
Por Matías E. Wendt. Puerto Rico-Oberá. Profesor y estudiante de Historia y Filosofía
“Ticking away the moments that make up a dull day”
Pink Floyd
“Al reloj lo del reloj, y alrededor del reloj, tu estado de ánimo”
Patricio Rey
Cuenta Onetti de Somerset Maugham que, estando una noche en una perdida estación de ferrocarril en la India, se encontró con que había dejado sus maletas en un tren que tardaría más de dos horas en llegar. Revisó sus bolsillos y encontró sólo viejos papeles que conocía de memoria; finalmente, tuvo que conformarse con la guía telefónica de Tiruvannamalai. Así estuvo, leyendo y releyendo nombres a penas y apenas comprensibles hasta que llegó el maldito tren y con él sus maletas y con las maletas los libros que había llevado para su viaje. A esto es a lo que llama Onetti un “lector omnívoro”, alguien que lee prácticamente todo lo que cae en sus manos y, cuando no cae nada, se ve en la embarazosa obligación de ir a buscar qué leer. Leer es la peculiar manera a la que este personaje se aferra para encender la llama del viejo y noble acto de perder el tiempo.
Cuando uno propone que la lectura no es más que otra forma de perder el tiempo, quizás un poco más sofisticada o noble, aunque a veces ni eso, enseguida nuestra mente nos conduce a repetidas imágenes en las que la pérdida del tiempo ha sido tematizada en los libros y, entonces, aparece como imantando todo este asunto la desmesurada obra de Proust, en las que Marcel quiso rescatar no sólo las horas desperdigadas en celar a Albertina, en divagar por los salones de faubourg Saint Germain o en preguntarse infinita y repetidamente por las horas de su infancia y pubertad, en las que añoraba con acalorado platonismo la palabra “Guermantes”, sino también rescatar las neurasténicas horas en las que el otro Marcel, perdía el tiempo.
Pero Proust, probablemente, no pensaba que su trabajo anhelante, entre vaharadas de vapor y medicinas, encamado y sudoroso, era también tiempo perdido. Por lo menos para él. También
podríamos decir que, en la medida en que hay muy pocas cosas más placenteras que perder el tiempo y, en la medida en que, desde que nacemos no hacemos ninguna otra cosa que ocuparnos en dilapidarlo felizmente, es inevitable que alcancemos cierta experticia en esta tarea.
Ya lo decía Elizabeth Bishop, “el arte de perder no es difícil de dominar”, uno pierde algo todos los días, acepta la tensión, luego practica perder un poco más y también perder más rápido, lugares, nombres, llaves, horas, días, meses, años (¡Escríbelo!): “ninguno de estos traerá el desastre”.
Lejos de ser Proust el único ejemplo, Faulkner perdía el tiempo escribiendo libros incomparables que flotaban muy por encima de lo que los neoyorquinos de su época consideraban literatura. Considerado mucho tiempo como un degenerado dentro de la sociedad norteamericana, no buscaba dólares; se contentaba con ser, párrafo tras párrafo, él mismo dentro de su genio o su locura; se contentaba – lo dijo él mismo – con un poco de tabaco, un poco de whisky sureño y su infaltable ración de soledad nocturna en un granero al borde de la ruina, desbordante de marlos resecos, alfombrado por la suciedad de las gallinas.
Al ver la manera peculiar con la que Faulkner dilapidaba el tiempo, escabiando y escribiendo, es inevitable no recordar el cártel que colgó un vecino de Oxford, frente a su almacén, el día de su muerte:
“En memoria de William Faulkner este negocio permanecerá cerrado desde las 2.00 hasta las 2.15 p.m.”
