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Mientras vence afuera la sombra

    Por NEACONATUS

    En la novela Mientras vence afuera la sombra de Susana Ibáñez (Palabrava editorial, colección Rosa de los vientos, Santa Fe 2021) quizás estamos ante un policial atípico, una novela negra, si se quiere un noir argentino, que se lee de un tirón pues captura al lector. Pero con un matiz singular, al principio sugiere que derivará hacia esos relatos donde ocurren crímenes o misterios, al menos, inicia las peripecias un fiscal, el fiscal Rojas, que intentará descubrir enigmas y culpables. Pero también opera como una obra psicológica y hasta podría considerarse como una historia de amor, porque hacia las páginas finales la autora se va inclinando suavemente hacia ese horizonte.

    La trama no tiene lugar en Buenos Aires sino en la ciudad de Santa Fe, un territorio que siempre ha competido por criminal y delictivo con la capital ombligo del país. Rastreando encontramos que el título se inspira en el poema Tarde oscura de Luis Cernuda que finaliza: “Y en el pensamiento / Luz o fe ahora / Buscas, mientras vence / Afuera la sombra.”

    Y ya que iniciamos estos apuntes con la noción de territorio, puede que sea pertinente una introducción sobre la topología de la violencia (Byung-Chul Han), porque en este libro nos topamos con varios tipos de violencias y dimensiones sociales. Según el filósofo coreano la violencia material (de la que hay mucha en esta novela) también coexiste con una violencia anónima y sistémica, que se oculta tras máscaras institucionales tal vez porque coincide con la propia sociedad, un constructo contradictorio del que todos/as somos responsables.

    En la novela de Susana Ibáñez la vida del protagonista estuvo expuesta a una muerte sin aparente razón. Para Byung-Chul Han un acto violento suele originarse desde la matriz del poder y es casi invisible para las víctimas, porque estas no tienen conciencia de las relaciones estructurales que dominan sus vidas. El fiscal Rojas busca para su calvario físico explicaciones sin respuesta.

    Insistimos en la noción de territorio, porque más allá de los tópicos que impone el monopolio editorial porteño, el resto es frontera. Entiéndase frontera en todas sus acepciones. Como “la provincia” o “lo provinciano” ha sido construida como lejana y montaraz (o era) pareciera que fuimos destinados a relatar el paisaje. El paisaje como el campo de la representación. En la elección del paisaje, hasta como personaje principal, fueron muchos los autores que insistieron (y posiblemente insistan) en esa temática. Como si la orografía o los modismos en el habla señalaran identidad. Aquí vuelve a ingresar la idea de regionalismo (literario) como una red de principios, reglas y estructuras para mostrarnos cómo somos. El territorio es un límite impuesto al espacio, ahora, el sentido dado a un lugar, a ese espacio, bien podría rebelarse contra lo pintoresco, para aspirar a cierta universalidad de las obras. Sin esa superación, por denominarla de alguna manera, no serán culpables de nuestra marginalidad, las editoriales nacionales o extranjeras, ni los medios de difusión, ni la prensa especializada, o los famosos concursos que se buscan ganar para acceder a un carnet de figuración e impulsar ventas, sino nosotros mismos, que de forma endogámica, nos nutrimos entre pares reiterando estilos, modos de escritura y temas. Pero Susana Ibáñez pasa de todos estos prejuicios y escribe una estupenda novela policial, quizás un posible guion cinematográfico en el carácter de la famosa El secreto de sus ojos, pues algunos puntos de contacto podrían considerarse.

    Ibáñez quiebra tópicos desde el inicio al configurar la pareja protagónica. Un fiscal que encuadra en el casting requerido por el género, aunque su partenaire femenino es una podóloga, un giro osado. Introduce las primeras sensualidades sugeridas a través del contacto de las manos con unos pies, algo pertinente, un toque de fetichismo muy a la moda. Pero si las manos de la profesional blanden tijeras y escalpelos sobre unos dedos heridos y supurantes, vaya recurso para eludir los lugares comunes de la seducción. A estas rupturas del canon creativo periférico nos referíamos en párrafos anteriores.

    Otro factor que atraviesa la narración transversalmente es el control. Desde los apuntes particulares que día a día el fiscal Rojas lleva en su libreta hasta la autoridad de género, muy ligada al patriarcado en el relato. Todo se registra y controla, hasta un perseguidor debe suministrar facturas por el pago de su actividad clandestina y Valeria, otro personaje de reparto, hace un curso en la universidad sobre intervención perfomática de los cuerpos a través de tatuajes, piercings, expansores, implantes y amputaciones. Atinado truco esa especie de diario del fiscal Rojas, una libreta, donde anotaba al final del día dos o tres oraciones de lo que hizo durante la jornada y la temperatura, o el viento, por ejemplo.

    En el diario devenir del fiscal Rojas, hay un abordaje a sus pensamientos, miedos, temores y dudas. En ese acontecer hay tramas secundarias, “casos” diría un investigador privado, pero no se resuelven inexorablemente. Un tal Carlos Ballesteros decidió encerrarse en una casa, donde finalmente murió, y espía y fotografía a su ex que vive al lado. Un día su hermano médico, lo encuentra finado. Mientras tanto a una muchacha la sigue un tipo, Mounier, que se lleva sus páginas, pero en el transcurso de la trama se desvanece como una sombra. A un vividor, amante de la joven enigmática, lo liquidan. No se sabe del todo porqué. La conexión de estos atentados con el gobernador no se comprueba, pero tampoco con otra gente allegada al poder. El mismo fiscal fue brutalmente agredido, así comienza la historia, aunque se deja entrever que se equivocaron de víctima, pero… ¿tiene que ver o no con todo lo anterior?

    La psicología del fiscal Rojas está muy bien planteada y, en este eje formal, Ibáñez si cumple con algunos símbolos del género noir. El hombre es un solitario, honesto e incorruptible, pinta para un detective al que le dieron una paliza y que desde su convalecencia va atando cabos. Transmite un aura de melancolía, casi de perdedor clásico. Otro personaje no menor, obsesión del fiscal y de la gente de la fiscalía, es Schillaci, el jefe de la oficina. También descripto con acierto en su ambivalencia de poder, envidia, mando, gestos amorosos, ambigüedades.

    En Mientras vence afuera la sombra hay frases hermosas: “El arte es transmutación”, “uno es siempre quien fue en la infancia”, “nada de lo que percibimos se corresponde con la realidad”, “a veces es trabajoso recuperar el pasado”.

     Ibáñez tiene oficio (y una amplia titulación académica), apenas uno empieza la historia de Rojas, el fiscal, que al final lo sabremos enamorado, no puede dejar el libro. Gran mérito en la actualidad. La trama aparenta de entrada un policial con toda la fuerza, pero va rotando a una disección psicológica del fiscal, y termina con el personaje enamorado dispuesto s salir sin rumbo fijo a buscar por todo el sur argentino a Tracia, en alguna ciudad o pueblo que empiece con “T”.

    Podríamos resumir, con tintes policiales Ibáñez nos presenta la historia de un amor larvado que va creciendo a medida que fragmenta la compleja psicología del héroe, y también de los otros personajes secundarios. La autora transgrede los códigos tradicionales del género policial, en un thriller no se suele dejar en la nebulosa un crimen. Pero en esta lograda novela vale disfrutar tamaña audacia narrativa.

    Foto de tapa del libro: Santiago Ibarra.

     

     

     

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