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La pausa de Altman, la nueva pausa de Engels

    Por José Pollola Barón. Buenos Aires. Ingeniero de Sistemas y docente

    La inteligencia artificial puede aumentar la productividad sin mejorar automáticamente la vida de la mayoría. La historia ya mostró algo parecido.

    Con la situación actual de la Argentina en abril de 2026, puede parecer -por decirlo suavemente- una suerte de gratificación intelectual hablar del impacto de la Inteligencia Artificial sobre el empleo. En un país atravesado por la apertura de importaciones, la desregulación laboral, la caída del poder adquisitivo y una fuerte desindustrialización, discutir el futuro del trabajo frente a la IA puede sonar abstracto. El problema es que justamente el contexto actual puede potenciar los efectos laborales negativos de esta nueva tecnología. Y aun si mañana hubiera un cambio de rumbo económico, las consecuencias de la irrupción de la IA sobre el trabajo seguirían estando.

    Una breve introducción histórica: la pausa de Engels

    En el siglo XIX, durante la Revolución Industrial, se produjo un fenómeno que luego los historiadores económicos denominarían la “pausa de Engels”, llamada así por Friedrich Engels, quien describió ese período en el que el capitalismo industrial aumentó la productividad, la producción y la riqueza, pero sin mejorar -y de hecho empeorando- la vida de gran parte de la clase trabajadora.

    Había más producción, más fábricas, más comercio, más riqueza acumulada, pero al mismo tiempo más hacinamiento, jornadas laborales más largas, trabajo infantil, salarios miserables, enfermedad y precariedad. La economía crecía; la vida popular no.

    Esa es la idea central de la pausa de Engels: el progreso técnico y el crecimiento económico no se traducen automáticamente en bienestar social generalizado. Una sociedad puede producir cada vez más y, sin embargo, condenar a la mayoría a vivir peor.

    Justamente no es casual que en ese contexto hayan surgido Marx, Engels y, con ellos, las grandes ideologías revolucionarias modernas. La miseria obrera en medio del progreso industrial alimentó la organización obrera, el sindicalismo y eventualmente los movimientos comunistas. Y décadas después, las mejoras en la vida de la clase trabajadora no llegaron porque las élites descubrieran de pronto una vocación humanitaria, sino porque hubo lucha social, huelgas, organización política y miedo real a la revolución. Las clases dominantes entendieron que ceder algo era preferible a arriesgarlo todo.

    La ampliación de derechos laborales, la reducción de la jornada, la legalización sindical, la expansión del sufragio, la educación pública, las reformas urbanas y más tarde los sistemas de seguridad social no fueron regalos sino conquistas que además integraron material y políticamente a una parte importante de la clase obrera al sistema. En otras palabras, le dieron motivos para no querer incendiarlo.

    Esa integración tuvo un efecto doble. Por un lado, alejó a amplios sectores populares de los movimientos revolucionarios, y por otro terminó beneficiando al propio capitalismo, porque

    una clase trabajadora con mejores salarios, cierta estabilidad y capacidad de consumo no solo produce, también compra.

    La nueva pausa

    Es posible que estemos entrando en una versión contemporánea de ese fenómeno. Una nueva pausa de Engels, o para darle un tono un poco sensacionalista, una pausa de Altman (por Sam Altman, CEO de OpenAI). Se trataría de una etapa en la que la productividad crece gracias a la Inteligencia Artificial, pero ese aumento no se traduce de forma automática en mejores salarios, mayor estabilidad o una vida más digna para la mayoría.

    La IA ya permite que una sola persona realice tareas intelectuales que antes requerían equipos enteros para, por ejemplo, redactar contratos, hacer análisis de datos, traducir documentos o generar código. Un empleado de un estudio jurídico puede producir en minutos borradores, resúmenes y búsquedas que antes exigían días enteros. Un diseñador puede resolver con modelos generativos tareas que antes le tomaban días. Los programadores pueden automatizar gran parte del trabajo repetitivo que antes recaía en perfiles junior. Traductores, redactores, asistentes administrativos y muchos otros trabajadores del sector servicios ya están sintiendo la presión.

