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Más sobre la tragedia

    Por Alberto Szretter (NEACONATUS). Posadas, Puerto Rico, Misiones

    En un tiempo ido, tal vez supuesto, había un orden. Un orden posiblemente literario, ficticio, porque nunca hubo paz en este mundo. Y ese equilibro ideal quizás haya sido la imaginaria contracara del tumulto, en que se desarrolló nuestra historia; porque del enjambre y la discrepancia no solo abrevaron los escritores, sino que a partir del caos, ellos soñaron con utopías. Ese orden estaba graficado en tres esferas: un universo (el macrocosmos), el estado político (o la sociedad, el ambiente, la comunidad), y el hombre (el microcosmos) que se relacionaban entre sí con armonía. Lo que sucede en una parte repercute en las otras. Cuando la alteración es considerable se produce la tragedia.

    La tragedia es lo ineludible a pesar de que hagamos algo para evitarlo, es el destino. Pero es peor que la muerte, porque antes de llegar a ese desenlace, plantea una crisis de aquellas esferas, que supone una aflicción indistinguible e inseparable en el cuerpo, la mente, las emociones, el espíritu, en el tiempo; y comprende dolor y sufrimiento.

    En Edipo, el rey se entera de la verdad: mató, sin saberlo, al padre, y se casó con su madre, Yocasta, ignorando esa filiación. Pero además conoce que Yocasta se ahorcó. Edipo, entonces, se arranca los ojos con los alfileres de su túnica. La sangre le corre por la cara y le empapa la barba. Se abren las puertas del palacio y se ve al poderoso rey que está, ahora, quebrado, lleno de culpa, sangrando, dolorido y ciego. Hay un silencio terrible, de pronto Edipo habla. Pero lo que escuchamos no son palabras; es un solo grito patético, reiterado, agónico. No se entiende su alarido. El habla ha retrocedido a un sonido gutural desgarrador. Es que el inmenso dolor, el infinito sufrimiento, o sea, la tragedia, carece de palabras. El rey Lear con Cordelia, su hija muerta, en brazos, avanza destruido por la desgracia, hacia los espectadores con un solo aullido casi animal ¡Howl, howl, howl!

    En 1991 el hijo de Eric Clapton, Conor, de 4 años, se cayó por la ventana de su departamento, en el piso 54, de Manhattan. Fue una fatalidad terrible para la madre y el músico. Hubo un período donde el cimbronazo produjo mudez, y preguntas sobre Dios, con componentes de rabia y resignación. Al fin Clapton pudo escribir, “Tears in the Heaven”. En La peste, Camus escribe que “el sufrimiento por la muerte de un niño no se puede comprender. Nada más importante que el horror de esta tragedia”. Víctor Hugo sufrió el dolor de la muerte de su hijo Leopoldo. Quedó destrozado, abatido, y buscó tener otro hijo, que nació mujer, y la llamó Leopoldine, que falleció también. ¡Vaya Sino trágico! Dos meses después de la partida de esta chica, escribió Las Contemplaciones, mientras “las lágrimas del cielo” le caían sobre el papel.

    La psicología conductista propone que el sufrimiento se aprende, que la acción y la emoción se pueden distinguir y separar del cuerpo y del dolor. O sea, que se puede dividir el dolor del sufrimiento. No estamos de acuerdo. Disentimos con el establishment médico, académico y religioso, que trata la tragedia o el sufrimiento (en este caso) como si fuera algo noble, del cual se sale purificado, mejor persona; y que no se puede (dicen ellos) poner en contacto el sufrimiento con algo tan mundano como el cuerpo, con sus resfríos, dismenorrea, cólicos, cefaleas y juanetes inflamados.

    Como ejemplo en la literatura tenemos a Filoctetes, una obra poco conocida de Sófocles, donde el dolor está presente casi por definición.

    Filoctetes sufre una lesión al tropezar con un arbusto sagrado. Una serpiente le muerde el pie. La herida se infecta, supura, da mal olor. En viaje a Troya es abandonado en la isla de Lemnos, allí se queda solo entre las rocas y las olas del mar. Lo único que le dejan es el arco y las flechas mágicas, que le ha dado Hércules. Allí además del hambre y la soledad, siente un dolor insoportable, mientras que la mordedura se gangrena. La pierna comienza a pudrirse. Lo llamativo, y lo raro, de esta tragedia es que el sufrimiento de Filoctetes no es consecuencia de una desgarradura en un campo de batalla, no, no tiene nada de épico, es consecuencia de un accidente doméstico.A la isla llegan, nueve años después, Ulises y Neptolemo a buscarlo, porque un adivino dijo que Troya nunca caerá en manos griegas sin la ayuda de Filoctetes y su famoso arco. Ulises es un pícaro, un hombre grande e inteligente, un político consumado, de doble palabra, un astuto, que trama una argucia para que nuestro héroe acepte salir de su exilio forzado y no querido, y vaya a cumplir la profecía. Neptolemo es joven e idealista, prefiere la nobleza de los hechos a las engañosas palabras. No desea entrar en la patraña de la amistad que finge Ulises, pero al final cede porque Ulises es un orador muy hábil.

