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Mito, religión y política II

    Por NEACONATUS

    “Todos mienten” diría Dr. House. Sin embargo, la tensión entre la verdad y la mentira en la política funda un agujero interesante, más interesante cuánto más alejado está el discurso de la realidad, cuánto más fantasioso resulta y sobre todo cuánto más promete, lo que lleva a preguntarnos: ¿Cómo funcionan políticamente estos fenómenos?

    ¿La política es por excelencia una zona de promesas? ¿Hemos llegado realmente a la época del fin de las utopías? Como siempre, las palabras traen aparejadas lecturas ambivalentes y podemos advertir que no es lo mismo “el final de las utopías” como su realización (Herbert Marcuse) que “el final de las utopías” como su imposibilidad de soñarlas (Isaiah Berlin). Ante esta moda o invectiva contra lo utópico como horizonte de posibilidad, tienta invocar el principio de esperanza de Ernst Bloch o repetir como un mantra de un Oscar Wilde leninista, que la única manera de librarnos de la tentación utópica es cediendo ante ella.

    En el prólogo a la primera edición de “Mitologías”, Barthes dice que el punto de partida de su reflexión era, con frecuencia, un sentimiento de impaciencia ante lo “natural” con que la prensa, el arte, el sentido común, encubren permanentemente una realidad que no por ser la que vivimos deja de ser absolutamente histórica: “en una palabra, sufría al ver confundidas constantemente naturaleza e historia en el relato de nuestra actualidad y quería poner de manifiesto el abuso ideológico que, en mi sentir, se encuentra oculto en la exposición decorativa de lo evidente – por – sí – mismo”.

    El perro muerto que habla

    De acuerdo con Barthes, el mito es un habla, de ahí que todo lo que justifique un discurso puede ser mito. Este habla es un mensaje y, por lo tanto, no necesariamente debe ser oral; puede estar formada de escrituras y representaciones: el discurso escrito, así como la fotografía, el cine, el reportaje, el deporte, los espectáculos, la publicidad, todo puede servir de soporte para el habla mítica.

    La palabra mítica está constituida por una materia ya trabajada pensando en una comunicación apropiada. Por eso todos los materiales del mito, sean representativos o gráficos, presuponen una conciencia significante que puede razonar sobre ellos independientemente de su materia. Claro que esta materia no es indiferente: la imagen sin duda es más imperativa que la escritura, impone la significación en bloque, sin analizarla ni dispersarla. Pero esto no es una diferenciación constitutiva. La imagen deviene escritura a partir del momento en que es significativa: como la escritura, supone una lexis.

    ¿Qué es lo específico del mito? Es transformar un sentido en forma. Dicho de otro modo, el mito es siempre un robo de lenguaje. Robo el niño que gana una partida de ajedrez al campeón del mundo, robo el niño que alcanza el cuadro de honor y lleva la bandera, robo el niño que trabaja y come en el taller y no roba para comer ni come para robar, robo el niño que triunfa jugando a la pelota en un país lejano que sí puede pagar por su tratamiento, robo niños no para hacer de ellos ejemplos de niños o símbolos para los niños que no son, sino para naturalizar, a través suyo, el Imperio, mi identificación narcisista con el individuo que se distingue y que no es común, el gobierno.

    Desde Adán y Eva y el campo de concentración del Edén, todos los regímenes tienen mitos fundantes, se sostienen a través de la palabra común, organizada como un relato. Nuestra moderna democracia burguesa se sirve, por ejemplo, del modelo iusnaturalista, que parte de un estado prepolítico y se dirige a un estado civil por medio de un “contrato social”. Hobbes, Locke y Rousseau, más allá de las diferencias en sus concepciones antropológicas iniciales, convergen en presentar al hombre arrojado en un primigenio estado de naturaleza, libres e iguales y racionales, comprenden la necesidad de asociarse con los demás hombres para subsistir. Sus modelos sirven como mito de origen para legitimar la dominación social a través del Derecho.

    ¿Vamos al diván?

    También Freud prepara el terreno de la palabra, política, simbólica, partiendo de un mito de origen prepolítico, presimbólico, prehistórico. En su obra Tótem y Tabú (1913), emplea un mito para esclarecer el origen de la civilización, aquello que une al sistema totémico, al tabú y a la exogamia.

    Define el tótem como un animal comestible, ora inofensivo, ora peligroso y temido, y más raramente una planta o una fuerza de la naturaleza que se haya en una relación especial con la tribu. Los individuos comparten en general la creencia de que descienden del tótem, y aunque tienen el mandato de no alimentarse de él, ocasionalmente, hacen celebraciones donde se sacrifica al animal totémico y toda la tribu comparte el alimento, fortaleciendo así su identificación con él.