Julio 7 de 1962
En “La caída en el tiempo”, Emil Cioran propone, entre otras cosas, que el tiempo no es más que nuestra insanable herida original y que, por tanto, incapaces de librarnos de él, nos vemos compelidos a abrazarlo día tras día con todas nuestras fuerzas, aunque él se resista con todas sus fuerzas, hasta que, en un inexorable empate fatal, por fin consigamos estrangularlo o, por el contrario, por fin se libre él de nosotros. En cualquier caso, así es como termina la historia, mientras tanto – dice Cioran – la vida tiene una asombrosa imaginación para inventar e
imponer infiernos privados, efímeros paraísos subjetivos, plagados de vicios que ofrecen o imponen las mismas condiciones, todo el consuelo que estés dispuesto a soportar.
En la misma tónica se encuentran las “Reflexiones de un perdedor” de 1979, en ellas, sin embargo, Onetti no abisma en la pendiente metafísica de nuestra existencia; mucho más prudente, se mantiene en el terreno de la pérdida cotidiana de estar “haciendo tiempo”. Actividad que no sólo acompaña, sino que conduce nuestra vida introduciendo en ella un método, resumido en un sinfín de distracciones que aceleran su paso por medio del olvido.
“¿Quién no tuvo, él también, el impulso de gritar ¡Detente! al dichoso momento?” se pregunta Onetti y responde que todo esto es en vano, que la reiteración también es pérdida y que, no hay un lugar feliz en la segunda experiencia porque siempre nos llega con un dejo a nada.
El énfasis con el que Onetti se refiere a la experiencia necesaria e irrepetible de la pérdida de tiempo, puede llevarnos a considerar la posibilidad de que apenas estamos viviendo actualmente un tiempo sin experiencia, esto es, en una pura repetición. Es decir que el obstinado bucle que empasta todos los días la vida cotidiana de la mayoría de las personas por vía de un entretenimiento infatigable y desalmado, con el único propósito de no entregarlas al aburrimiento (¡Vade retro Satanás!), obstruye por completo la posibilidad de nuestra experiencia.
Onetti conoció sólo el comienzo de la cultura del zapping, lejos estuvo de ver lo que la inyección de la Web por vía intravenosa podía hacerles a las personas, ni hablar de la teocracia de Silicon Valley y su ejército de muertos vivientes.
La graciosa anécdota de Somerset Maugham en la India, ceñido a una guía telefónica ilegible, que Onetti trae a cuenta como una simpática declaración de amor a la lectura, no es sólo disparatada hoy en día, sino que es del todo incomprensible para quiénes no contemplan que haya vida más allá de las pantallas.
Massimo Pigliucci, el flamante gurú del neo-estoicismo para influencers, streamers y todo ése innumerable género de personas que se niegan a tener una vida privada, encontró una manera muy sugestiva para invitarlos a dejar de usar todo el tiempo el celular: “Imagínense que antes de morir viene alguien y te trae anotado en un papelito el número exacto de horas que perdiste en las redes sociales.”
Imagínense que son repentinamente muy viejos y les llegó la hora – dice Pigliucci -, saben que no tienen más tiempo para vivir hacia adelante; sólo conservan el tiempo suficiente para mirar hacia atrás y meditar sobre lo que ha sido su vida, entonces pueden ver nítidamente y sin excusas la cantidad de años que han desperdiciado prendidos a un aparato considerablemente insignificante e, inmediatamente, les cae de golpe la horripilante certeza de haber sido en demasiados momentos de su vida, unos perfectos alienados; lo que se dice, en términos spinozianos, personas que son puro efecto de causas exteriores, personas que han perdido su naturaleza de “ser causa”, personas que se han dejado expoliar día a día, de la manera más irresponsable posible, lo único que tienen.
Toda la reflexión del italiano se basa en invitar a las personas a tener experiencia. Pigliucci es entusiasta, como todo neo-estoico tiene un corazoncito lleno de voluntarismo, como todo voluntarista le cuesta captar la potencia amoral del deseo forastero: tal vez las personas no quieran vérselas con esa hermana siamesa del aburrimiento, con esa prima de la angustia, con esa familia de parias peligrosos. Tal vez la gente sólo quiere matar el tiempo a lo bobo.
