Ir al contenido
Inicio » Mito, religión y política I

Mito, religión y política I

    Por NEACONATUS

    Desde siempre, no cabe endilgar al actual gobierno argentino la exclusividad, el discurso místico y el político se retroalimentaron. Convivencia que dejó entrever otros factores tales como, culpa y castigo. Violencia.   

    Richard J. Bernstein (Gedisa, 2015) nos remite a Walter Benjamin y su ensayo sobre la crítica de la violencia. Es pertinente en estos tiempos, donde la corrupción arrecia, cuando se apela al misticismo, la retórica y la política (Ernesto Laclau), tener en cuenta entonces, que Benjamin considera la violencia en una relación específica con la ley y la justicia. Una opinión radical de un Benjamin poliédrico y alveolar pero no bifronte.

    Desde la Modernidad, ¿se supone?, que una “violencia” jurídica estaría camuflada en ciertas normativas, aparentemente o al menos, no sobrenaturales. Sólo una supuesta violencia “mítica o divina” exige sacrificios que implican culpa y transgresión de la vida social de las personas. ¿Entonces por qué mezclar los tantos en el siglo XXI? (Moisés cobra una jubilación mínima y está retirado). Pues porque se sigue considerando que la violencia divina existe y hasta posee una cierta ética. Que no es, precisamente, una ética de la no-violencia. Por eso incluir hoy en el discurso político nociones de “violencia divina” puede sugerir una operación irresponsable. Son menciones que influyen en una degradada opinión pública, pues esta clase de “derecho prodigioso” es cruento sobre el orden natural de la vida humana. Demanda expiaciones colectivas que otorgan fundamentos a los abusos clasistas. Legitiman un pathos político, más hoy con las redes y los medios, mesiánico y apocalíptico. Se ha transgredido la conexión entre religión y moralidad. En la línea de Benjamin hasta se podría justificar un “rol purificador de la violencia divina”.

    Para Hannah Arendt la cuestión política no puede ser ¿quién manda a quién? Un pensamiento político serio debe estar muy atento a los mensajes lingüísticos, sino corremos el de riesgo opacar la realidad. Arendt no comulga con poder y violencia, promueve consenso persuasivo y dialógico. Niega tanto la sordera como el ruido político.

     Jesús echó a los mercaderes del templo

    Recientemente hemos leído un artículo titulado “Javier Milei se enfrenta con su dios, el mercado”, publicado en el diario El País, de España. El artículo presenta las innumerables contradicciones del “profeta del libre mercado”, partiendo de que su gobierno interviene económicamente para limitar la libertad que él mismo le ofrendó al mercado (de palabra).

    Nuestro presidente se pasea como Mark Bellison (Ricky Gervais), ese personaje de “The Invention of Lying” que inventa una mentira – que habla con un hombre en el cielo – y debido a ella cambia su vida, pasando de ser un fracasado deprimente a ser un deprimente con beneficios personales. Podríamos partir de que el fenómeno libertario es fundamentalmente irracional y dogmático, síntoma de la decadencia política de una época y, como todo fascismo, evoca a “la moral” para anular o esconder el conflicto histórico de poder y de legitimidad que significan lo político; pero, sobre todo, es un fenómeno que se ajusta a la desesperación de la gente que está harta y cansada y sobre todo quiere creer, de ahí el mesianismo, la teatralización y el espectáculo. En este sentido es que interesa reflexionar acerca del funcionamiento político del discurso religioso en tanto que se presenta como discurso pre-político, esto es, un discurso que apela a una suerte de trascendencia inapelable, una palabra que convoca a otra palabra, capaz de cancelar las palabras e imponer el silencio.

    La religión o el misticismo en política representan un problema debido a que son discursos que de entrada falsean su origen, hablan de sí mismos tratando de prefigurar y de establecer un lugar de autoridad que no tienen, que no pueden tener de antemano, porque en el clima de lo político la autoridad o la soberanía no es una propiedad que se pueda tomar o que provenga de algún, cualquier, más allá. Hablar de lo político es hablar de un terreno común, lo común es aquello que no puede ser apropiado dado que no sólo es inasible, es inagotable, es la condición de posibilidad de la hospitalidad, es la condición de posibilidad de que podamos hablar.

