
Por Carlos Piegari. Posadas-Barcelona. Escritor sofista
Hace unos años para el magazine digital https://www.suturart.com/ escribí cómo los sujetos (en aquel caso los postmilenials, generación Z) se perdían y sus cuerpos expuestos y virtualizados eran devorados en el bosque de las interacciones en redes sociales. Ahora me ocuparé de los compulsivos/as que suben a las redes, fotos de los exclusivos restaurantes que visitan o de las comidas gourmet que degustan, precisamente, en un momento histórico poco adecuado para realizar este ejercicio de apología de mi ego pudiente.
Citaba a la especialista Paula Sibilia, antropóloga argentina y pionera de este tema, para la cual la subjetividad que supo morar interiorizada, replegada, y que se movía dentro de una economía afectiva controlada y reprimida, abría su yo, que no sólo salía del armario, sino que también subía a la superficie y se sumaba desnudo al aquelarre del espacio público. Por lo tanto, en la base de todo análisis conductual tendría que tenerse en cuenta la mutación de la subjetividad. Para Sibilia ya no existe intimidad sino “extimidad”. Según Mark Fisher, ensayista británico, esta obsesión por exteriorizar al sujeto llevaría a asomarse a lo que está más allá de la experiencia corriente.
El teórico de la comunicación Jesús Martín-Barbero señaló que muchos adultos entienden las tecnologías de la comunicación como algo “artificial” que se opone a las “naturales” relaciones sociales. Sin embargo, Martín-Barbero cuestionó: “¿cuándo han sido naturales las relaciones sociales?”. Y apuntó dos factores seductores: la posibilidad de huir de las convenciones del entorno y de ser otro/a según me plazca y cuando se me antoje. Una democratización de Las Metamorfosis de Ovidio. No sólo las divinidades pueden mutar satisfaciendo el deseo. Cualquier mortal puede deshacerse de su identidad asignada y “vivir una experiencia de libertad” sin mover un pie de donde se encuentra. Este proceso durante el cual se transita por el eje ficción–realidad podría interpretarse no tanto desde una perspectiva medicalizadora, sino tal vez observarlo como un bypass mediático, una sustitución de soporte para lograr un goce, instantáneo y satisfactorio.
Acercándonos a Byung-Chul Han la viralidad de las redes sociales permite una comunicación que no opera por confrontación sino por contaminación. No ataca, propaga. La irradiación en el ilimitado espacio de la red es un sonar que navega detectando nuevos públicos en el mar de una res extensa post cartesiana, donde el “yo” no es más una duda vacilante sino un posicionamiento del ser, un “yo–soy”. Para Han, “los ruiseñores contemporáneos no pían porque quieren expulsar de su territorio a los otros. Más bien twittean porque buscan atención”. Interfaces colectivas que, atenuando los decibeles de clase y género, seleccionan y trafican en las redes de una economía informal de las emociones.
En nuestros días desvelan mi talante no confrontador, quienes suben a las redes (apenas entrar o cuando sirven el plato a la mesa) la foto del exclusivo restaurante donde pueden pagar la cuenta o la costosa comida que engullirán. Sobre todo, si esto sucede desde territorios donde sobrevivir a diario ya es una hazaña. Casi en todo el mundo, pero en algunas sociedades me parece obsceno. Recuerdo una amiga que fue de vacaciones a un hotel top en algún país sudamericano, y me contó que todo era como un plató de televisión. Pues unos metros más allá de su mesa plena de manjares, la escenografía ocultaba una villa miseria.
Paso estos años del último tramo de mi vida en Posadas, Misiones, Argentina, y algo parecido me sucede. Veo fotos de gente que degusta cervezas artesanales y picadas pantagruélicas en la maravillosa costanera Miami Style. A poca distancia entro en la dimensión de los barrios periféricos, los merenderos y las ollas populares. Fito Páez cantaba aquello de “Hay un pozo profundo en la esquina del sol / si caes la vida te muele a palos…”.