Cioran, por otra parte, en su retrato de un hombre civilizado, nos dice:
“¿Es realmente para ganar tiempo que se inventaron esos aparatos? Más desprovisto, más desheredado que el troglodita, el hombre civilizado no tiene un instante para sí; incluso sus ocios son enfebrecidos o agobiantes: un presidiario con licencia que sucumbe en el aburrimiento de no hacer nada y en la pesadilla de las playas. Cuando se han recorrido comarcas donde el ocio es de rigor y donde todos lo ejercen, se adapta uno mal a un mundo donde nadie lo conoce ni sabe gozarlo, donde nadie respira. El ser esclavizado por las horas, ¿es todavía un ser humano?”
Para este autor, el progreso no es más que un acelere hacia el desastre. Pensándolo bien – nos dice – el siglo final no será ni el más refinado ni el más complicado ni el más extravagante, solamente el más vertiginoso. Las máquinas, los aparatos que intercambiamos como postas a lo largo de nuestra vida, no son más que ruedas de auxilio al lado del camino. Contrario a lo que muchas veces se cree, las máquinas son el resultado, y no la causa, de tanta impaciencia; no son ellas las que empujan al hombre civilizado hacia su perdición; es porque ya iba hacia ellas que las inventó como medios para perderse más rápido que antes y, en este sentido, pero sólo en éste, le permiten al hombre “ganar tiempo”.
Con razón, Cioran opone la filosofía epicúrea como contrapeso al modo de producción capitalista en la que el hombre civilizado se pierde con prisa. “Con un poco de pan de cebada y de agua, se puede ser tan feliz como Júpiter” dice Epicuro y nos conmina a esconder nuestra vida entre algunos íntimos de corazón sencillo; o también: “¡qué festín se puede organizar alrededor de un poco de queso, unos cuantos higos y algunos amigos!“. Mucho antes que Bioy o que el Indio, el samio pregonaba que todo lujo es vulgaridad y, por contrapartida, que sólo la vulgaridad subestima los placeres frugales.
Pero el progreso es tan grosero como imperialista, está decidido a acaparar todo el tiempo existente y a dispensarlo como una S.A., así todo hombre civilizado está feliz de obtener su membresía para “ganar tiempo” y, luego de un matrimonio de años, cada uno de estos accionistas se encuentra tan ofuscado que no concibe que se pueda optar por un género de perdición distinta de la suya. Por suerte para nosotros, todavía es lícito tener un libro en la cola de morosos y, cuando falte, siempre podemos tomar alguna guía telefónica.
Quizás pueda, este escrito de abajo, ser empalmado con el de Wendt.
ABALORIOS
QUE SE VAN PERDIENDO
Alberto Szretter
¿Qué es la decadencia? ¿Cuáles son sus causas? ¿Existe una historia de la decadencia?
La decadencia es el declive de las potencialidades. ¿Pero cuándo comienza el plano inclinado con el cual la graficamos? ¿Puede ser modificado, revertido?
Todas estas preguntas tendrán varias respuestas. Algunas, inequívocas. Pero la mayoría serán argumentaciones hipotéticas, supuestos quiebres (incluso, con fecha), o un discurso vago. Sobre todo para ponernos de acuerdo en el comienzo, este será indeterminado, confuso, impreciso; porque cuando el ocaso es ya notorio, los síntomas son floridos, y no hay dudas sobre el desenlace.
Para comprender el sentido de este texto, empecemos con una muestra desmesurada: el imperio romano. ¿Cuándo se inició su decadencia? ¿Cuáles fueron las señales primeras?
Hay documentos y teorías, pero qué pasó; además, por qué pasó.