    No podían faltar los griegos

    La historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides, grafica como ninguna otra la participación de los dioses en los problemas de los hombres. Tucídides distingue tácitamente los sufrimientos que los hombres se infligen entre sí de los que acarrean terremotos, los eclipses solares, la sequía y la peste. Por la narración de Tucídides nos enteramos de que los atenienses, después de una batalla naval victoriosa contra los peloponesios, consagraron a Poseidón un barco enemigo capturado; en el subsiguiente discurso de los comandantes peloponesios a sus tropas, que estaban comprensiblemente descorazonadas por la derrota precedente, ocasionada por la insuficiencia de su adiestramiento o experiencia naval, no se hace referencia a los dioses; sin embargo, los soldados atenienses también sentían temor, debido a que los barcos peloponesios eran más numerosos que los propios, el jefe ateniense Formión les infunde valor mediante un discurso que tampoco alude a los dioses. En una reunión de la asamblea ateniense que tiene lugar después de la conquista de Mitilene, Cleón se opone apasionadamente a que se reconsidere la aplicación de la pena capital a todos los varones mitilenos adultos, un castigo resuelto pocos días antes: los mitilenos son sencillamente culpables de una injusticia inexcusable y se los debe tratar en consecuencia, más Cleón no se refiere a los dioses, no tiene motivos para referirse en modo alguno a ellos, el argumento favorable a la benignidad o, más bien, a la discriminación es obra de Diódoto, que ya lo ha expuesto en la reunión anterior de la asamblea; también Diódoto, en su defensa, guarda completo silencio sobre los dioses. El final de la primera parte de la guerra tiene como antecedente decisivo la victoria ateniense, debida sobre todo a Demóstenes, en Pilos, y a la marcha triunfante de Brasidas a Tracia; cerca del comienzo Demóstenes se dirige a los hoplitas bajo su mando, en esta situación, que es bastante grave, por no decir desesperada, los insta a tener buenas esperanzas y a no preocuparse demasiado con el cálculo de las posibilidades, jamás menciona a los dioses. El desastre de los atenienses les impide ocuparse con el cuidado habitual de sus muchos muertos, ni siquiera pueden pedir a los vencedores la entrega de los cadáveres de sus soldados, el contraste con las circunstancias en que Pericles pronunció su discurso fúnebre es sobrecogedor, la retirada hacia el interior de Sicilia se vuelve difícil y termina siendo imposible por una artimaña de Hermócrates, a la que este se ve obligado a recurrir debido a que los siracusanos se niegan a seguir luchando durante la noche: da la casualidad de que deben celebrar un festival en honor de Heracles; Tucídides describe el miserable fin del ejercito ateniense y sus comandantes – un acontecimiento que supera cualquier descripción – en la forma más adecuada posible, más en ningún momento aparecen los dioses.

    Nietzsche, el fierita del barrio

    En el prefacio de “Más allá del bien y del mal”, el único libro publicado por Nietzsche donde se presenta abiertamente como el antagonista de Platón, plantea que el error fundamental de Platón fue su invención del espíritu puro y del bien en sí mismo. A partir de esta premisa se puede llegar fácilmente a la conclusión de Diótima en el banquete, a saber, que ningún humano es sabio, sino que sólo el dios lo es; los seres humanos sólo pueden afanarse por la sabiduría o el filosofar, más los dioses no filosofan. En el último aforismo de este libro, Nietzsche subraya la diferencia fundamental entre pensamientos escritos y pensamientos en su forma original, lo que nos lleva a recordar lo que Platón dice o insinúa respecto de la “debilidad del logos” y el carácter indecible y a fortiori imposible de escribir de la verdad. Podríamos decir que, mientras en Platón el espíritu puro capta la verdad, en Nietzsche la verdad es producida por un cierto tipo de espíritu impuro, por lo que su fuente está más allá del bien y del mal.

    De acuerdo con Nietzsche, los filósofos trataron de apoderarse del texto. Bajar la Verdad al terreno de los hombres que disponen de ella, que no es atractiva ni digna de ser amada ni dadora de vida, sino tan letal como llena de matices; no significa simplemente que los hombres hayan dejado de creer en la Verdad, porque la incredulidad del hombre no destruye la vida o el ser de la Verdad; sí significa, empero, que ni siquiera mientras vivía la Verdad fue nunca lo que los creyentes suponían que era, es decir, inmortal. Entonces, el teísmo político, tal como se entendía a sí mismo siempre estuvo equivocado. Sin embargo, por un tiempo fue cierto, esto es, poderoso, dador de vida. La argumentación anti teísta más vigorosa esbozada por Nietzsche apunta contra la posibilidad de una revelación clara e inequívoca, es decir, totalizante, a saber, la posibilidad de que dios “hable” al hombre.

