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¿Qué hacen los escritores frente al avance de la ultraderecha?

    Por Francisco Manuel Mancera Romero, Málaga – España. Mgter. en Historia Económica (Universidad Autónoma Barcelona – Universidad de Málaga, España)

    Frente a este literal, realizo unas matizaciones que contextualicen la cuestión, antes de dar una respuesta, no demasiado inspirada me temo.

    Los escritores hacen libros, luego la respuesta es sencilla: escribir nuevos libros sobre el tema o no escribirlos. Pero todos sabemos que esa no es la pregunta. De hecho, sabemos que la palabra que encaja en la pregunta es intelectuales. Pero se usó escritores para ceñir el concepto a un subgrupo concreto de los intelectuales, que son un vasto conjunto de distintos colectivos. El concepto intelectual es reciente, de hecho nació como reacción a la carta abierta al presidente de la república francesa del escritor Emilé Zola: J’Accuse, el 13 de enero de 1898 denunciando el caso Dreyfus. El resto es historia que, por cierto, Carlos Altamirano lo cuenta maravillosamente bien en el artículo de mayo-junio 2013 de la revista Nueva Sociedad (nuso): Intelectuales: nacimiento y peripecia de un nombre. Desde 1898 un intelectual es una persona experta en un ámbito qué opina de otro tema distinto a su área de especialización. El prestigio que emana, gracias al grado de maestría en el ámbito de su especialidad, se contagia a sus opiniones en cualquier otro campo.

    Por desgracia este concepto se ha corrompido hasta la saciedad, entre otras cosas por el abuso de sinsentidos surgidos de supuestos intelectuales. Ser experto en A no te hace tener opiniones interesantes sobre B. Además, ahora asistimos al remedo de intelectuales que son los contertulios de programas de televisión y radio; que sin saber de nada, opinan de todo, diciendo sandeces que, en el mejor de los casos, defiende los intereses de quien les paga. Ha llegado a tal corrupción, que el intelectual ha involucionado en ese cuñado insoportable, que en la cena de navidad nos da lecciones sobre cualquier tema, a todos y en todo momento. Hasta existe una teoría científica para explicar el “efecto cuñado” (el hermano tonto de todo intelectual), se llama efecto Dunning-Kruger. Pese a ello el concepto aún guarda cierto prestigio del que gozó antaño.

    Hay que añadir la explosión de las redes sociales, un altavoz al alcance de cualquiera.   Siempre han existido analfabetos, pero es nuevo que presuman de ello y callen a cualquiera con el peso de su número. Ya nos lo advirtió, entre otros, Ortega y Gasset en su La rebelión de las masas (1927). Sospecho que el fenómeno va a ir a más, nunca a menos, cada vez nos va a costar más encontrar información veraz y no opinión mal intencionada.

    A la luz de lo comentado podemos redefinir la pregunta: ¿Qué hacen los intelectuales frente al avance de la ultraderecha?

    El concepto derecha e izquierda en política, parece ser, que ya se usó en la revolución francesa. Y nada más adecuado, no en vano nuestros sistemas políticos son democracias liberales nacidas de dos madres: la revolución francesa y la guerra de independencia de los EE.UU. y de un padre la revolución industrial. Democracias liberales que están en peligro de extinción y no sólo por el avance de la ultraderecha, pero hoy, ese otro tema no toca.

    La idea simplista de ordenar en una línea recta el espectro ideológico se ha generalizado y todos lo damos por bueno, forma parte de nuestra cosmovisión. Sin duda este reduccionismo favorece a los que ocupan posiciones centrales, dejando el papel de demonios a los extremos. Y estos extremos, estos demonios, se han retroalimentado ferozmente para solaz de los “centristas”. Y no nos engañemos la ultraderecha y la ultraizquierda son modismos actuales, artificiales y vacíos de contenido. Cuando hablamos de ultraderecha hablamos de fascismo y cuando se habla de ultraizquierda hablamos de comunismo[1].

    Una vez que los antagonismos de los ultras dejan de brillar es sencillo encontrar los muchos puntos que comparte, siendo el principal la intención de acabar con la democracia liberal. En realidad, el mejor símil geométrico para describir la política no es la línea recta sino el círculo. De hecho, si cogemos una línea y la unimos por sus extremos obtenemos una circunferencia. Lo que no deja de ser de una lógica aplastante: la ultraderecha y la ultraizquierda están a un paso el uno del otro. Nada se parece más a un ácrata que un anarquista. Para acabar con el símil geométrico cabe preguntarse ¿Qué pasa cuando al talante de las políticas económicas[2] se unen otros elementos como el enfrentamiento entre nacionalismo o el dilema república-monárquica?

