prima la anécdota, leemos chismes. Y no entremos en las formas de redacción que han adoptado las corporaciones extractivas para camuflarse. Un ejemplo: “La Fundación X1 cierra el proyecto X2 con un evento único sobre adaptación frente al cambio climático y se embarca en nuevos proyectos que trabajan para evitar el abandono de terrenos forestales que mejoren la conservación de estos valiosos ecosistemas.” El Teorema de Pitágoras es más claro.

    En marzo de 2020, en el inicio de la pandemia de Covid, cuando en Europa y el mundo aumentaba el número de infectados y muertos y se decretaban cuarentenas, Jair Bolsonaro afirmaba que el virus era una “gripeçiña”, un fantasma propagado a través de los medios de comunicación, que no pasaba nada. En agosto de ese año, él se enfermó, y propaló que se había curado con la hidroxicloroquina. Entre tanto, miles de brasileros se estaba muriendo, y la ONU confirmaba que la hidroxicloroquina era un placebo, no servía para nada. En Brasil, como en Argentina, grupos de gente y comunicadores estaba en contra del barbijo, y del aislamiento, en nombre de la libertad, y de la vacuna, diciendo que con ella te inyectaban un chip para manejarte.

    ¿Cómo explicar el comportamiento de un presidente (Brasil era el segundo país, después de EEUU, en cantidad de muertos, en el mundo, por esta enfermedad) en contra de la evidencia científica, y la respuesta de la gente? En primer lugar, las medidas sanitarias que se debían tomar (cambios de hábitos, uso de tapaboca, aislamiento) eran impopulares, es cierto; pero el deber de un gobernante es proteger el bien común. En segundo lugar, el uso del lenguaje desde el poder. Poder, significa, impunidad. Además, no hay realidad externa al lenguaje. La realidad es constantemente creada y recreada por el lenguaje, y más si viene de niveles de decisión y es amplificada por los medios de comunicación. Lo que hizo Bolsonaro, en Brasil con la pandemia, lo replicó Milei, en Argentina, en los meses previos a la elección de 2023 y ahora durante su mandato: negar la realidad, inventar la ilusión de realidad a partir de palabras, frases, insultos y exabruptos. Las estadísticas de bonanza, que dice en sus discursos son embustes.

    El mecanismo que utiliza la derecha en Brasil, Argentina y en todo el mundo, se llama posverdad. O sea, la creación de un exterior que no es cierto o que es parcialmente cierto. Pero ese artilugio de los mandantes de naciones, léase, presidentes o primeros mandatarios, o sea, los gerentes de los auténticos dueños, que son sus jefes empresariales, económicos y financieros (porque en el fondo todo se reduce a hacer negocios fabulosos) está basado en la palabra que ingresa al dispositivo de una meta, que es mantener la autoridad y el control (afirmando cosas que no importa si son verdaderas) y el gregarismo (que consiste en la repetición de focus groups, desde donde baja a la población ya en modo zombi después de pasar por el supermercado del barrio.

    Bolsonaro durante la pandemia, Trump en los EUA o Milei en la actual argentina no son fascistas por elección, pero sí por afinidad de acción. Sobrevivirán políticamente mientras sean capaces de movilizar (por la buenas y por las malas) a sus fieles seguidores con consignas (y otras dádivas) que son generalidades de un ideario fantasmal (libertad y más libertad de hacer lo que se quiera).

    Nosotros publicamos un artículo que decía que la palabra siempre es política, porque la expresan los humanos, animales políticos. El dualismo profundo donde reside el lenguaje está en el fenómeno vocal como tal (hecho físico, objetivo) y en el fenómeno vocal como signo (hecho mental, subjetivo, simbólico), siendo ambos inseparables. El lenguaje, escribía Barthes, es una legislación y la palabra es un código. La lengua es un medio vivo que lleva la marca de innumerables experiencias individuales y colectivas, que van conformando la historia de la sociedad. El problema comienza cuando, de estas teorías, pasamos a comprobar que suele existir una asimetría en la “tenencia” de la palabra (podríamos decir en su uso; por ejemplo, el gobierno actual se “adueñó” del término “libertad”). Esa asimetría es el primer paso a la dominación. Una dominación que no necesita tanques ni guerreros en la calle vestidos de Ninjas injertados con Robocops. Solo exige medios de difusión, trolls, comunicadores comprados, pantallas de TV y diarios que mientan, mientan, mientan, que algo quedará.

                No entrar en pánico, NEACONATUS no tiene un galpón donde esconde dinamita, escribe pancartas con letras rojas o una granja de difamadores digitales, sólo edita un humilde medio virtual. Pero tenemos un arma letal (más tirando a honda para cazar pajaritos que a un Kalashnikov): la palabra. Y la usamos. Y vivimos sin necesidad de tomar clonazepam para soportar las patrañas que se leen, escuchan y viven a diario. Con un whisky y un carajillo (*) de ron nos alcanza y basta.

    (*) N. del E. Carajillo: Mezcla de café con, preferentemente, coñac, licor Baileys o ron (se recomienda el Pujol, catalán y peleón.)

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