Seguro algunas/algunos me amonestarán diciendo cosas como: “La herencia recibida…”, “La vida es así…”, “Los que vivieron del Estado pagarán las consecuencias…”, “La fiesta no es para todos…”. Y cosas por el estilo. Pero resulta que no adhiero ni a unos ni otros. Ni a los de antes ni a los de ahora. No soy apolítico, voy por libre y hasta me reiré en la cara de la enfermera enterrado en vida en un geriátrico, comiendo gelatina fosforescente y rodeado de momias entubadas. Destino inexorable de nuestra gerontocracia.
Regreso a las redes sociales y me pregunto: ¿Qué significa presumir? ¿Compartir el éxito de nuestra vida? O estimular celos y envidia. ¿Qué estoy devorando un shawarma en las calles de Barcelona (porque no me alcanzan los euros para entrar a un restaurant)? No tiene ningún propósito válido. Pero el receptor de la foto en su celu dirá “¡Joder, que fortuna tiene mi cuñado!”. Cuando en realidad ese sándwich marroquí podría ser la única comida del día.
Fanfarronear en las redes atrae a los aduladores, del mismo o menor estatus. Nadie cuestionará al líder presumido. Porque en el fondo lo aman y odian. Y esas fotos son ficciones que todos creen y reverencian como ídolos necesarios. Tanto para quienes las envían como para los/as que las reciben. Son autoeróticas, equivalen a la pornografía compartida a distancia. Disfruta conmigo masticar este bife de lomo, entremos juntos a Itakuá, reserva habitación en un lodge en plena selva. ¿Itaembé Guazú? Ahhh, que nombre exótico, ¿es una comida típica como la chipa guazú? No Miuki, un barrio popular… Como decía Freud “la boca que se besa a sí misma.”. La ideología felicista de la que habla Bifo Berardi.
El MUK BANG, es una práctica que no cesa de ganar adictos en Corea del Sur, lo ejecutan personas que suben a las redes fotos de ellos mismos zampándose catraladas de comida. La nutrición suntuosa y los restaurantes de éxito ocupan un porcentaje muy alto dentro de las cabezas de las personas. Hace unos años conocí de primera mano un ejemplo casi extraído de un guion de los Tres Chiflados. Un familiar muy allegado, trabajó en una de esos emprendimientos startup que supieron tener su cuarto de hora, hasta que se demostró que sólo eran un fraude financiero. Resulta que este invento delirante se dedicaba a proveer catering a empresas de alto standing. Funcionaba en una nave industrial en las afueras de Barcelona, con cocinas propias, chefs, furgonetas para delivery y un plantel de empleados jóvenes. Una de estas subordinadas se especializaba en crear platos cada vez más extravagantes para producir a diario las viandas que llevarían felicidad a las oficinas de trabajadores y ejecutivos. Así almorzarían en sus escritorios, satisfechos y sin detener su productividad diaria. Supe recibir de contrabando algunos de estos tupper plásticos. Vaya coste y calidad de esos alimentos: gambas, aguacates, salmón, piñas, jamones ibéricos, quesos cheddar y parmesano, tomates Cherry, dátiles, en fin, pitanzas salidas de la cocina del palacio de Elon Musk. Final cantado: la start up gastronómica se fundió y dejó en la calle a decenas de empleados a los que les quedó debiendo sueldos e indemnizaciones.
Vamos a cerrar, como de costumbre, citando (porque una referencia erudita, es como un médico en la mesa de Mirtha Legrand: siempre luce sobre el resto de payasos). En este caso una anécdota que refiere Nuccio Ordine. Resulta que Heidegger (insisto, el influencer de las citas) durante unas vacaciones en Taormina por 1963, junto al psiquiatra suizo-alemán Medard Boss, recibe de su compañero de viaje la pregunta sobre la esencia del ser humano y también la relación que este último establece con los demás. Heidegger se detiene a reflexionar sobre la utilidad de lo inútil y concluye que lo más útil es lo inútil. ¿Algo así como las selfies gastronómicas? Vaya a saber. Puede que si o que no…
A lo mejor uno sólo escribe de puro envidioso.