No hubo hasta ahora ningún fenómeno social, político, cultural y económico, tan poderoso, extendido, fuerte y duradero, como aquella civilización. Tanto es así que mil quinientos años después del derrumbe del imperio de Occidente y casi seiscientos del desplome de la parte de Oriente, aún perviven entre nosotros no solo palabras latinas sino leyes, estilos, costumbres, tradiciones, etcétera. “Etcétera”, por ejemplo, es una palabra latina. Sin embargo, a pesar de tanta grandeza y energía…
De esa magnificencia pasemos a otros modelos más pequeños. Hubo instituciones, escuelas de pensamiento, arte, estilos, gobiernos, reyes, partidos políticos, modas, que tuvieron su auge y, a seguir, su ruina. El tiempo todo lo destruye, no parece aquí que todo lo construye, sino que lo destruye.
Quizás sea el destino de todas las experiencias del Hombre.
Posiblemente se replican en las estructuras y formaciones sociales, la filogenia del mismísimo ser humano: nacimiento, niñez, juventud, adultez, vejez y muerte.
Me acuerdo de Muerte en Venecia, la novela de Thomas Mann que tiene varias interpretaciones, pero que ahora me interesa referir la que atañe a la decadencia de un escritor. Es esta:
Gustav von Aschenbach es un maduro y reconocido profesor alemán que viaja en soledad a la ciudad de los canales a recuperarse, porque está deprimido y con falta de inspiración. O sea, siente la bajada vital. A quien suponemos un intelectual lleno de vida interior, lo encontramos embargado de abulia, hastío, aburrimiento. Ya no le importaría ni la guía telefónica de Maugham. Pero resulta que en el hotel ve a un bellísimo adolescente del cual se enamora. El sentimiento no hace nada más que agravar los síntomas.
Suele suceder así con el amor, no con la pasión efímera, sino con el amor verdadero, si se me permite esta expresión: destaca lo que somos (sea bueno o malo, o una mezcla) en el fondo. Es como la cuarentena: muestra las fallas y aciertos que tenemos; más que nada muestra nuestros deseos profundos, tapados hasta entonces por la rutina de la ciudadanía, por el ejercicio del consumismo, por el trabajo.
Jamás, en la obra, intercambia unas palabras con el hermoso mancebo, pero lo sigue, lo busca con la mirada, se le vuelve obsesión. Sin embargo, la cosa, que no es poca por el sufrimiento que produce, no pasa de eso. Y no pasa por dos motivos: en primer lugar porque el personaje se encuentra en su decadencia como ser humano, y ya no se anima al riesgo del encuentro, quizás pensando que podría fracasar. Ese temor al fracaso llega, en la vida, cuando especialmente nos interesa no desilusionar, no comprometernos, no jugarnos, o tenemos pavor de que las expectativas se frustren.
En segundo lugar, pienso yo, porque Tadzio, el muchacho, representa a la belleza, que es inatrapable, más inatrapable aún para un artista que ya ha perdido las herramientas que tuvo en su plenitud.
Como escenario del desenlace triste que se avecina, algo pasa en el entorno, hay atisbos de que se están produciendo cosas raras. En realidad, hay una epidemia de cólera, que las autoridades tratan de ocultar, que von Aschenbach descubre y que, al final, lo mata.
Me acuerdo también de otro libro: El viejo y el mar. También con solo dos personajes. O también, igual que en la obra de Mann, con solo un personaje principal, grande de edad, y un joven secundario que hace resaltar el declive vital del héroe.
Aunque sean historias formalmente diferentes, podemos divisar un tema común: la caída ineludible de las fuerzas, el crepúsculo de las personas.
El Santiago de Hemingway es un añoso hombre roto, un pescador arruinado. Quiere sobreponerse, y lucha durante casi todo el relato, no solo contra el mar, sino -sobre todo- contra sí mismo, recordando su potencia anterior que solo sirve para subrayar su actual menoscabo. Quiere convencerse con la famosa frase de la página 47: “El hombre nunca será derrotado. Podrá ser destruido, pero no derrotado”.
