
Por NEACONATUS
Desde tiempos remotos toda oportunidad de poder expresarse en un evento público sobre un tema no vinculado a la convocatoria precisa, ha sido una formidable tradición discursiva elíptica. Un entierro en un cementerio de víctimas de la guerra de Atenas contra Esparta, permitió a Pericles en el año 431 a.C., expresar uno de los discursos más célebres sobre los valores supremos alcanzados en Atenas. De allí para adelante los ejemplos abruman. Los ingleses, siempre estupendos organizadores, patentaron por el siglo XIX el Speakers’ Corner (el “Rincón del orador”), un recodo de Hyde Park en Londres donde se permite hablar en público a cualquiera que necesite vituperar, halagar o denostar. Pasaron por ese lugar personajes importantes: Karl Marx, Vladimir Lenin, George Orwell, y William Morris, obviamente, la idea fue exportada a Canadá, Malasia, Indonesia, Singapur, Holanda y Australia.
Existen referencias de todo tipo, desde el kilométrico discurso con el que se despachó en 1961 Fidel Castro para loar las conquistas de la revolución cubana, en el acto de entrega de premios a los ganadores de un concurso de canciones, hasta la eficaz plataforma difusora que supieron ser los premios Oscar para impulsar la lucha feminista contra el acoso sexual y la discriminación a raíz del caso Weinstein, a través de grupos como #Time’s up y #Me Too.
Con la que está cayendo, toda oportunidad en la que se pueda dar voz y tribuna al pensamiento crítico es óptima. ¿Por qué no utilizar las entregas de laureles (musicales, cinematográficos, etc.) como tribunas donde exponer discursos antagónicos? Anexar al agradecimiento protocolar clásico, un posicionamiento confrontador, potencia el poder de la difusión masiva. Aquello de mi cuerpo es político es ahora: mi premio es político. Que las alfombras rojas de los glamorosos Oscars, Golden Globes, Martín Fierro, Gardel, etc. ¡Ardan!
Hace unos días se otorgaron los premios Martín Fierro al cine, y varios actores criticaron la realidad argentina, y fueron apuntados (nunca mejor el término) por el establishment cultural, económico y mediático. “Politizaron” el acto, como si las expresiones artísticas, el cine y la gente que lo hace, fueran (o tendrían que ser) apolíticos.
Desde aquí les queremos decir a esos custodios del statu quo, que se ofendieron por los discursos de acusación de vaciamiento de la cultura del gobierno actual, que el arte es político. Porque la palabra y su imagen, por ejemplo, en un cuadro o en un fotograma, es política. No hay que tenerle miedo a esa característica, es intrínseca al lenguaje. Si un artista de cine o escritor posee temor de abrir la boca, que se dedique al bricolaje (con todo respeto) y se politizará de otra forma.
El silencio, también es político
O sea, los que se quedan callados frente al avasallamiento del INCAA, o cualquier institución de fomento y apoyo a la cultura, también hacen política.
¿Saben por qué? Porque los humanos somos seres políticos. Lo que hacemos orienta nuestra manera de actuar hacia un determinado objetivo. Aunque nunca aparezca un solo vocablo de la terminología política (queremos decir del modo de hablar en el ámbito de las decisiones que cambian la realidad, en algún sentido), si escribimos o filmamos sólo sobre mariposas y atardeceres misioneros llenos de encanto, de amores desencajados por la psicología de la pareja, del río padre del mar, etcétera, también estamos haciendo política.
”Política” viene de lo público, de lo “atinente a las ciudades”, a los ciudadanos (Aristóteles). Se ocupa de lo cotidiano, de la audiencia, de los que leen o miran, de la población, de lo que tiende a modificar nuestro entorno y más allá. No nos podemos sustraer, influiremos de algún modo en nuestra comunidad. Se podrán preguntar entonces ¿dónde entra en este asunto, la literatura, que según nosotros (los “neaconuctianos”) no sirve para nada?
Es cierto, en esa inutilidad justamente está “su” política. Como todo arte. Puede haber artistas que sean más militantes, más explícitamente partidarios de una ideología, o afiliados a un partido o funcionarios ¿por qué no? Pero en general los escritores escriben simplemente, historias inventadas, y lo hacen sin para qué, o con un “para qué” que responde a muchas, infinitas, causas personales, incluso a desconocidas razones personales, o a inconfesables incógnitas. Pero sus textos, poseen, aunque no quieran, repercusión política.
