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Santiago Morales dispara su Boutade N.º 22. Qué tren qué tren

    Por Santiago Morales. Posadas. Escritor.

    Un hombre viaja en el expreso de Yokohama a Kyoto a escuchar en vivo las campanadas del templo el 31 de diciembre porque siempre las escuchaba por radio y siente que es el momento para darse un gusto.

    La verdad, todo es una excusa porque quiere visitar a un viejo amor que no ve hace muchos años.

    Lo bello y lo triste, de Kawabata, empieza así, en un tren.

    El idiota, de Dostoyevski, empieza en un tren.

    Anna Karenina se termina de enamorar del joven Vronski (a quien conoció en un baile, donde empezó a enamorarse) porque acaba de leer una novela que la fascinó y le produjo ganas de amar; y justo Vronski demuestra un acto novelesco apareciéndose de incógnito después de viajar escondido de ella en el mismo tren.

    Japoneses y rusos tienen más trenes que nosotros. Por eso sus novelas empiezan en un tren.

    Pero qué es esta manera de ordenar las cosas.

    No pretendo que este texto sea una de esas compilaciones llamadas relatos de trenes, relatos de tenis, etc. Pero los diarios de Kafka empiezan…

    Y Juntacadáveres, de Onetti, no empieza en un cementerio, empieza en un tren.

    Claro, antes eran muy comunes. Hoy todo empieza en Internet me dirán.

    Estas divagaciones sobre vagones nacieron porque un amigo me dijo hace dos años, después de las elecciones: “¡qué suerte! ahora los vagonetas van a tener que laburar en serio”. Hoy ese amigo no tiene trabajo, pero no está enojado, solo deprimido. El enojado soy yo. Yo, que le digo: “por vos estoy enojado, no contra vos”.

    Los que aman odian, la película, empieza en un tren. Francella escucha una conversación de otros pasajeros y no se aguanta participar, corregir.

    Tengo la sensación de que, si el discurso del odio en vez de extinguirse se trasforma, cada vez más locomotoras quedarán petrificadas con el único destino de monumento. Como escribió Cortázar en Las babas del diablo sobre otra máquina, la de escribir “…esta Remington se quedará petrificada sobre la mesa con ese aire de doblemente quietas que tienen las cosas móviles cuando no se mueven.”

    La posadeña.

    Cuántos millones de dólares necesita Misiones para recuperar el tren. Para mejorar la infraestructura de la Línea Urquiza. Para reactivar el tren de pasajeros, para fortalecer la conectividad turística de corta y larga distancia. Para beneficiar a productores, exportadores, empresas de transporte, concesionarias ferroviarias y operadores portuarios.

    Faro para el desarrollo productivo.

    De esas compilaciones de las que hablaba está buenísima “En la vía: Cuentos desde un tren”, antología con textos de autores argentinos como Mujica Láinez, Cortázar, Abelardo Castillo, entre otres, seleccionados por Christian Kupchi.

    A mí me gusta encontrar esos comienzos en vez de buscarlos por alguna I.A. (el que busca encuentra es una frase mal hecha, corregida por Picasso como “yo no busco, encuentro”, pero su instancia superior es buscar eternamente) y me pasó con Rosa Amarilla, de Mór Jókai, que no empieza en trenes ni nada sino con un desierto húngaro que todavía ni el hierro de las vías ni el humo de los trenes del desarrollo habían atravesado. En resumen, lo primero que nos dice el libro, para describir la desolación, es la ausencia de trenes.

    Thomas Mann empieza La montaña mágica con el mismo mecanismo de Muerte en Venecia, un viaje. Es más, con un cambio de planes. En ambas un tipo sale de Alemania con la intención de dar un paseo, pero todo se le complica. Y empieza en un tren.

    En 1937 el húngaro Attila Jószef gritó lo que muchos vándalos, compañeros suyos de pobreza y abandono: “¡Por ti estoy enojado, no contra ti!

    Y usando ese monstruoso móvil para lo que simbolizaba en esa época y en ese lugar, se tiró de cabeza en el momento justo en que llegaba uno.

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