
Un factor común atraviesa todas las charlas que tengo con amigxs y colegas: hay algo extraño en la poesía de hoy. Lo charlamos y debatimos un montón, tomamos de referencia a nuestros colegas y escritorxs de relevancia. No nos ponemos nunca muy de acuerdo, casi todo termina en la bolsa del “vale todo” poético.
Para colmo, me doy cuenta de que busco esa respuesta en narrativas y ensayos, donde lo poético tiene una jerarquía menor -aunque no menos importante- pero digamos, como la de un director de fotografía en un set de filmación. Y así, me es más sencillo caer en esta sensación confusa de que todo es, cada vez más, cercano a la poesía o que directamente lo es. Y eso me hace pensar, a la vez, que quizás nada de lo que esté leyendo sea poesía, en realidad.
Maldita sea, estoy empezando a coquetear con los tópicos generacionales. No es la idea recurrir a ello, así que voy a tratar de entender el contexto en el que las personas que asumen que escriben poesía, lo hacen. Me imagino computadoras, pero en realidad, debería ir más allá y pensar en dispositivos móviles, celulares, y una estación de subte colapsada, o un tren, o un colectivo. A lo mejor, como leí en uno de los últimos libros que compré, debería pensar en una pantalla orientada para no ser vista en la oficina, donde se depositan algunos versos entre ratos libres y tareas tediosas.
Cinco minutos de oficina son suficientes para un poema joven, corto, con la intensidad justa para vencer la sobriedad de las paredes blancas de un espacio institucional. Las canciones que escucho, cada vez más cortas, insinúan universos enormes pero con puntas de iceberg tan pequeñas que es necesario poner en repeat para que el mensaje se sostenga. Y ya que hablamos de música, inglés y español dejaron de tener fronteras claras y aparecen en el folklor para regocijar masas e indignar a lxs puristas de las cosas.
Y quizá todo esto sea en realidad, un conflicto escrito desde ese purismo idealizado que se vuelve cada vez más lejano. Todo lo que compro tiene forma de llave y abre puertas que dan a otras puertas a las que se pueden acceder con la adquisición de otra llave, disponible para ser comprada las 24 horas del día, y con poco margen de impacto en el plástico cruel que determina nuestra relevancia en la sociedad.
A nivel astrológico, me ha llegado el chisme de que estamos entrando a la nueva era de Acuario. Debería pensar inmediatamente en Luis Alberto Spinetta, pero siendo honesto, me sale pensar en Cristina Fernández que en el Congreso de la Nación expresó con un tono pregnante: TODO TIENE QUE VER CON TODO. Y ese es mi punto, que la poesía probablemente tenga que ver con todo. ¿Pero cuál es el porcentaje, la dosis exacta, que hace de nuestras lecturas y escrituras un veneno o un antídoto?
¿Cómo le damos lugar a la poesía cuando son tantos los temas importantes en el mundo que reclaman ser atendidos? ¿Y la música, la economía, el concepto de trabajo y de salud pueden esperar a que se resuelvan los problemas de la poesía? ¿Somos capaces de invertir el orden de prioridades o vamos a recurrir a nuestras frases célebres para contentar a familiares en la próxima Navidad?
Cada uno tiene su definición íntima de lo que cree que es la poesía. De alguna manera, la asocio con la intensidad y elasticidad que puede generar en el tiempo. El último poema que logró conmover mis entrañas de una manera menos racional, tenía que ver con el trabajo. El Negro Aita, Fernando, una vez pasó por Posadas y nos dejó su poemario “Poemas para no ir a trabajar”. Recuerdo que leyó improvisadamente en un evento de poesía al que cayó fortuitamente, como para aprovechar su presencia, y que lo que era un gesto de compromiso con alguien recién llegado se transformó en una ovación devenida en aplausos y pedidos de más y más lectura.
Claro, el trabajo y los problemas que tenemos al respecto nos conmueven. Yo vi gente aplaudir y zapatear y reunir un montón de gestos atávicos para mostrar su aprobación a esa clase de poemas. Los que permiten imaginar que un día las reglas del juego cambian. Hoy la regla podría ser que todo cambie demasiado rápido. Y así, jugaremos al poema hasta que la militancia sea la de la quietud y la improductividad. Quizá la poesía entonces tenga más que ver con todo, y todo tenga menos que ver con ella.
Cuando pienso en poesía evito pensar en dosis exactas, temas o satisfacciones, para mí (con la poesía siempre es un “para mí”, sea quien fuere esa primera persona), la poesía involucra una instancia de quiebre (aquella famosa función poética de jakobson), el lenguaje que se autorregula y se autoexcede, que nos empuja a preguntarnos, desear, perder, procesar cualquier inminencia. Puedo hablar de una partícula/ de yerba/ de saliva/ de polvo/ de cómo tan diminuta/ puede clavarse en nuestros pulmones/ cortar el aire/ ahogarnos una pequeña muerte.