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Lo ominoso

    Por Café Azar. Buenos Aires, Posadas. Escritor, antropólogo y gestor cultural.


    Una reseña de La Colilla de Marcos Hillebrand

    En un artículo reciente, publicado en la contratapa del diario Página 12, Rodrigo Fresán recrea el momento en que David Lynch se reúne con los directivos de la cadena ABC para proponer la realización de la serie Twin Peaks (1990). Escribe Fresán que – ante la atónita mirada de los ejecutivos _ Lynch dijo: «Bueno… Está este pueblo… Y también está esta chica… Y está el viento… Y las cortinas… Y entonces suceden un montón de cosas…”. Esta maravillosa descripción del thriller y melodramático relato televisivo, que se inicia con el hallazgo del cuerpo de Laura Palmer envuelto en un plástico en una playa cerca de un aserradero, bien podría servir como una matrix al uso para definir otros objetos narrativos, otras plataformas, otras textualidades.

    Cuando terminé de leer La colilla, el libro de cuentos de Marcos Hillebrand (Rosa China Editora/Editorial Níspero; 2023) recordé la síntesis que David Lynch – según Fresán – había usado para explicar de que iba su serie (en coautora con Mark Frost, claro). Hay, en estos cuentos, un ambiente de tensión, un ruido blanco, una vibración que escapa a las palabras, a los diálogos, a las situaciones. No es la amenaza de la naturaleza quiroguiana, tampoco son escenas del realismo literal que inunda tanta literatura de oficina en las burocracias literarias. En los cuentos de La colilla existe un fuera de campo que trasciende el argumento, los hechos concatenados (ya sea cronológicamente o a la carta de las necesidades del texto) y las historias. Tomando arbitrariamente la noción de punctum de Roland Barthes para la fotografía – “ese azar que en ella me despunta (pero que también me lastima, me punza)” – puedo sugerir que el mismo está afuera de la composición de cada cuento. Marcos Hillebrand le propone a su lector que labure, que busque en los intersticios, en lo no dicho. Y en esos intersticios, en esa vibración, está lo que bien apuntó Fremdina Bianco en la contratapa del libro como “una enredadera sórdida”. Sin embargo esa sordidez no está en la naturaleza sino en el ambiente general en donde se entrecruzan deseos, desidia, maldad, heroicidades trágicas – casuales – y las – por supuesto – las gotas que presagian las tormentas.

    Algunos apuntes

    Uno:

    Quiero destacar el manejo de esa materia prima de la literatura que es el lenguaje, la palabra y sus usos. Marcos modela con precisión de artesano las formas del habla y su ejecución en el texto. No sólo en las subjetivas, en los personajes que dicen y piensan sino también en los narradores omniscientes que articulan y describen las escenas en los textos.

    Dos:
    Diálogos que brillan dejando una reverberancia sutil y profunda.

    Tres:
    Epígrafes que dialogan con cada texto y que establecen un GPS de referencias que van desde Olga Zamboni y Raúl Novau hasta Sara Gallardo y Garcilaso de la Vega.

    Cuatro:
    Los conejos, las colillas son una suerte de símbolos de alta densidad significativa que incrustados en los ambientes establecen horizontes de interpretaciones infinitas. A partir de ahí: los conejos corren y las colillas se disparan.

    Cinco:
    Cómo la Posadas de Guillermo Rovira en Le Blu (2017) en los cuentos de La Colilla hay paisajes, pueblos, chacras, rutas y caminos reconocibles. Esta territorialidad forma parte de un paisaje misionero que tiene por lo menos dos anclajes. La geografía del lugar y la geografía del relato. Puede haber puntos (o nombres, o referencias) que coincidan o no con lo que nuestra percepción y conocimiento acumula. Es un territorio que con muchas similitudes entre las historias que contiene La colilla se repliega sobre el paisaje que vemos día a día en los horizontes misioneros. Es la Misiones que habita en estos relatos.

    Seis:
    Los personajes de cada cuento tienen vida propia, hay una empatía que atraviesa al Marcos autor, a los autores y autoras de cada párrafo, de cada texto y que terminan insuflándoles humanidad (sin juicios ni prejuicios). Personajes queribles en su desesperación, en su entrega, su indiferencia, sus deseos. Lo ominoso, aquello que fue alguna vez familiar y dejó de serlo, los condiciona y los deja a su merced. Un corrimiento inesperado, una sensación, una intuición, un brillo donde no debiera estar. Uno no puede dejar de tenerles piedad, y en una calculada operación especular, apiadarnos de nosotros, lectores con el corazón en vilo.

    Conclusión:

    En la escena inicial de Blue Velvet (David Lynch, 1986) vemos una cerca de blanco impecable, flores de magníficos colores, un cielo azul pleno y un hombre regando el verde césped. Imágenes de amable felicidad y bondad. La manguera que se enreda (sórdida imagen si las hay) y ese hombre (que no era Dyango) muere de un fulminante ataque al corazón. El agua como una fuente, un perro juega con ella sobre el cuerpo del occiso y un niño se acerca. La cámara muestra las gotas ralentizadas y desde un plano cenital realiza un lento zoom in hacia el pasto, hacia las profundidades, donde se alcanza a ver y percibir un terrorífico enjambre de escarabajos moviéndose en la oscuridad. En esa mirada descarnada del mundo se encuentran las historias magistralmente narradas por Marcos Hillebrand. La resaca del mundo, su dolor y desengaño, las luchas desiguales, la maldad, la indiferencia, el miedo, el deseo de ese jardín de gente es la naturaleza sórdida que los atrapa.

    Por último

    Agradezco la escritura que escapa de las anquilosadas fórmulas que – a fuerza de repetidas – instauran un sentido común de cómodos y aburridos recursos. Confío en jóvenes escritores que abrevan en las profundidades históricas y se arriesgan a crear universos de delicada factura, tímida ternura y corrosiva visión.

    Cuatro postdatas, cuatro:

    PD1:
    El libro trae una extensión poética del texto en forma de una tarjeta primorosamente diseñada con una fe de erratas en donde se consignan comas perdidas, alguna esa fugitiva, proposiciones ausentes, que se perdieron en la edición. Creo además que es un buen detalle -orgánico- como para usarlo de señalador.

    PD2:
    Marcos Hillebrand no sólo publicó su libro La Colilla sino que también creo una editorial: Rosa China Editora.

    PD3:
    Una subjetiva totalmente personal: me pareció que Raymond Carver y Gordon Lish acompañaban complacientes mi lectura mientras disimuladamente se miraban desconfiados.

    PD4: COLILLA3

    Fuente: https://elauradelosdesangelados.wordpress.com/

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