
Por Matías E. Wendt. Puerto Rico – Oberá. Escritor, estudia Historia y Filosofía.
“Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincias, de reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara.”
Borges, JJL. El hacedor.
En YouTube hay una charla de Hebe Uhart sobre Simone Weil, que me gusta y que tendieron en llamar “¿Para qué les sirve Simone Weil a los escritores?”. Yo la escuché varias veces porque, por un lado, me agrada Simone Weil y el tono discursivo que emplea Uhart y, por otro, me agrada esa sensación de charla improvisada que se corre de la impostura y de cualquier forma de solemnidad, del tipo: Me invitaron para que hable de esta cosa, pero yo prefiero hablar de lo que a mí me gusta. Es conocida la anécdota que cuenta Piglia respecto de que a Borges lo invitaron a dar una conferencia sobre Dostoievski, pero como a él le gustaba más Dante se puso a conversar acerca de la Divina Comedia. Bueno, en esta conferencia de Uhart encuentro un poco eso, ella habla de lo que está leyendo. Da la impresión que le han invitado a participar de una serie de conferencias para escritores o personas que quieren serlo (no es lo mismo querer escribir a querer ser escritor, ya lo decía Onetti: los primeros no necesitan consejos y a los segundos no tengo nada que decirles) pero, como le aburren la temática y los recetarios, Uhart prefiere ponerse a hablar de Simone Weil.
Es siempre más digno hablar de lo que se está leyendo que de lo que ya se sabe, o se cree saber y se presupone, y se ha dejado de leer. En el primer caso la exposición es de alguna forma una puesta en escena amorosa, en el segundo es sólo la puesta en escena de un poder.
Lo mismo que ocurre en clase o en misa, la filosofía no es la historia de la filosofía, existe el docente que habla de lo que lee y de cómo lee y de las preguntas que se hace al leer, y también existe el docente que habla de lo que leyó alguna vez, o mejor, no es lo mismo estar aprendiendo y hablar del aprendizaje que haber aprendido y hablar de lo hecho. Existe San Agustín y existe Kierkegaard y existe Unamuno, pero también existen los predicadores de la Iglesia Universal.
Quiero referirme a los gestos. El gesto es diferente y el gesto forma parte de la acción y la modifica completamente, podría decirse, en pleno vuelo. Hablar de lo que uno está leyendo, de lo que a uno le importa o por lo que uno se interroga, implica estar más plenamente en el momento, como si en el momento de tomar la palabra pudieran condensarse dos tiempos, el del pensamiento y el de la conversación, esto vale tanto en Simone Weil, de acuerdo con la tesis sostenida en la gravedad y la gracia, como en Hebe Uhart, o en Gilbert Simondon, del que quiero hablar un poco.
Me interesa pensar con Simondon para referirme a la experiencia de la lectura, me interesa la pregunta por el cómo, más allá de la importancia del asunto quiero esforzarme por dejar entre paréntesis la pregunta por el (qué), un ratito. Entonces, cómo se lee, mejor o peor, cómo leían antes, cómo leen ahora, cómo vamos a leer mañana. Rápidamente entiendo que es imposible no acompañar estas preguntas con todas las preguntas que dejé en el paréntesis, pero sigo.
Si mal no recuerdo, en sus diarios, Piglia reflexiona acerca de la relación entre la lectura y el tiempo y acerca de la posibilidad de que el momento de la lectura surja como, o imponga en el mundo, unas reglas propias, una suerte de paréntesis en el marco de la temporalidad mundana y normal, permitiendo una especie de fuga a otro lugar en el que las cosas ocurren de otra manera, pesan y se mueven y se relacionan entre sí marcadas por un campo gravitacional diferente, siempre desconocido o siempre renovado, ajeno a lo demás, algo así como un aparte de la vida.
Piglia dice que vivimos un momento histórico en el que la circulación de la información es muy rápida. Pero esta circulación vertiginosa está en conflicto con la velocidad de la lectura, que sigue siendo la misma que antes.
Es decir, “leemos a la misma velocidad que en los tiempos de Aristóteles”. No hay un dispositivo ni chip que nos haga leer más rápido, el tiempo que impone la lectura es exactamente el mismo que hace cientos de años. Por eso podemos pensar que la relación entre la temporalidad y el lenguaje encuentra su espacio pleno en el momento de la lectura.
Esto problematiza directamente la distancia abismal que se abre entre la experiencia que podemos tener frente a un libro de papel y la experiencia frente a un audiolibro (Aun cuando se trate del mismo compilado de palabras y puntos ubicados uno tras otro en idéntico orden o disposición).
Siguiendo a Piglia, la lectura, en sí misma, es una de las pocas actividades libres que nos quedan.
Después Piglia retoma la frase de Virgilio que dice “una imagen vale más que mil palabras” y comenta que, a su entender, esta frase ha venido siendo mal interpretada, en tanto el poeta no se refiere a lo que entendemos por una imagen en sí, sino a una metáfora.
Claro que existe una diferencia enorme entre una imagen y un texto, la imagen se descifra inmediatamente, mil palabras llevan su tiempo, o mejor, tienen otro tiempo, diferente, no se dejan absorber inmediatamente, resisten a cualquier pretensión de inmediatez. (Esto me hace acordar a la frase de Dolina: “la gente no quiere leer, quiere haber leído”).