    El círculo se queda escaso, el cilindro comienza a tomar carta de nacimiento. En la España actual, donde los partidos políticos no solo se ordenan en la tradicional derecha – izquierda sino también lo hacen en la componente nacionalista: españolista o independentista (dos -istas que de nuevo se dan la mano, como lo hacen los fascistas y los comunistas) es el cilindro y no la línea recta la que define el espacio político.

    Las palabras no son neutras, generan un contexto, una cosmovisión donde se centra la discusión. Por eso, es un error hablar de ultraderecha, es seguirles el juego a los partidos supuestamente “moderados”, hay que hablar de fascismo o neofascismo.

    ¿Qué hacen los intelectuales ante el avance del fascismo?

    La Real Academia de la Lengua no acude al rescate, como suele hacer, cuando se le consulta sobre el fascismo. Nos dice:

    fascismo

    Del it.  fascismo y este de fascio [littorio] ‘fasces [del lictor]’, símbolo del partido, e -ismo ‘-ismo’.

    1. Movimiento político y social de carácter totalitario que se desarrolló en Italia en la primera mitad del siglo XX, y que se caracterizaba por el corporativismo y la exaltación nacionalista.

    2. Doctrina del fascismo italiano y de los movimientos políticos similares surgidos en otros países.

    3. Actitud autoritaria y antidemocrática que socialmente se considera relacionada con el fascismo.

    https://dle.rae.es/fascismo

    La tercera acepción nos muestra el camino: es una actitud autoritaria y antidemocrática. A este humilde emborronador de archivos de texto sólo se le ocurre buscar en Wikipedia. Si bien es cierto que contiene errores de bulto y omisiones terribles, cualquier otra fuente es aún más discutible.

    “… El fascismo es una ideología, un movimiento político y una forma de gobierno​ de carácter totalitario, antidemocrático, ultranacionalista y de extrema derecha. (…)  

    Dado que el fascismo se opone al pluralismo y a la igualdad social, así como a movimientos considerados de izquierdas como el liberalismo, el anarquismo, la socialdemocracia, el socialismo, el comunismo y el marxismo, una mayoría de especialistas coincide en situarlo en la extrema derecha del espectro político tradicional. (…)

    El fascismo se presenta como una «tercera vía» o «tercera posición»​ caracterizada por eliminar el disenso. (…)

    Los fascistas consideran obsoleta la democracia liberal …”

    Hace 90 años en los países occidentales existían tres formas de gobierno: la democracia liberal (EE.UU., Reino Unido, Francia…), el socialismo real (URSS, que ahora mal llaman comunismo) y las dictaduras fascistas en Europa (según Wikipedia): Italia, Portugal, Alemania, España y en América: República Dominicana, Guatemala, Argentina, Uruguay, Chile, Bolivia, Nicaragua y Paraguay).

    Se hace difícil explicar que la existencia de la URSS hiciera “florecer” tan fecundamente la tercera vía del fascismo. Habrá que buscar las razones en el rechazo a la democracia liberal y al temor que los partidos comunistas alcanzasen el poder democráticamente.

    Desde los años 90 con la desaparición del comunismo como forma de gobierno en Europa, lo que conocemos como derecha y la extrema derecha se han aliado para desmontar el estado del bienestar. Cabe recordar que el germen del estado del bienestar nace de los esfuerzos de entreguerras por superar la Crisis de 1929. Que no fue más que una copia “a la capitalista” de los planes quinquenales de Stalin… y su mejor alumno: Adolf Hitler. Las economías liberales tuvieron que adecuar sus ideologías y abrazar esta herejía económica, que John Keynes convirtió en ortodoxia capitalista, bien les pese a los neoclásicos económicos de hoy en día. Es decir, el estado gastando y gastando, sin preocuparse del déficit público. Tras el fin de la 2GM, el keynesianismo era el rey y la escuela austriaca unos marginales resentidos. En la Guerra Fría, el gasto público se moderó y varió el objetivo: ya no será prioritario armarse (que también), ni construir más infraestructuras. Ahora el foco está en la educación y sanidad pública. Ese es el fondo del pacto que las democracias liberales ofrecen a los trabajadores: mejores condiciones de vida y expectativas de futuro a cambio de renunciar a la vía del gobierno comunista, vaya a unirse al bloque soviético.