¿Qué sucede en la historia de Hemingway? Luego de 84 días de mala suerte en su pesca, el viejo sale nuevamente, solo a la mar, como la nombra. La mar, no el mar.
Manolín, un muchacho, compañero y aprendiz de pescador, que lo quiere al anciano, y con el cual hay simpatía, que es mutua, fue obligado por sus padres a quedarse en tierra.
El Tadzio de Santiago no es Manolín, sino una presa que está en algún lugar de las profundidades. Enseguida de comenzar el cuento, lo engancha; es una inmenso pez espada, más grande que su barcaza. A partir de entonces se produce un combate que durará tres días, entre el representante del mar, o sea de la vida en su infinitud, dinamismo y complejidad (potencia y juventud), y el viejo. ¿Quién ganará? ¿Quién se agotará primero? ¿Quién morirá antes?
El animal prendido de la tanza arrastra al bote, lo lleva y lo trae, gira en círculos amplios, se acerca, se aleja. Recién se deja ver, subiendo a la superficie, promediando el cuento. Antes de este momento y luego también, Santiago rememora, se da ánimo, se cansa, se levanta, queda exhausto, se lastima, sangra… pero continua.
Al final le clava el arpón en el corazón, y lo ata a la embarcación, levanta la vela y se dispone a regresar, casi sin vigor, herido, con sueño, hambre y sed.
Van en paralelo, fijados uno al otro. “¿Me lleva él a mí, o yo a él?”. Pero aquí aparecen los tiburones, que sintieron la sangre del bicho capturado, y atacan para comerlo.
El viejo ahora, debilitado, debe luchar contra esos asesinos. Y lucha, claro. No hay cuento de Hemingway donde el personaje no anhele reponerse, mostrar su hombría, luchar contra el destino. Pero ahora, y siempre, las cartas están echadas.
Hay una escena al terminar la obra llena de significado.
El viejo arriba a la costa. Está prácticamente sin resistencia física ni mental. Casi no tiene aliento, pero no quiere dejar el mástil. Lo saca con dificultad, se lo pone al hombro e inicia el lento y trabajoso camino de ascenso desde la playa a su modesta casa. En la barranca se desploma, y el madero queda cruzado sobre su espalda. Esa imagen ¿no es la figura de Jesús caído en el vía Crucis?
La nostalgia es la sensación amarillo-ocre otoñal, vuelta recuerdo tierno. Tiene una hermana: la melancolía, que es la melliza gris-negruzca. Conforman uno de los motores de la literatura. Cortázar decía que el otro motor, era el ansia de rebeldía, la postura contestataria, la escritura que sale de los peleadores, de los escritores que combaten contra el lenguaje a quien quieren vencer, doblar, arrodillarlo; samuráis de las palabras que no pueden morir tranquilos en una cama blanca. Quizás esa postura guerrera, el no querer entregarse, el pelear contra el cólera, el pudor, las convenciones sociales, el pez, el mar o la mar, y la resistencia a las abruptas ganas de renunciar y entregarse, los íntimos y profundos miedos, etc., no sean más que una reacción contra el devenir inexorable de los años. O sea contra el tiempo.
Cualquiera sea el tema, en los libros que hablan de la declinación, los autores se posesionan en recuerdos de otros tiempos más venturosos. Son historias que mencionan pérdidas. Porque en la vida se van juntando cosas, llamémoslas abalorios, abalorios para hacer un collar como trama, como proyecto o biografía, hasta el momento, impreciso la mayoría de las veces, en que uno empieza a sentir que por descuido o por la inercia de los días, las perlas o bolitas, nos van abandonando. A muchas las dejamos ir, pero otras se van solas, porque ya no quieren quedarse con nosotros.
La soledad nos va invadiendo, esa es la decadencia. Quizás hasta estemos rodeados de seres queridos, pero nos va faltando paulatinamente el brío. Esa ausencia que nadie ve, porque seguimos sonriendo, produce un sordo perjuicio interno. Es una sombra que va creciendo, un quebranto.