    En la obra, en un momento, el coro pide silencio, porque se escuchan pasos. No son los pasos de un hombre que camina, sino de un hombre que se arrastra. Es la herida la que avanza. La herida es el símbolo de la desgracia humana, del abandono (en una isla), del desprecio de sus ex compañeros por el sufrimiento ajeno y el ocultamiento (el exilio) en un islote desolado. Es la marcha del dolor que embiste de nuevo.

    Entonces hay una voz, pero no es clara, sino es el “grito amargo” de la postergación, de la injuria. Y aparece un cuerpo, el de Filoctetes, transido de padecimiento.

    Un golpe de dolor tumba al héroe. La voz vuelve a desaparecer. Hasta que el harapiento herido purulento se va de a poco recuperando y divisa a Neptolemo como un ser noble. Y a Ulises como un ladino. Y se da cuenta de la trampa, negándose a subirse al barco.

    Mucha gente se ha detenido en buscar significado al arco. Nosotros creemos que es el dolor el “síntoma cardinal” de la obra. Es el sufrimiento el que hace a Filoctetes darle el arco a Neptolemo. Pero la obra no ha terminado. El muchacho se queda mirando al miserable lesionado, que está caído, golpeado por el destino, enmudecido por el tormento de la llaga. Ulises, asustado, se mantiene a distancia. De pronto, el sufrido protagonista le pide al joven que le corte la pierna podrida. Este, lleno de compasión, se da cuenta de la dignidad del caído y deshecha su complicidad con Ulises, impresionado por la integridad en la desgracia infinita del personaje principal. Embargado de clemencia, le devuelve el arco a Filoctetes.

    Esta obra de Sófocles sobre la tragedia de un personaje que sufre por el Destino, una herida circunstancial (como a nosotros, sus lectores o espectadores, nos puede pasar lo mismo: un accidente en la calle, lastimarnos un hombro, o darnos un infarto o descubrirnos un cáncer) no es moral. La sabiduría más dura de la tragedia puede consistir en mostrar que el sufrimiento no se puede compartir y -la verdad- no hay palabras para describirlo.

    Finalmente, ya sabiendo Filoctetes de la conspiración, de la falsa amistad de Ulises, decide seguir así, en la isla, solo y desangrándose en puro sufrimiento. Su negativa, en al año 409 a.C. cuando fue representada, parecía con tanta fuerza que paralizaría la historia. Troya no iba a caer sin su ayuda. La Ilíada y la Odisea no existirían, y en consecuencia, nosotros, tampoco. Sófocles necesita una solución extrema a esta tragedia. Hizo falta un deus ex machina, para resolver el intríngulis. En la escena final Hércules, el semidios, baja del Olimpo y le dice a Filoctetes que se embarque con el arco y las flechas hacia Troya.

    Esta obra, como todas las tragedias en la vida real y en la literatura, nos hace sentir el poder del dolor, que es capaz de reducir la vida al vacío y la miseria. Desteje el ser, hasta que el ser es nada más que sufrimiento. Y en ese trance nos volvemos nada. Aquí estamos en el punto de máxima compunción, cuando nos preguntamos “¿por qué?” “¿por qué a mí?”

    La tragedia, por ejemplo, las escritas por Shakespeare, la de los muertos o sobrevivientes de los campos de concentración o de las salas de tortura, la de las mujeres y niños asesinados (hace unos días acuchillaron a una niña en Oberá) por hombres civiles o militares, no nos ofrece consuelo. Con suerte nos aporta el incomprensible conocimiento de cuánto han sufrido y sufren los seres humanos, durante tanto tiempo y tan profundamente.

    Quizás ese conocimiento (que viene de la literatura y de la vida real, -inclusive- de nuestra historia argentina tan cruel y sangrienta), posea la capacidad de estremecernos y cambiarnos al experimentar una dimensión de la existencia humana (que no es solo “buena onda”, o “la vida es bella” o sonrisa de “new age”, o “¡pum! para arriba”), que desconocíamos, o que nos negábamos a ver.

    Ver la vida como si fuera Disney es el escollo mayor de la modernidad. Pensar que todo está bien, o más o menos bien, es de personas superficiales, chatas, insolidarias. No vivimos en el mejor de los mundos, esa es la tragedia.

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