    No significa que todos esos trabajos vayan a desaparecer por completo. Probablemente la mayoría de las profesiones siga existiendo. El problema no es tanto la desaparición total del trabajo, sino que cada vez haga falta menos gente para hacerlo. No hacen falta despidos masivos, solo empresas que ante la renuncia o jubilación de un empleado, no toman a nadie en reemplazo, o empresas nuevas que inician con mucho menos personal.

    La discusión pública suele plantearse en términos demasiado toscos: “la IA va a destruir todos los empleos” o “la IA solo va a crear nuevos trabajos”. Lo más probable es que no ocurra ni una cosa ni la otra. Lo que sí puede ocurrir es algo más sutil y más profundo: que los trabajos sobrevivan, pero con menos trabajadores, menor poder de negociación y más competencia entre personas por puestos cada vez más escasos.

    De hecho, la pausa de Engels enseña justamente eso: primero apareció la riqueza; mucho después, y no sin lucha, aparecieron mejoras más amplias en las condiciones de vida.

    La tentación de creer que “esta vez será distinto”

    Ahora con la IA reaparece la fantasía de que el salto de productividad será tan grande que el bienestar se derramará por sí solo. Pero si algo nos enseña la historia es lo contrario: sin organización social y sin intervención política, los beneficios de la IA tenderán a concentrarse.

    En un contexto de mayor desregulación y menos derechos laborales, la mayor productividad puede traducirse en menos trabajadores por tarea, salarios estancados o a la baja en muchos sectores, polarización entre una élite muy calificada y una mayoría más precaria, debilitamiento del ingreso laboral como vía central de acceso a una vida digna, y concentración aún mayor de riqueza y poder.

    Frente a este panorama, empiezan a aparecer debates que hace algunos años parecían marginales. Uno de ellos es el del ingreso universal, una idea incluso defendida por figuras emblemáticas del capitalismo moderno como Elon Musk.

    Si bien hay quienes reaccionan con una suerte de desprecio moral ante la idea de que millones de personas vivan sin trabajar, quizás cabe hacerse una pregunta previa mucho más básica: ¿qué pasa si una porción creciente de la población ya no encuentra un lugar estable en el mercado laboral, no por incapacidad propia sino porque la estructura productiva necesita cada vez menos trabajo humano? Entonces el problema no es imaginar una sociedad en la que más gente tenga tiempo libre, sino una sociedad en la que más gente quede fuera del ingreso, del consumo, de la dignidad y de la vida material básica.

    En ese contexto, el ingreso universal puede dejar de parecer una utopía extravagante para convertirse en una simple solución conservadora de supervivencia sistémica. No surgida por altruismo de las clases gobernantes, sino por necesidad de evitar niveles crecientes de conflictividad social, descomposición y violencia. Sería, en cierto sentido, una nueva versión de aquella vieja lógica gatopardista de cambiar algo para que nada cambie, al conceder lo suficiente para evitar que el conflicto se vuelva inmanejable.

    Volviendo a la Argentina, el problema puede ser todavía más duro. Porque a la disrupción tecnológica se le suman la fragilidad macroeconómica, la informalidad, la erosión de salarios, la volatilidad política y la dependencia tecnológica respecto de actores externos. Sin un manejo político adecuado, el resultado podría ser un país donde una minoría muy adaptada a la nueva economía gane mucho más, mientras grandes mayorías quedan empujadas hacia la precariedad, el cuentapropismo forzado o la irrelevancia económica.

    En conclusión, la pregunta no es si la IA va a producir más. Esto ya lo está haciendo. La cuestión es quién se apropia de esa productividad y bajo qué reglas. Si la respuesta queda librada solamente al mercado, probablemente veamos una nueva pausa de Engels: más riqueza agregada, más capacidad técnica, más eficiencia y una mejora nula o muy lenta para la mayoría.

    En este sentido, si hay una lección que deja el siglo XIX no es solo económica, sino política, y es que las mejoras para las mayorías no surgen por inercia tecnológica, sino por conflicto, organización e instituciones capaces de obligar al sistema a repartir lo que produce. La IA puede inaugurar una era de abundancia, pero también una nueva forma de exclusión.

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