    Evidentemente desde que el comunismo ha desaparecido de Occidente, el pacto se ha roto unilateralmente por los partidos liberales y el retroceso de libertades, ventajes y servicios encaminados a los proletarios y clases bajas es palpable y notorio. Ya no dan miedo los trabajadores, ni sus sindicatos adormecidos por la zanahoria del consumismo más pueril.

    Los neofascistas desean acabar con los vestigios del Estado del Bienestar. Como cualquier otro grupo que anhela el poder, lo hacen de forma meramente egoísta. A pesar del riesgo de la excesiva simplificación voy a asumir que la justificación del fascismo es una reacción a la existencia de la vía comunista. Es decir, el fascismo requiere de la existencia del comunismo. Como no hay comunistas cerca, necesita imperiosamente crear otros enemigos. Cuantos más mejor, siempre es rentable culpar de todos los males a: extranjeros, judíos, musulmanes, negros, amarillos, mulatos, zambos, indios, gallegos, personas LGTBI, el gasto social del Estado…

    Ya no hay partidos comunistas con representación parlamentaria en las democracias europeas. Hace tiempo que han renunciado a la revolución comunista, han renunciado a la nacionalización de los medios de producción, han aceptado la propiedad privada, han aceptado la democracia liberal y han aceptado como propio el mecanismo del mercado como forma de asignación de recursos escasos a usos alternativos. En suma, han aceptado el mercado capitalista como la forma menos mala de organización de la economía. Eso sí, con intervención estatal, nada que Adam Smith no defendiera en 1776. Ya no hay comunistas como Dios mando, como los del siglo XX. Pero el fascismo parlamentario y sobre todo el mediático necesita de la existencia del comunismo, del diablo, en una palabra: del mal. Hemos llegado, en agosto de 2023, al extremo de escuchar en Argentina, que el actual papa Francisco I es comunista.

    Ahora ya podemos definir la pregunta en sus términos correctos.

    ¿Qué hacen los intelectuales para acabar con el fascismo?

    Nada. La primera respuesta es nada. Cuando el fascismo es incipiente en un país, hablar de él, aunque sea mal, es promocionarlo, darle carta de existencia y estimular su crecimiento. Por lo tanto, hay que evitar nombrarlo, negarles el pan y la sal mediática. Que los poderes económicos que lo apoyan se gasten su dinero comprando la voluntad de los contertulios, que sin saber de nada opinan de todo, y demás medios afines.

    Si el fascismo ya se ha consolidado y no va a desaparecer, e incluso gobierna, como lo hace en muchos países europeos y americanos: ¿Qué hay que hacer? Ojalá lo supiera. No tengo ni idea, pero sí me aventuro a decir tres cosas que no hay que hacer:

    1.- Ser equidistante. Adoptar una postura conciliadores con los supuestos dos extremos, cuando sólo uno quiere ilegalizar al otro. Ser defensores de la centralidad, aceptando la cosmovisión del neofascismo y reconociendo como peligrosos comunistas antisistema al ala más progresista de los partidos liberales, es un error que le da alas. 

    2.- Dejar de ser combativo con las máximas neofascistas que suponen un retroceso de las libertades individuales y colectivas.

    3.- Rendirse, reconocer nuestra finitud en el mar de desinformación que son las redes sociales. Sólo cabe ser resilientes y hacer como en L’estaca (1968) del catalán de Girona: Lluis Llach, en uno de los himnos antifranquistas más recordados:

    Si tu l’estires fort per aquí
    I jo l’estiro fort per allá.
    Segur que tomba, tomba, tomba
    I ens podrem alliberar.

    Si tú la estiras fuerte por aquí
    y yo la estiro fuerte por allí.
    Seguro que cae, cae, cae
    y nos podemos liberar.

     

    [1] Debería hablar de socialismo real en lugar de comunismo, pero renuncio a entrar en una guerra fútil por explicar que es cada cosa.

    [2] Sobre las distintas políticas económicas si me encuentro capaz de tildarlas de derechas o izquierdas y eso gracias a mi deformación profesional de Economista. Pero admito que, en todos los demás aspectos políticos social, ecológicos… las dudas me asaltan imposibilitándome la tarea.

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