Ese quebranto suele cambiarse por la rememoración de tiempos mejores, si es que los hubo. Y si no los hubo, está el bálsamo de novelas y cuentos para traer un pasado de fantasía, algo que pudo haber sido y no fue.
“Fue” es el término más utilizado en la descripción de la decadencia. “Fue” es la contundente demostración de algo que ha sido, y ya no es sino en forma de memoria. Es la memoria lo que hace doler. Es el repaso que, como puñales, sienten von Aschenbach y Santiago. Es la evocación del fuego mientras se miran las cenizas.
No importa si tal o cual hecho resultó veraz. Los escritores apelan al pretérito anhelando un aire especial con todos los soplos y recursos de la retórica, para que los sustantivos de alrededor se desprendan de su significado presente, y aquello que fue, cimbree ahora, se corporice en la historia que se relata; y que aquellos nombres y elecciones idas, condensen una añoranza, una loca esperanza de regresar como antes; o manifiesten rabia, desesperación, porque se sospecha que lo que pasó, no volverá.
Por eso en literatura ese tiempo verbal trata de dar a la frase contemporánea, actual, una cualidad de antaño; que indica el clímax de una vida que existió, pero nos ha dejado. Algo que floreció o pudo haber florecido, que estuvo magnífico o suponemos iba a estar lleno de gozo, pero que de una u otra forma, real o ficticia, nos hizo felices.
Algo que, sin embargo, ya no está.
Lo que podemos hallar es una estrofa del Martín Fierro que alude a la cuestión:
Viene el hombre ciego al mundo,
Cuartiándolo la esperanza,
Y a poco andar ya lo alcanzan
Las desgracias a empujones,
¡Jué pucha, que trae liciones
El tiempo con sus mudanzas!
Esas desgracias que a empujones obligan a los cambios (mudanzas dice el poeta no solo por rima, sino por cortesía para nosotros) son, en el poema de Hernández, de tipo político o social.
Pero el “… hombre que lo desvela una pena extraordinaria” también se encuentra en un estado de decadencia. ¡Y vaya qué decadencia: la desaparición del gaucho! ¡y de una época en que “el paisano vivía, y su ranchito tenía…”! Así canta Martín Fierro.
Salvando las inmensas disparidades, pero siempre dentro del tema ¿no hay algo en común, en cuanto a declive, entre el fenómeno alrededor del mare nostrum (el Mediterráneo) hace veinte siglos, y la pampa argentina, hace dos?
Empezamos y terminamos con referencias a historias de pueblos. En aquel caso lejano fueron los bárbaros los que desestabilizaron el statu quo del imperio romano. En el caso cercano (y nuestro) resultó al revés, fue la civilización (sarmientina) la que diezmó un modo de ser, hacer y parecer. Fue eso de “civilización o barbarie”). Estas semejanzas y diferencias que podrían ser analizadas en otro escrito, demuestran que más allá de factores externos (tan distintos), hay algo intrínseco que empuja al bajón. Ahora me importa citarlos como ejemplos de ocaso.
Pero en el medio, nombramos paradigmas de crepúsculo íntimos, individuales, no solamente físicos, sino espirituales. Aquí en este texto, la literatura nos sirvió de ayuda. Porque la utilizamos como espejo. Reflejo que desearíamos no querer ver, o que lo vemos como si el o la que está allí en el vidrio fuera otra persona. Y -la verdad- es casi otra persona.
Entonces, hablar o escribir acerca del parecido y la diferencia de lo que significa el descenso entre lo que fuimos en la memoria, y somos ahora en el espejo (que nos está indicando, de nuevo, cuán enredado y difícil es definir y aceptarlo) corresponde al planteo propio de cada uno, de cada una.
Y la o las respuestas a las preguntas generales del principio, también.