No sé si tiene razón Piglia, me pregunto en qué medida se lee ahora igual que antes, más allá de la técnica, de la disposición de las palabras, del tamaño o la dificultad del texto, de la calidad o profundidad de su despliegue, de su condición hipertextual, del entramado de los signos, de la posibilidad de su no entendimiento, y de la influencia indudable que todo esto ejerce en la experiencia de la lectura y en su entrenamiento y en su frecuencia o duración.
Para elaborar una propuesta, hablemos un poco de Simondon.
Recuerdo que la primera vez que lo leí me llamó la atención que le haga decir a Pascal: “Tener una idea es lo mismo que hacer una cosa”. Me pareció genial. (“Si no actúas como piensas terminarás pensando como actúas”, dice Pascal, o si se quiere “basta con ir a misa repetidamente para comenzar a creer”).
El asunto me interesa porque estamos hablando de la experiencia de la lectura y toda experiencia de lectura tiende a, o es también, una reflexión sobre la experiencia, o una relectura.
El pensamiento de Gilbert Simondon es uno de los más influyentes y sin embargo menos conocidos de la filosofía posterior a la Segunda Guerra Mundial, en especial en su vertiente francesa. La obra de Simondon es extremadamente escueta en términos de libros publicados. Consta de su tesis de doctorado principal, llamada “L’individuation à la lumière des notiones de forme et d’information” (La individuación a la luz de las nociones de forma e información), su tesis de doctorado secundaria, “Du mode d’existence des objets techniques” (Sobre el modo de existencia de los objetos técnicos), y dos o tres libros que resumen sus cursos sobre temas como la percepción, la técnica o la relación entre el animal y el hombre.
Simondon daba clases de Física y de Filosofía en un colegio secundario cerca de París, allí comenzó a ‘transducir’ la relación entre la técnica y la existencia, estudiando conjuntamente la constitución de un radar y la de Platón.
Para Simondon, la filosofía que se centra en el hombre parte de un equívoco, dado que el individuo, como objeto inamovible de estudio, aislado y estable, no existe. No se lo puede abordar despojado de sus relaciones con la naturaleza y con su propio hacer, esto es, su existencia técnica.
Ahora bien, para recomenzar no basta con tomar en consideración los objetos técnicos, pues de ello podríamos obtener la tecnofilia o la tecnofobia.
Foucault situaba lo propio de la genealogía bajo el signo de la puesta en escena de la procedencia, en oposición con la búsqueda del origen. Si el presupuesto del origen es que el pasado está oculto en el presente detrás de innumerables velos, como una esencia que late en la oscuridad, la identificación de la procedencia agita lo que se percibía inmóvil, fragmenta lo que se pensaba unido; muestra la heterogeneidad de lo que imaginábamos conforme a sí mismo. De acuerdo con Foucault, Simondon es un genealogista, primero del individuo, después del objeto técnico.
Para Simondon no existe algo como un principio de individuación, lo que hay es más bien un proceso de individuación, y aquel pensamiento que intente captarlo debe saber que lo hace desde adentro, que está él mismo individuándose, que allí donde vemos relaciones entre esencias debemos comprendernos como seres en una permanente conversión. De tal manera que el ser jamás se reduce a lo que es, está acumulado sobre sí mismo, es siempre más de lo que es, lo que es se halla en devenir.
Simondon propone entender la individuación como devenir del ser preindividual. La individuación es una actividad permanente del ser a través de la cual resuelve las tensiones transformándose a sí mismo, produciendo nuevas estructuras internas, y no simplemente adaptándose al medio.
A la noción de identidad Simondon contrapone la de transducción; el ser es una unidad transductiva que tiene la capacidad de desfasarse en relación a sí mismo, desbordándose de su centro.
La transducción designa la transformación de un tipo de señal en otro distinto, tiene algo de transmisión y otro tanto de traducción, algo de un desplazamiento en el espacio y en el tiempo y otro tanto de paso de un registro a otro; sólo que se trata de un transporte donde lo transportado se transforma.
El ser, en Simondon, no está cómodo, es indócil, en la medida en que falla y nunca alcanza su summum. Está, podríamos decir, replegado, conflictuado, con su entorno, con su historia y consigo mismo.
La estructura topológica primera, sobre la que se estructuran las dimensiones de la realidad (tiempo/espacio), consiste en interioridad y exterioridad; en organismos unicelulares como la bacteria se desarrolla una dirección hacia adentro y una dirección hacia afuera, mientras que en organismos complejos estas direcciones son matizadas por una cadena de interioridades y exterioridades relativas, asociadas al cumplimiento de determinadas funciones. En este sentido, formar parte del medio de interioridad no significa solamente ‘estar adentro’ en el sentido euclidiano, sino estar del lado interior del límite sin demora de eficacia funcional, sin aislamiento, sin inercia.
Este medio de interioridad juega un papel decisivo en la perpetuación del proceso ontogenético. En la medida en que el individuo viviente plantea y resuelve un problema, éste lo obliga a modificar su propia estructura, no por la adaptación al medio exterior, sino por la asimilación y la interiorización del espacio exterior. De esta manera, lo que constituía una tensión, una incompatibilidad en el sistema, es incorporado a su funcionamiento y deviene una nueva estructura. El individuo existe en la medida en que plantea y resuelve un problema, pero el problema sólo existe en la medida en que obliga al individuo a reconocer su carácter limitado temporal y espacialmente. Esta relación transductiva entre interior y exterior también involucra la historia del individuo, existe resonancia debido a que todo el pasado es sublimado en el presente, cada momento de la individuación desarrolla equilibrios precarios.