El Quijote sale a hacer justicia en un mundo desquiciado. Hay que ser loco para semejante empresa. En ese ideal que dura dos tomos de aventuras, no busca ningún provecho material, sino la honra, la decencia, la integridad moral. Esa es “su política”. Como todo buen libro puede tener muchas otras lecturas pero, evidentemente, la receta del caballero andante no vale en la vida práctica. Si sirviera, sería, en vez de la mejor de todas las novelas, no más que un manual de comportamiento. Realiza actos hilarantes, absolutamente inútiles. Su genialidad política consiste en mostrarnos lo absurdo de la sociedad. Cervantes batalló contra las historias de caballería, haciendo la mejor, por la vía del ridículo. “El vulgo va a creer y a tener por verdaderas, tantas necedades que contienen esos libros, como el Amadís de Gaula”.
Desde nuestro humilde lugar creemos que la gente del cine que dio su mensaje en ese acto de los Martín Fierro, hizo muy bien. Los artistas tienen todo nuestro apoyo. Fueron como el niño que señaló que el rey estaba desnudo. O como aquel, que de poco dormir y mucho leer, se llenó de fantasía, heridas, requiebros, amores, batallas, pendencias, encantamientos, y disparates imposibles, que se le asentaron en la imaginación como las más ciertas historias del mundo.
Una obra maestra de la comunicación gestual y verbal generaron Norman Briski, Guillermo Francella y Luis Brandoni. Y el resto del público, unos ovacionando de pie, otros sentados, callados, asombrados. Esas actitudes (que tienen derecho a manifestarse) también son políticas, significan consensos y desacuerdos tácitos y explícitos. En el mejor de los casos, se pueden ver como falsas neutralidades. Pero resulta que la “imparcialidad”, en esa noche, y en todos los ámbitos de la vida de las personas y de las naciones, también es política. En este caso un gran desencuentro, que no sabemos cuándo tendrá fin.
Si de guerras se trata, excepto la de la Triple Alianza, Argentina siempre fue neutral. En las dos grandes guerras mundiales, fue “indiferente” (le declaró la guerra a Alemania, días antes del fin de la contienda, sin importancia estratégica). Ahora, luego de los desatinos de Milei en la ONU dejamos de ser neutrales, sus palabras, de importancia geopolítica, nos involucran como país en beligerancias ajenas, con el peligro que esto implica.
Regresemos a la entrega de los Martín Fierro. En cuanto a los dos actores, supuestamente apolíticos por los observadores de los noticieros con pautas del gobierno, o de los programas de chimentos de media tarde, expresaron con su silencio, desdén por la resistencia de sus colegas que luchan por democratizar el cine argentino, apoyando los emprendimientos. O sea, mostraron su adhesión a los modos de desfinanciar las posibilidades de hacer cultura para los/as que no acceden a capitales privados. ¿Eso, no es político? Curiosamente uno de los que alardearon haber construido su “carrera independiente” de subvenciones, supo disfrutar en 2010 del segundo Oscar a la mejor película extranjera, El secreto de sus ojos, después de La historia oficial (1985), olvidó que esta coproducción entre Argentina y España recibió fondos del ENACOM del cual depende el vapuleado INCAA.
¿Salir a la calle para manifestarnos junto a nuestra Universidad? No, qué va, lo mío es escribir versos sobre las orquídeas, o añoranzas de ficciones de duendes y montes que ya no existen más. Quedarse sentado, mudo, cuando los demás alientan el pensamiento crítico es un talante político. Eso sí, si vía el FNA o una Secretaría de Cultura tal o cual, nos otorgan unos fondos, calladitos aceptamos el dinero y, por un tiempo, nada de cátedras éticas.
Echarle en cara a nuestro vecino que su mamá tiene una supuesta profesión de prostituta, es un deporte nacional. Quienes estamos escribiendo este artículo sabemos que hasta consignarán el prostíbulo donde trabajaron, o aún trajinan, nuestras progenitoras. Pero no nos amedrentamos, gracias a fuentes tuiteras, sabemos que los padres de quienes nos insulten, fueron asiduos clientes de estos establecimientos. Plata mal gastada, eran impotentes. Sólo se empinaban con sus hermanas.
Somos un país de cuervos como el de Edgar A. Poe, graznando coralmente: “¡Nunca más!”. Pero no el “Nunca más” de la CONADEP, sino el “nunca más” regresaremos de la locura y la pérdida.