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Lección de género veloz

    Por Germán Wilcoms. Leandro N. Alem. Escritor

     

    En medio de la sala el cuerpo de una mujer yace de espaldas sobre un charco de sangre. El mango de un cuchillo le brota del pecho.  

                —¿Ha entendido, cabo Pérez, lo que hace de este crimen un ejemplo?

                —No realmente, mi sargento —responde el cabo Pérez, que tiembla todavía.

                —Nada de saña. Una herida limpia. ¿Se da cuenta?

                —¿De qué, mi sargento? —pregunta el cabo Pérez.

                —Del odio. El asesino la odiaba profundamente. Un odio cristalino. Nada de apuñalamiento múltiple. Una incrustación y chau. Eso es odiar en frío, cabo, ¿entiende?

                —No mucho, mi sargento —reconoce el cabo.

                El sargento se saca la gorra y se encoge de hombros.  

                —Me confesó una vez que su sueño es escribir. Yo he escrito mis líneas y puedo enseñarle un par de cosas. Tiene mucho que aprender, cabo. Si lo llamé a usted antes que a nadie es precisamente por eso. Para que aprenda algo.

                —Gracias, mi sargento.

                — Quien la mató entró sin forzar nada. Se conocían. La familiaridad es evidente. O no llevaría encima esa bata vieja —dice y señala a la muerta despatarrada en el piso. —Acá tiene todos los condimentos de un buen policial.

                —Disculpe, pero no lo entiendo.

                —Mire, tiene una víctima. El crimen es incuestionable. No fue suicidio, ni un accidente. Y tenemos pistas. La bata nos señala al sospechoso: un amante.

                —O un ex marido —se anima a agregar el cabo Pérez.

                —Aprende rápido —asiente el sargento con énfasis.

                —Gracias —dice el cabo Pérez.   

                —Hoy en día la culpabilidad recae en el sospechoso. Tiene que ver con la navaja de Ockham. Aunque es opcional. Y están los interrogantes. Acá el cómo ya se lo tracé, pero tiene que haber un motivo. No es difícil —dijo el sargento y señaló el cuerpo: —A una mujer en bata sólo se la puede matar por celos. No hay edad para eso, ¿me entiende?

                —Sí —miente el cabo.

                No entiende un pito.  

                —Además, tiene que haber una investigación. No hace falta un detective privado, puede ser un policía. Ahorra complicaciones y personajes. Y ahí entra usted, cabo. Es lo que se supone que hace ahora.

                —Gracias por tenerme en cuenta, mi sargento. Pero, ¿me permite una pregunta?

                —Por supuesto.

                —¿Por qué me hizo venir luego de matar a su ex esposa? Pudo entregarse directamente.   

                —Ya se lo dije, cabo. Para que aprenda algo. Nunca se sabe cuándo necesitará escribir un relato policial sin salirse del género.   

                                                                                                                           

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