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La literatura, ¿sirve o no sirve?

    Por Alberto Szretter. Posadas-Puerto Rico. Médico y escritor

    Trabajar con Piegari no es fácil. Se mete con un tema y no para. Ahora está con eso del elogio de lo que no sirve para nada. Escribió sobre submarinos que no se hunden y otras cosas extrañas. Le voy a responder e intentar que se deje de joder. Vamos a preguntarnos ahora si la literatura sirve para algo. Él empezó, yo vengo a poner un poco de orden. Veamos.

    Habría dos tipos de escritores (este sustantivo abarca todos los sexos): los que creen que la literatura posee alguna función, y los que piensan que no. Esta clasificación puede ser extendida a las obras que publican: libros que sirven para algo, y los inservibles.

    Nótese que el criterio de clasificación no es estético, sino utilitario. O sea, puede haber gente que tiene una escritura pedagógica, por ejemplo, es decir, que sirve para la enseñanza, que es bella o fea (la obra). Y otra gente que escribe, con uno de los dos resultados, pero pretendiendo hacer literatura a secas.

    Entonces, ¿la belleza no decide? Sí, pero no es concluyente. Si trasladamos la idea a la pintura, para que sea “vea” lo que deseamos decir, puede haber un cuadro hermoso colgado en una pared y es decorativo, y otro enfrente, que es arte. En el primer caso es funcional, adorna, cubre un espacio, lo llena de color, sin otra pretensión. Ahí podría haber un poster, una lámina, una planta. En cambio, un lienzo posee arte cuando ofrece múltiples lecturas, y reclama una mirada profunda. Igual que un libro.

    Hay libros para pasar el tiempo Hoy día sufren el reemplazo del celular y sus jueguitos y chismes de redes sociales. Pero sobreviven, porque estamos en la cultura del entretenimiento, como regalo de cumpleaños (generalmente los adquieren los amigos pocos lectores, para obsequiarlo), o en tiempo de vacaciones, para leerlos bajo una sombrilla en la playa, o los compramos nosotros para amenizar la espera en un consultorio o aguardando el ómnibus o el avión. Alguien los llamó libros de aeropuertos.

    Pero hay libros excelentes que son absolutamente inútiles. No sirven para nada. La inutilidad es una contingencia. Los verdaderos escritores escriben y punto. Creemos que no están pensando en redactar algo con o sin beneficio (ni para los otros, ni siquiera para ellos). Escriben como respiran. O respiran porque escriben. Y les importa un pito contribuir o no a la mejora de la especie, a tratar de hacer mejores ciudadanos, a que los chicos “viajen” por el mundo, a “vivir” otras vidas, a que los jóvenes se porten bien. Y menos, están pensando si el futuro libro que pergeñan, será vendible o no. ¿Qué tiene que ver la venta de un volumen con la literatura?

    Puede ser que una buena obra entregue en una segunda, tercera lectura, algún valor de intercambio, digamos una enseñanza. Porque, así como existen los buenos escritores, también existen los buenos lectores. Y estos suelen vislumbrar en los entresijos de capítulos y párrafos algún oro oculto, no porque su autor haya querido jugar al tesoro escondido, sino porque en la esgrima de las palabras, se le cayeron monedas fortuitas de guía, planos escurridizos que inconscientemente se le traspapelaron, debido al insomnio, al borroneo, a la corrección, o a otra causa inconfesable.

    Además, hay que decir que el concepto de utilidad (que aquí cuestionamos) es cambiante, variable según las épocas. De modo que puede suceder que lo que ahora encontramos baldío de comercialización, llenos de exquisita literatura, y sublimes metáforas, mañana sea considerado malo, pésimo, antiguo, desactualizado. Por eso está perfecto eso de “¡cállese!, cualquier manifestación puede ser usada en su contra” y pensar mil veces antes de publicar.

    Pero hay algo más en esa obsesión por libros beneficiosos, que suelen buscar las y los profesionales de la literatura. Ese anhelo responde a un trasfondo de época: la mercantilización de la vida, inclusive de los sueños, la imaginación, los deseos. El utilitarismo de todo, por ejemplo, de la literatura. Por supuesto, cada escritor, lector o allegado a los libros y a la cultura, puede tener la idea que quiera. “El mundo es ancho y ajeno”.

    Nosotros pensamos que la literatura no está para cumplir una función, tiene muy poca eficacia para lograr un efecto buscado, y suele no producir el fruto anhelado. Esas ineficiencia, ineficacia y falta de efectividad, son la que la hacen inútil.

    Es justamente esa inutilidad lo que la hace hermosa, la saca del mercadeo de la feria (perdón por los feriantes), de la ambición enfermiza de permanecer en un presente continuo. Hoy día la memoria no es bien vista, o para decirlo con una palabra al uso, no es cool. (Piegari abusa de este anglicismo).

    Neaconatus es una revista y una Editorial, y claro que aspira a difundir obras de autores misioneros y regionales, pero trabajamos sin la avaricia del dividendo ni la sed del rédito, porque no somos extraterrestres en creer que por ese lado conseguiremos esos provechos. Lo que buscamos es ampliar un espacio que nos parece angosto, estrecho, ventilado escasamente. La literatura misionera hace la plancha (disculpen el diagnóstico), en general. Por supuesto que tratamos de publicar todo, aunque estamos convencidos de que la nueva literatura de la región tendría que venir por el lado de lo inservible, de lo fuera de foco, de la frescura de nuevas asociaciones de palabras, donde haya humorismo, paradojas, ironías, quizás una jitanjáfora, una conduplicación o una anadiplosis, u otros monstruos retóricos, más fantasmas idiomáticos para sacudir la modorra, duendes a los alaridos en la selva extinguida, vistos desde una pantalla informática, o trocados por sustos de inmigrantes que desde las estepas de otro mundo han traído sus cucos para cruzarlos de mentira y de verdad con las sombras hirvientes del trópico, y los gritos y silencios de aborígenes que luchan por sobrevivir en sus tierras. A pesar de todos los dramas, esa literatura inútil no significa un juicio de valor acerca del contenido, la belleza o el significado. Frente a esto ¿cuándo hay literatura? Cuando un escrito nos lleva a otro escrito, cuando una frase nos hace ir a otro libro o recurrir a otra historia, cuando nos avivan un recuerdo, una angustia, un amor que fue, una calma que ahora extrañamos. Frente a una obra, cuando una poesía nos hace bajar el libro y mirar por la ventana, mientras los versos nos siguen cimbreando en el pecho. Quizás la utilidad de lo inútil (Nuccio Ordine) resida allí. No es mucho, dirán algunos, pero estamos seguros que bien vale la pena. En última instancia, escribimos, posiblemente, para echar un manto de incertidumbre sobre las certezas de lo que, decimos, es realidad.

    A los éxitos y fama, que por ahí, inconscientemente, buscan los escritores les dejamos una cita de Onetti: “Escribir Hambre, a la Knut Hamsun, por supuesto, y pesar cien kilos es un asunto grave. Pergeñar endemoniados a lo Dostoievski y preocuparse de los mezquinos aplausos del ambiente intelectual lugareño, es motivo de desconfianza”.

     

     

     

     

     

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