Por Francisco Tete Romero. Resistencia, Chaco. Escritor, docente, director académico del Instituto de Estudios Superiores de la Fundación Mempo Giardinelli. [[BR]] Lo primero que Rosales vio fue su propia figura reflejada en la fachada del edificio de oficinas más alto de esa cuadra. Le gustó más su sombra alargada que su rostro y cuerpo envejecidos. Después fue el fuego prendiéndose sobre dos cuerpos de hombres en situación de calle que dormían a mitad de cuadra, en la otra vereda, lo que creció en esa pantalla vidriada de la ochava de la calle Reconquista al mil. Siguió de espaldas a los hechos. Vio a tres jóvenes rodear esos cuerpos que ardían. Los vio extasiados ante la llamarada naranja oscura que ascendía iluminando sus rostros juveniles. Sintió el olor a carne humana quemándose apoderarse e infectar el aire de esa calle. Escuchó alaridos que lo paralizaron de horror y risas e insultos de los jóvenes. Escuchó que alguien clamaba por Dios. Vio enseguida luces que se prendían en distintos pisos de los edificios de esa cuadra. Vio que había gente mirando por las ventanas y balcones que abajo, en la vereda, estaban quemando vivo a dos hombres. Los vio filmar con sus celulares. No escuchó una sola palabra de esa gente. No atinó a hacer nada, ni a decir nada. Permaneció a espaldas de lo que ocurría a pocos metros de donde permanecía clavado como estatua viviente. …