    Al estilo de Spinoza, también Nietzsche realiza una reivindicación atea de dios, también ilustra de manera provisional su sugerencia de que se adviene una religiosidad atea o, si se quiere, no teísta, con el supuesto de que toda la filosofía moderna es anticristiana pero no antirreligiosa. Prevé así, una posibilidad rigurosa, terrible y vigorizante: el sacrificio de dios por causa de la mera crueldad, es decir, la voluntad de poder vuelta contra sí misma, que prepara el culto de la piedra, de la estupidez, de la pesadez, del destino, de la Nada. Estos ateos religiosos, esta nueva estirpe de ateos, dice Nietzsche, no puede ser apaciguada de manera engañosa mediante la perspectiva de un futuro más glorioso, del reino de la libertad, que terminará por cierto en la aniquilación de la raza humana y, con ello, de todo significado. La ambigüedad es esencial al pensamiento de Nietzsche, sin ella perdería su carácter de experimento o tentación, de ahí que no acepte sacrificar a dios en favor de la Nada o de una religión del futuro que se incline ante la más llana estupidez.

    Un buen vino francés

    Nadie habla de política y religión como Baudelaire: “Bajo un amplio cielo gris, en una vasta llanura polvorienta, sin sendas, ni césped, sin un cardo, sin una ortiga, tropecé con muchos hombres que caminaban encorvados. Llevaba cada cual, a cuestas, una quimera enorme, tan pesada como un saco de harina o de carbón, o la mochila de un soldado de infantería romana.

    Pero el monstruoso animal no era un peso inerte; envolvía y oprimía, por el contrario, al hombre, con sus músculos elásticos y poderosos; prendíase con sus dos vastas garras al pecho de su montura, y su cabeza fabulosa dominaba la frente del hombre, como uno de aquellos cascos horribles con que los guerreros antiguos pretendían aumentar el terror de sus enemigos.”

    En una concepción biológica evolucionista es la naturaleza la que creó al hombre. Desde este punto podemos hablar de la “Madre Naturaleza”, la “Pachamama”. Pero si hemos sido creados por Dios, al igual que la Naturaleza, esta no es nuestra madre sino nuestra hermana. Sin embargo, en Génesis 1, 26-31 cuando describe la Creación del Hombre le dice que “Domine sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre las fieras campestres y sobre los reptiles de la tierra”; o sea los seres humanos somos los dueños (los padres) de la Naturaleza. Es este el respaldo teológico de capitalismo para la depredación.

    Los seres humanos estamos hecho a imagen de su Hijo (Romano 8:28-29), que sufrió por nosotros. Porque vino a rescatarnos, a salvarnos (Juan 3:16-17), dio su vida por muchos y sabía que tenía que sufrir (Marcos 10-45). ¿Acaso el cristianismo no habla de esta vida como un valle de lágrimas y que solo se abandona cuando se muere? Este es el fundamento religioso que nos infunde el sistema convenciéndonos que debemos sufrir para alcanzar “el cielo”.

    Hay también un célebre versículo del Génesis: “Dijo asimismo a la mujer: mucho te haré sufrir en tu preñez, parirás hijos con dolor”. Karl Marx observa la religión en “Crítica de la filosofía del derecho de Hegel” tildándola de opio de los pueblos, justamente por el concepto de “valle de lágrimas”.

    Las religiones de amor, son también, simultáneamente religiones de odio. Los cristianos, por ejemplo, durante siglos tuvieron la convicción de que tenían un mandato divino de bautizar a todo el mundo, lo que impulsó a miles de creyentes a fervorosas y sangrientas cruzadas. Lo mismo el judaísmo y el islamismo. El fanatismo de estas religiones ha sido de una violencia sin igual. No es chiste, matan por su fe. Ahora tenemos que sufrir si queremos vencer a la inflación. Es la misma cosa.

