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Pinocho o la mentira y la muerte

    Por Alberto Szretter. Puerto Rico. Escritor

    Se sabe, hay estudios académicos multicéntricos que lo certifican, que mentimos para tratar de parecer más amigables o competentes. El 60% de la gente falsea la verdad al menos 2 o 3 veces, en una charla de amigos, en el trabajo, la oficina. En una investigación agruparon a personas que iban a conocer a otras. Sin que lo supieran fueron filmadas. Luego se les pasaba el video y les pedían que reconozcan sus mentiras. Las mujeres reconocieron que mentían, en general, para agradar a su interlocutor, para que se sienta bien. Los hombres mentían, en general, para lucirse ellos mismos, para mejorar su imagen. La amabilidad, la sociabilidad, la urbanidad, nos lleva a decir cosas que no sentimos, por ejemplo, que nos gusta un regalo, cuando no es verdad. Decimos que alguien está más delgado, pero pensamos otra cosa. Ahora las fake news forman un método de confusión y manipulación de la población a nivel social sistémico. Se perdió la gracia de la macana simple o el desliz fullero entre lo verosímil y lo irreal o irónico, para volverse herramienta política.

    Uno no miente cuando se equivoca. El error no es lo mismo que la mentira. La mentira requiere la intención de engaño. Lo que hizo Adorni, por ejemplo. Estamos de acuerdo en rechazarla, moralmente no se la acepta. Pero en este tema hay claroscuros. Platón mencionaba la “mentira necesaria” o “noble mentira” como justificación de gobierno. Y todos conocemos la “mentira piadosa” (white lie, en inglés). En la ficción literaria la fantasía llega tan lejos que se siembran artificios aquí y allá. Es más, el término “ficción” nos está indicando fingimiento; se pretende que algo sea cierto, cuando no lo es. Siempre se dijo que los autores son embusteros. Sin embargo, los escritores dicen la verdad, mintiendo.

    El epítome literario del mentiroso es Pinocho. Pero no solo él, sino todo “el universo Pinocho”. Empecemos por el autor, que no fue Collodi, porque tras el pseudónimo, se ocultaba Carlo Lorenzo Filippo Giovanni Lorenzini, Carlo Lorenzini, que en vida no pudo clasificar la obra que lo hizo famoso, ¿es un cuento? ¿es una novela? ¿deseó hacer una fábula, o teatro? El escritor, que nunca quiso a su personaje (es más, lo despreció y hasta lo mató en el apartado 15, porque se cansó de escribirlo), remitía al periódico para que sean publicados, los episodios de la historia, de manera irregular y a última hora, algunos muy cortos, otros muy largos; y a veces no mandaba nada, y de la Redacción tenían que salir urgente a rogarle que aporte un capítulo más.

    Hasta pasados los 50 años Carlo Collodi, sigamos llamándolo como firmaba, jamás se interesó por la literatura infantil, era un periodista y escritor político, comprometido con las peleas de unificación de aquella Italia desmembrada del siglo XIX.

    Entre las luchas y revoluciones, entre los Habsburgos de Austria (que ocupaban el norte) y los Borbones (el sur), entre Víctor Manuel y el Conde de Cavour, estaba el pueblo con Giuseppe Mazzini y Garibaldi, con su poncho rioplatense, o sea estaba el Risorgimento, el movimiento por la unificación italiana. Era un tiempo de mendacidad. Lo usual era mentir; y que hubiera sociedades secretas y masones (Collodi era masón), intrigas, agitaciones furtivas contra los invasores; conspiraciones, y que nadie se llamara por su nombre verdadero, que se cambiaran nacionalidades y escondieran los discursos patrióticos, que circulaban clandestinamente, mientras las expresiones artísticas eran camufladas. Es que la censura era estricta, y sobre muchos (Garibaldi, por ejemplo) pesaba la pena de muerte. En aquel magma de nacionalismo reprimido a los tiros, creció el amor incondicional por un músico popular que interpretó el sentir del pueblo: Verdi. En ese ambiente, nació Collodi, en Florencia, y creció protegido por unos nobles de los cuales su padre era cocinero y su madre, mucama. La patrona de sus padres le pagó los estudios, pero él mentía a su mecenas al escaparse a la biblioteca para leer libros prohibidos por el Duque y la Iglesia, y al Café, para los complots.  No apreciaba a los niños, no le gustaban, los consideraba insolentes y ruidosos. Los chicos lo perturbaban. No tuvo esposa ni hijos. Como trata a su héroe de madera, sobre todo en los primeros capítulos, nos indica que los infantes, lo fastidiaban. Era cómodo, intelectual, revolucionario, político. Entonces ¿Cómo nació Pinocho?

    A solicitud de su amigo Ferdinando Martini que había fundado Il Giornali per i Bambini, una publicación para niños, Collodi comenzó a remitirle capítulos en 1880, tenía 54 años, y la historia se llamó al principio, Historia de un Muñeco. “Te mando unas niñerías para que hagas lo que quieras”. ¿Y qué pasó?

    Al arribar al capítulo XV, el autor se aburrió y dispuso a unos asesinos para que ahorquen a la criatura de Geppetto. Se dijo que “millones de lectores desesperados” solicitaron que el escritor revea el desenlace. Es leyenda, es otra mentira. Solo dos personas pidieron que el cuento continúe: el editor Martini y su socio. Y Collodi, por dinero, accedió.

    A partir de ahí, el capítulo XVI, el cuento se llamó Las aventuras de Pinocho, y con ese nombre apareció, después de dos años, en formato de libro. El autor no tenía la trama muy clara. Solo comenzó con la chiquillada para ganar plata. A lo largo de la novela esos vaivenes se notan, pero a medida que pasa el tiempo los personajes van adquiriendo características más elaboradas.