    El tabú es un significante de origen polinesio marcado por su ambivalencia. Está asociado a dos significaciones a priori opuestas, la de lo sagrado y la de lo impuro. Las restricciones tabúes, son una serie de normas y prohibiciones que no emanan de ningún mandamiento divino, sino que extraen de sí mismas su autoridad y no pertenecen a un sistema que les dé un fundamento. Son prohibiciones que los sujetos de estas tribus cumplen sin cuestionarse, bajo el temor de que algo terrible les pasará, a ellos o a sus seres queridos, en caso de no hacerlo. Si hay algo que comparten lo sagrado y lo impuro, y que se mantiene a través de los tiempos, es el temor al contacto.

    Freud concibe una horda primitiva en la que el padre, el urvater, tiránico y celoso, se reserva para sí gozar de todas las mujeres y expulsa a sus hijos conforme van creciendo.  Basándose en la fiesta de la comida totémica, Freud imagina un acto fundacional de la humanidad, en el que la fratria expulsada da muerte al padre, devora su cadáver y pone fin a la existencia de la horda paterna. La comida totémica, primera fiesta de la humanidad, en la que se come el animal totémico del que la tribu cree descender, no sería sino la conmemoración de aquel primer acto criminal. Sin embargo, Freud apunta a una ambivalencia inherente al acto, dado que el padre, a la par que, odiado, era admirado y amado. Tras haberle dado muerte y haberlo interiorizado mediante la sazonada ingesta, emerge la culpa, y con ello el padre muerto adquirió un poder mucho mayor del que había poseído en vida, convertido en símbolo ya no puede morir. De esta conciencia de culpabilidad del hijo nacerán los tabúes fundamentales del totemismo, y en esa fratria en que ninguno ya puede tomar el lugar del padre totémico, para preservar el nuevo orden social, surgirá la prohibición del incesto. Así, el mito de la horda primitiva coincide con los deseos reprimidos en el complejo de Edipo.

    La vida es puro chamuyo

    Lacan va más lejos y propone que el padre en sí mismo no interesa, lo que interesa es su nombre o su sombra, su función significante, lo que la religión nos ha enseñado a invocar como el Nombre-del-Padre, que se presenta como Moisés, portador de la Ley. Con el asesinato del padre nace la humanidad como una comunidad simbólica que produce efectos de Verdad a través del lenguaje, sostenida sobre una ficción que pregona que el padre simbólico – que significa la ley – sólo puede ser el padre muerto. Entonces, el mito impone una pedagogía, a través del mito se ordena, se legisla, se naturaliza.

    En su pedagogía del oprimido, Freire lo resume mejor que nadie: “El mito, por ejemplo, de que el orden opresor es un orden de libertad. De que todos son libres para trabajar donde quieran. Si no les agrada el patrón, pueden dejarlo y buscar otro empleo. El mito de que este ´orden´ respeta los derechos de la persona humana y que, por lo tanto, es digno de todo aprecio. El mito de que todos pueden llegar a ser empresarios siempre que no sean perezosos y, más aún, el mito de que el hombre que vende por las calles, gritando: ´dulce de banana y guayaba´ es un empresario tanto cuanto lo es el dueño de una gran fábrica. El mito del derecho de todos a la educación cuando, en Latinoamérica, existe un contraste irrisorio entre la totalidad de los alumnos que se matriculan en las escuelas primarias de cada país y aquellos que logran el acceso a las universidades. El mito de la igualdad de clases cuando el ´ ¿sabe usted con quién está hablando? ´ es aún una pregunta de nuestros días. El mito del heroísmo de las clases opresoras, como guardianas del orden que encarna la ´civilización occidental y cristiana´, a la cual defienden de la ´barbarie materialista´. El mito de su caridad, de su generosidad, cuando lo que hacen, en cuanto clase, es un mero asistencialismo, que se desdobla en el mito de la falsa ayuda […] El mito de que las elites dominadoras, ´en el reconocimiento de sus deberes´, son las promotoras del pueblo, debiendo éste, en un gesto de gratitud, aceptar su palabra y conformarse con ella. El mito de que la rebelión del pueblo es un pecado en contra de Dios. El mito de la propiedad privada como fundamento del desarrollo de la persona humana, en cuanto se considere como personas humanas sólo a los opresores. El mito de la dinamicidad de los opresores y el de la pereza y falta de honradez de los oprimidos. El mito de la inferioridad ´ontológica´ de éstos y el de la superioridad de aquellos.”

     

     

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