    Esta obcecación irracional está profundamente arraigada en los pueblos occidentales y en sus dirigentes, a lo largo de la historia, que trasladan a sus prácticas políticas, económicas y culturales su fervor ciego. Por eso no es de extrañar que desde militares o civiles autoritarios que tomaron el poder hayan tratado de mitificar su gestión, de embeberla de religiosidad, como buscando trascendencia. Los ejemplos de esa actitud están en todos lados a lo largo de la historia, en la cual hasta se han aliado con las iglesias cristianas, protestantes, judía y musulmana. Apenas fue elegido Javer Milei en un gesto asombroso viajó al muro de Jerusalén y hasta lloró junto a los demás rabinos. Produciendo estupor en un alto porcentaje de israelitas, que no comulgaban con su ideario.

    Otro ejemplo de simbiosis entre creencias, supersticiones y praxis política de unos pocos siglos atrás. El poderoso movimiento intelectual y social de la francmasonería que se expandió a principios del s. XVIII desempeñó un papel importante, de primer orden de las decisiones políticas en Europa.

    Este fragmento de Nietzsche en Más allá del bien y del mal, que describe a un héroe histérico del cristianismo:

    “Es posible que bajo la santa fábula y el disfraz de Jesús se oculte uno de los casos más dolorosos del martirio de la conciencia del amor, el martirio del corazón más inocente y más ávido, al cual no bastaba ningún amor humano; del corazón que deseaba el amor, que quería ser amado y nada más que ser amado, con dureza, con frenesí, con terribles explosiones contra los que rechazaban su amor. Esta es la historia de un pobre ser insatisfecho e insaciable en el amor; de un ser que debió inventar el infierno para precipitar en él a los que no querían amarle, y que, iluminado por fin sobre el amor de los hombres, se vio forzado a inventar un Dios que fuese todo amor, totalmente “potencialidad de amor”, que tuviese piedad del amor humano, porque este amor ¡es tan miserable, tan ignorante! El que así siente, el que conoce así el amor, busca la muerte.”

    Y esta historia que cita Emma Goldman en “La palabra como arma”, respecto de cómo la religión te insta al sacrificio y al dolor en la vida para purgar los pecados del alma a partir de la promesa de una liberación futura en otra vida.

    “En 1849 Fiódor Dostoyevski escribió en la pared de su celda la siguiente historia: “El sacerdote y el Diablo: ‘¡Hola, obeso padre!’, le dijo el diablo al sacerdote. ‘¿Qué mentiras le contaste a esas pobres y engañadas personas? ¿Qué torturas del infierno le describiste? ¿No sabes que ya están sufriendo las torturas infernales en sus vidas terrenales? ¿No sabes que tú y las autoridades estatales son mis representantes en la tierra? Eres tú quien los hace sufrir las torturas infernales con que los amenaza. ¿No lo sabía padre? ¡Bien, entonces venga conmigo!’.

    El diablo tomó al sacerdote por el cuello, lo alzó en el aire y lo llevó a una factoría, a una fundición. Vio a los trabajadores corriendo apresurados de aquí para allá, moviéndose penosamente bajo el calor abrasador. Muy pronto, el aire espeso y el calor fue demasiado para el sacerdote. Con lágrimas en sus ojos, suplicó al diablo: ‘¡Déjame ir! ¡Déjame abandonar este infierno!’.

    ‘Oh, mi querido amigo, debo mostrarte muchos otros lugares’. El diablo lo tomó de nuevo y lo arrastró hacia una granja. Allí pudo ver a los jornaleros trillando el grano. El polvo y el calor eran insoportables. El capataz llevaba un látigo y cruelmente golpeaba a cualquiera que se cayera al suelo.

    Después, lleva al sacerdote hasta unas chozas donde estos mismos jornaleros viven con sus familias, sucios agujeros, fríos, llenos de humo, insalubres. El diablo se ríe a carcajadas […]

    Alzando sus manos, el sacerdote rogó: ‘¡Sácame de aquí! ¡Sí, sí, éste es el infierno en la Tierra!’.

    ‘Bien, entonces ya ves. Y todavía les prometes otro infierno. ¡Los atormentas, los torturas mentalmente con la muerte cuando ellos sólo están vivos físicamente! ¡Vamos! Te mostraré otro infierno, uno más, el peor’…”

     

     

     

     

     

    Deja un comentario

    Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *