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Los estúpidos, los discapacitados, el error y el charango

    Por NEACONATUS

    Sí, el título es largo y complicado. No queda otra, al perro de las sinapsis hay que sacarlo a pasear todos los días. A pesar de que hay gente, poca (pero siempre salta alguna), que denuncia que nuestros artículos son negativos, que todo lo encontramos mal. Mucho nos gustaría que nos discutan o polemicen, que demuestren nuestros excesos catilinarios. Lo aceptaremos, que digan en qué la pifiamos. Es más, queremos estar equivocados. Vamos a nuestra invectiva terapéutica semanal.

    El actual gobierno argentino provee, casi cada día, un seminario intensivo sobre el cambio de paradigma en el léxico de la gestión administrativa. Trabaja con las palabras, ha creado una semántica política propia, creativa e innovadora. Como aquello de una “filosofía muy importante” cual supo definir hace un tiempo una ministra. Pocos días atrás el Ministerio de Salud usó los términos “idiota”, “imbécil” y “débil mental” para referirse a la discapacidad. El estupor fue tal que, casi de inmediato, cambió la denominación de quienes pueden pedir pensión por invalidez y tras la feroz polémica anunció que fue un “error”. Error, palabra trillada para enmendar una injusticia. Es como si Hitler o Stalin nos dijeran: “Oye, he matado millones de personas, pero fue por un error de cálculo”. ¿Les daríamos crédito?

    Nuestros dirigentes respecto al vocablo “error” han demostrado estar a la vanguardia del arte conceptual pues “los erroristas” son un movimiento internacional cultural, político, científico, tecnológico y espiritual que reivindica el error como una filosofía de vida. Tienen origen en nuestro país. En consonancia es lógico que nos gobierne una gerencia “errorista”. A pesar del origen artístico (esencia del mandato actual), el “errorismo” es para muchos/as, una posición filosófica equivocada, ritual de la negación, una organización desorganizada: La falla como perfección, el error como acierto. Los “lapsus” y actos fallidos son un goce “errorista”. ¡Qué mejor definición (casi literaria) de nuestra realidad!

    “Idiota”, “imbécil” y “débil mental” son términos perimidos ya eliminados de los nomencladores sanitarios de la salud mental. Cuando se armó quilombo, los sátrapas dijeron que estos “términos, históricamente, se han utilizado en la medicina psiquiátrica para describir grados profundos de déficit intelectual, pero que, en la actualidad, han sido discontinuados”. Vaya descubrimiento.

    Tenía razón, Susan Sontag, cada época tiene “sus” enfermedades, que son metáforas de sus pesares: el cáncer, el sida, hacia fines del siglo XX; en la antigüedad, la lepra, luego la sífilis, la tuberculosis, ahora, en tiempos de globalización el covid y la estupidez. Valga la elipsis sanitaria para considerar la estupidez como una enfermedad, y no una posición frente a la vida.

    La falta de entendimiento y, lo que es peor, la persistencia en continuar sin importarle la ignorancia, la torpeza o el error, de una gran porción de la sociedad (sin distinción de clases sociales, ni países, ni profesiones u ocupaciones) se expresa en un desapego casi total por querer involucrarse en su propio destino. Si viviera José Ingenieros, seguro que se moriría otra vez. En realidad, todos y todas estamos naciendo y muriendo día tras día. Decimos así, no porque no nos guste (y no nos gusta) el rumbo de la sociedad humana, sino porque la deriva de la civilización siglo XXI se manifiesta en crueldad, en sufrimiento, para una amplia mayoría, producto del desamor, la insolidaridad, y el egoísmo de un grupo desgraciadamente bastante grande de privilegiados, que no sólo no se preocupan por el embrutecimiento general, con su desidia, sordera y temor, colaboran con el statu quo. Actualmente es una endemia. Sin visos de vacuna. Quizás la despreciamos.