    Quince años antes de los avatares del muñeco, se publicó Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, donde la niña al caer por un agujero, ingresa a un mundo extraordinario, poblado de criaturas raras y donde juega lo ilógico y la fantasía. En Pinocho sucede algo parecido. Hay un grillo que habla, un zorro y un gato que son malos, otros animales que intervienen, un hada, etcétera. Todos entran y salen de las páginas, a veces de manera gratuita o inconexa. El personaje principal es dual, mientras hace locuras, desea crecer y madurar, transformarse en niño de carne y hueso. Geppetto desaparece hasta casi el final del libro, en el capítulo 36.

    Sabemos que Pinocho es un monigote turbulento, que baila y canta, que desobedece y le crece la nariz, que es engañado por malvados y que al terminar la historia los perversos son castigados, y premiados los que se portaron bien y que el muñeco se volverá un niño real. Ahí lo deja Collodi. Aclaramos que el mismo autor modificó bastante sus envíos, al editarlo como libro. De esta historia hay muchísimas versiones, la peor de todas es la de Disney de 1943, que distorsionó toda la naturaleza de Pinocho desde su vestimenta hasta su mensaje, que lo volvió trivial, edulcorado, chato. Si Pinocho era mentiroso, los Estudios Disney lo superan en cuanto a fidelidad a la obra original.

    Pero la mentira no es el único tema enmaderado (no podemos decir “encarnado”) en Pinocho. Hay otro asunto muy importante que no se suele ver en los análisis, y es la muerte. Collodi tenía una seria preocupación sobre la muerte.

    En el capítulo XVII unos conejos negros cargan un ataúd. En el XXIII llega a la tumba del Hada, con su lápida de mármol que reza: “aquí yace la Niña de cabellos color añil, muerta de dolor al haber sido abandonada por su hermano Pinocho”. En el XXVII lo atacan a Eugenio por parte de sus compañeros de escuela, Eugenio muere y Pinocho es acusado del crimen. En el XXXIII Pinocho es convertido en burrito y tirado al mar para que muera. En el capítulo XXXV Pinocho decide morir con Geppetto, compartir su destino. Opción que a la postre lo salva de seguir siendo muñeco. En el XXXVI, el último, muere Torcida, el gran amigo de Pinocho, transformado en un asno. No olvidamos el capítulo XV cuando Pinocho y el Hada se encuentran por primera vez. Quizás la parte más bella de la historia. Ambos enfrentando a la muerte, que ronda toda la historia, con frecuencia igual que la mentira. Es en esta parte donde Collodi quiso concluir su cuento, pero es ahí cuando, paradójicamente, nos parece que comienza la aventura.

    En fin, con dos notas, cerremos este artículo sobre Pinocho, la mentira y la muerte. Tomamos la primera de una cita de Aleksander Solzhenitsyn:

    “Los medios de comunicación globales están en manos de criminales”, decía el autor de Archipiélago Gulag, que también se refería a la élite política mundial: “Sabemos que nos mienten. Ellos saben que mienten. Ellos saben que sabemos que nos mienten. Sabemos que ellos saben que sabemos que nos mienten. Y, sin embargo, siguen mintiendo”.

    La segunda, es de Cervantes: después de ser derrotado por el Caballero de la Blanca Luna, el Quijote abandona sus andanzas, se retira a su aldea a cuidar su alma, cae en una profunda melancolía y se duerme. Al despertar sorprendió a todos al hablar mal de los libros de caballería. O sea, regresó lúcido del sueño, y lamentó sus propios disparates. Ya no se sentía don Quijote, sino Alonso Quijano. Sabiendo que se iba de los entuertos de esta tierra, quiso confesarse y hacer su testamento. Suplicó al cura y al bachiller, sus albaceas, que le dijeran al autor de la falsa segunda parte de su historia que andaba circulando, que perdonara la oportunidad que él, Cervantes, le dio para que escribiera tan mal sus aventuras. Y luego se murió. Sansón Carrasco, el bachiller, escribió unos versos sentidos que sirvieron de epitafio “Tuvo a todo el mundo en tal coyuntura, que acreditó su ventura, morir cuerdo y vivir loco”.

    Las grandes obras de la literatura universal tienen estos dos condimentos: la mentira y la muerte. Pinocho, la historia que referimos fue y es leída como pedagógica y moralizante, pero es una obra de múltiples lecturas, por ejemplo, ¿se puede interpretar que hay cierta virtud en la desobediencia? Quizás, también, que para crecer, para alcanzar la madurez o la superación acaso ¿no hay que morir un poco?, ¿o queremos seguir siendo niños malcriados e irresponsables, eternos mantenidos, a los que todo les da igual? Tal vez nos dice, además, que la picardía infantil se comprende, pero ¡ojo! porque hay personas grandes de edad que continúan siendo Pinochos, o sea, títeres, marionetas, manejados vaya a saber por quién; pero que eso les gusta, les brinda seguridad, el poder económico les da una zona de confort, para que estén allí y no se preocupen por conocer la verdad o de imaginar otras realidades; que el mundo debería ser un lugar donde quepan muchos mundos. En cambio, estos egoístas Pinochos viven en la apariencia, continuando la farsa, la pose, la soberbia y así mueren, burgueses satisfechos, abrigados, bien comidos, eructando, mirándose el ombligo.

    Del 4 al 12 de julio, la ciudad de Oberá fue sede de la 49ª edición de la Feria Provincial del Libro Oberá, que este año rindió homenaje a Carlo Collodi, creador de “Las aventuras de Pinocho”, a 200 años de su natalicio. El escritor Leopoldo Szretter desde Neaconatus Literatura desde aquí comparte un artículo alusivo.

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