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NEACONATUS, agradece los aportes recibidos durante el mes de marzo

    Las publicaciones de Neaconatus sobre el cincuentenario del Golpe empresario-cívico-militar de 1976, fueron expresiones contemporáneas de escritores/as y lectores/as que, desde una óptica personal y libre, sin consignas, han rememorado aquel hecho inaugural del genocidio argentino, para que con Memoria, Verdad y Justicia, no se repita Nunca Más. En nombre de nuestra revista reconocemos la participación y el compromiso.

    La memoria es un ejercicio activo que implica solidaridad y responsabilidad del presente con el pasado. Hay que sostener la historia, conocerla, hurgarla en los vericuetos de las versiones, sin miedo, como lo hicieron nuestros colaboradores. La memoria es imprescindible para la resistencia.

    La verdad es la luz que aclara lo sucedido. No se puede dar vuelta la hoja de la historia de la patria, sin escribir lo que pasó, sin explicar que la violencia contra el pueblo, no iba principalmente contra la guerrilla (que para el ´76 estaba prácticamente vencida), sino contra el pueblo, contra los trabajadores, los estudiantes y las familias para imponer un plan económico que significaba una enorme transferencia de ingresos a favor de las élites más ricas. Es el mismo plan que el anarco-capitalismo de Milei quiere imponer actualmente, por eso ahora vivimos una sociedad exacerbada, violenta, individualista. Esa fue la verdadera causa del Golpe asesino.

    La justicia es lo que buscaba y busca el pueblo argentino. Juzgar a los responsables con el debido proceso, cosa que las fuerzas militares y paramilitares no le brindaron a los secuestrados-desaparecidos- exterminados por la dictadura.

    Neaconatus está orgullosa de la contribución de los y las escritoras de la región. Volvemos a agradecerles. Sus textos poseen un gran valor literario y documental. Fueron, en casi todos los casos publicaciones con categoría literaria, no meros panegíricos catárticos. Nos alegra además porque es un signo de que los tiempos van cambiando para bien. Lo demuestran, también, millones de personas que llenaron las calles de distintas ciudades del país. Si la esperanza era la última cosa que quedaba en la caja de Pandora, después que salieran todos los males, en este tiempo tan difícil que estamos viviendo, luego de la debacle general de Argentina en manos de un grupo grosero de cacos medio pelo, el gesto de los colegas, el envío de sus trabajos, y sus augurios de continuar leyendo y escribiendo, indican que la palabra sensata y con vuelo creativo está intacta.

    Algunas variables desearíamos compartir en esta debida devolución. Ciertas cuestiones temáticas destacan, por ejemplo, en varios textos la imagen de los vuelos de la muerte primó y resultó un recurso dramático que demostró cuán fuerte pegó en la sensibilidad social, también la crítica a la discrepancia negacionista insustancial sobre la cantidad de desaparecidos contabilizados y la tristemente célebre teoría de los dos demonios. Nos permitimos sumar y, profundizar, sobre una cuestión que también sobrevoló los artículos: la tortura. La mencionamos porque es un hecho que, por un lado, roza la “políticamente correcta” hipótesis -ya mencionada- de los dos demonios y también como contenido que nos concede asumir rencores y confrontar, discrepancias políticas, chicanas ideológicas, imposturas oportunistas, pues la tortura invalida toda discusión sobre la seguridad nacional, antagonismos de clase o justificación judicial. Anhelamos que sea el pensamiento que nos permita ir más allá de los matices confrontadores y, por ende, promueva sentir que somos más humanos en un tiempo de asilvestramiento pavoroso.

    La tortura ha activado la falacia de la “ticking time bomb” (bomba de tiempo), una elipsis moral para justificar una ética de la crueldad ejercida sobre los cuerpos, el modus operandi de la represión de las fuerzas armadas argentinas. La dramaturgia del suplicio se construyó en nuestro país con pocos elementos, casi una chapuza. Se “chupaba” a alguien y se lo martirizaba sádicamente pues se suponía que poseía información que desactivaría amenazas de destrucción masiva con gases letales, explosiones nucleares, destrucción de Torres Gemelas, el secuestro de cientos de rehenes o el bombardeo de una escuela. No, solamente tenía como objetivo obtener nombres, bienes, nuevas víctimas, humillar, venganzas fútiles, robar, o mero goce sexual. Además, a muchos torturados después los liberaban para que vayan y cuenten el terror vivenciado, y así difundir miedo en la población. Una técnica que aprendieron de los nazis, ni fueron capaces de innovar ignominias y sevicias, para eso necesitaban un mínimo de inteligencia y esfuerzo, condiciones difíciles de encontrar en nuestros cuadros castrenses.

    Quisiéramos en este articulo final (o quizás no) abrir una línea de pensamiento sobre la tortura como constituyente cultural de la argentina. Ya que nos ocupamos, esencialmente de literatura, con algunas licencias heterodoxas, como obviar el cuento fundacional de Esteban Echeverría: El Matadero. Y no olvidemos que al catre de tortura con picana eléctrica se le llamaba “parrilla” por su entramado de flejes de metal, un símbolo patrio (representación de una sociedad) tan esencial como la escarapela, la técnica mixta (pintura y ensamblaje) “La torturada” (1976), de Antonio Berni, los cuadros de Alonso (con su hija Paloma “desaparecida”), o el artículo “Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes” escrito por María Elena Walsh en 1979. 

    Y recordemos siempre la carta de Rodolfo Walsh, que fue el mensaje de un militante, pero sobre todo (él lo puso expresamente) la carta de un escritor.

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