    Está estudiado con detalle que una de las causas de las crisis que se nos vienen encima semana tras semana y nos obligan a teclear sin descanso, es la tecnología. Ya Freud había dicho (antes de la revolución informática) que probablemente los hombres estaríamos más unidos sin tanta técnica. Otro germen es lo que podríamos designar como vicio o exceso del capitalismo (aunque quizás sea su esencia): la acumulación del capital, algo que venimos machacando artículo tras artículo. La concentración brutal de la riqueza en pocas manos, porque los negocios tienden a la formación de monopolios. Los monopolios ayudan a los dueños y señores de las empresas, pero corrompen el sistema republicano, la política. La gran influencia de los holdings mina la disidencia, manejan el mercado, que es el escenario de la disputa de poder, y degrada la calidad y fortaleza democrática. Pero todo esto ¿nos quita el sueño? No tanto, si total con mi blíster de Diazepam en la mesita de luz la voy llevando. La tercera causa es parte del párrafo anterior, y se refiere al conglomerado de Medios. Los Medios usan una bala infalible: la ya mentada “palabra”. Observemos que al pueblo (¿recuerdan que supo existir algo llamado pueblo y no rebaño?) le robaron la palabra, clave en la toma de decisiones. Para decirlo mal y pronto, han lavado el cerebro de la gente. No sucede en Argentina tan sólo, (¿el grupo Clarín, tal vez?), es un fenómeno mundial. En realidad, no han “lavado” el cerebro, pues entonces olería a crema de enjuague, y los cerebros de hoy apestan.

    Un cuarto motivo es la represión, la violencia contra todo aquello que molesta o interfiere las políticas de “sálvese quien pueda”. Palos a los que protestan, cárcel a los dirigentes populares, campañas injuriosas contra todos aquellos que protestan por sus derechos más elementales. Modelo Alemania 1933, satisfacción garantizada (no viene con pilas). Uniendo todos estos avasallamientos contra la soberanía popular (¿alguien recuerda qué es esto?) asoma la mentira, soez, obscena. A los patroncitos de turno no les interesa contradecirse, porque saben que las noticias, los datos, los informes, llegarán al gran público con una mezcla de verdad y ficción, o directamente (sin que importe nada) falso de toda falsedad. Hemos llegado al punto más bajo de análisis cerebral, en el cual no les amedrenta nada, ni el ridículo, ni la cárcel. Sus amigos del Poder Judicial ayudarán de alguna forma creando ficciones literarias en textos del género jurídico. En esta complicidad, en la cúpula de la corrupción, que abona la estupidez, está el Poder Judicial, que en Argentina no destaca como ejemplo de probidad.  No se puede comenzar una Champions League con árbitros comprados. Como tampoco con legisladores cuyo accionar ha servido a las agencias de apuestas. Ni con una hinchada delictiva que hace del menudeo en el intercambio de prebendas, su razón de ser. Nada de esto podría ocurrir sin la enfermedad de estos años: la estupidez.

    ¿Cuándo se está enfermo? Cuando existe una alteración en el funcionamiento, en todo o parte del cuerpo. Se asocia a síntomas y signos específicos; es producida por agentes externos, puede que hereditarios, es causada por estilos de vida o consumos excesivos. Se está enfermo cuando se pierde el bienestar físico, mental y social. Se ha identificado una constelación de factores de vulnerabilidad, incluso se los ha puntuado en una escala de 1 al 4. Los pacientes que sacaron una puntuación baja demostraron reconocimiento y aceptación de su situación, autoestima y oportunismo realista. Los que sacaron puntaje más alto desarrollaron angustia emocional, agitación e ideas autodestructivas. Hay otros estudios que concluyeron que el estúpido es un individualista desesperanzado, frustrado, que sufre una rabia oculta, agotamiento/apatía, desamparo/impotencia, inutilidad y temor (un temor personal, no de grupo, familiar o generacional), autocensura, odio hacia las otras personas.

    Existe un libro polémico, El Médico de Stalingrado, de Heinz Günther Konsalik, de la década del ´50 que relata la historia de un grupo de profesionales de la salud alemanes, apresados por los rusos luego de la batalla de esa famosa ciudad. Es un cuento discutible y criticable, desde que el autor, el personaje, (con evidente simpatía por el nacional socialismo) relata los avatares en un campo de concentración soviético post II Guerra Mundial. No vamos ahora a reseñarlo, pero sí a rescatar lo que podría ser un mensaje del escritor. En la trama se parte de la inquina mutua, profunda, entre germanos y rusos hacia el desarrollo de una comprensión, de una tolerancia. La novela nos dice que el aborrecimiento (xenófobo, político, religioso, etcétera) puede ser superado. ¿Cómo, en nuestro caso, donde la gente, sobre todo los jóvenes, han caído tan bajo, en esa especie de síndrome paralizante? El camino del “tratamiento” es largo, pero un trayecto de cien leguas comienza por el primer paso (proverbio chino). Estamos mal, esperamos que mañana no estemos peor. Aunque ¿es posible eludir otra dosis de “error”?

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