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Ventana abierta al aire de la noche

    Por Irma Verolín. Buenos Aires. Narradora y poeta

    Cuando estamos juntos durante la noche, aquí, en casa, su deseo llama al miedo. Y el miedo llega sin aviso, irrumpe con sus grandes alas y se despliega.  Generalmente él se la pasa dando vueltas alrededor de mí con su clásica reticencia y su flaca figura. Esta noche especialmente sentí su olor, su familiar olor a vainilla y a algo más que no logro distinguir.

         A mi edad hacer el amor con un hombre se vuelve un juego en el que el tiempo titubea y se extravía en sitios insospechados. De cualquier modo, qué sentido tiene pensar en esto, me digo, me lo repito mientras mis pensamientos recorren sus embrollados vericuetos hasta ocupar completamente el espacio de mi mente. Entonces soy solo pensamiento, una frugal manera de escaparle a la vida, un acertijo sin respuestas. Entro en un ir y venir en el que la historia se prolonga en deformadas profundidades.  ¿Qué historia? La nuestra, la de él y la mía, pero por separado.  La profundidad se alarga, se estira trastornándolo todo, envolviéndolo todo en una extraña dimensión, soy extraña para mí misma, mi propio nombre me es extraño y el hombre que está aquí conmigo, también.

        Puedo ubicarme fuera de la escena, pero   mis sensaciones me tironean, debo entrar, dejarme atravesar por la situación, sumergirme en lo que está aconteciendo para que lo que debe ocurrir deje de esquivar su inicio. Somos dos, lo que ya resulta suficiente para que surja un conflicto.

       ¿Soy yo quien está aquí?, ¿él es él?  El aire de la noche no gira en el cielo ni canta. Lo que él evita decir, lo que calla, lo que omite pronunciar crece dentro de mí como una maleza, como una enormidad, alimenta un silencio que carece de la necesaria boca de salida y nos convierte en eso imposible de ver desde afuera, pero en lo que tampoco soy capaz de participar.

       Él acaba de decirme que no, que mejor no. Me cuesta recordar la pregunta que le hice. Aunque quizá faltó mi pregunta y su no ha nacido de nuestro desconcierto. Nuestro desconcierto es un abrojo que envuelve otro abrojo y a su vez otro y otro. Él tironea de la sábana y yo quedo enroscada, subsumida en el rollo de una tela que pretende asfixiarme.

       Pienso: las cosas son efímeras, su mano sobre mi muslo también lo será.  Lo efímero se siente real momentáneamente aunque después parece que jamás existió. Después viene el después, siempre viene el después donde mi cuerpo no se halla, como solían decir los colonos en la provincia de Misiones cuando yo tenía treinta años y la vida todavía era una invención novedosa para mí.  Qué pena: la novedad se perdió entre las sábanas. Lo efímero, esa bestezuela sin uñas ni dientes me perfora el alma.  Ahí radica el problema y con él irremediablemente el problema se agranda porque amaga, amaga y al rato se arrepiente. Por ejemplo, su mano en mí muslo. Su sí y su no se confunden, se disfrazan uno del otro y así la vida se vuelve este remolino que me traga. Le pedí que cerrara la ventana. Hizo como si fuera a empezar a hacerlo, pero se quedó en el apronte. Si la cerró no me di cuenta, debió ser una de sus tantas acciones interruptas.

       La gata se comporta igual. Creo que antes de que él llegara a esta casa no era así, enseguida empezó a copiarle las costumbres. Con semejante mal ejemplo poco y nada pueden esperar los animales de los humanos. Últimamente la gata se niega a recostarse en mi cama, prefiere el sofá o una silla del comedor e, igual que él, da un salto y se escapa.  Podría dudar de quién copia a quién, aunque apuesto un millón de dólares que fue él quien le contagió a mi gata sus malos hábitos. O, mejor dicho, su manía de huir. ¿Huye de mí? No, creo que se trata de una actitud ya incorporada y yo vine nomás a ponerme delante del panorama de su existencia. La fuerza de la costumbre, pura costumbre, no hay remedio para eso. Nombré por segunda vez la ventana abierta y quisiera apostar a que la cerró, aunque esta vez prefiero dejar de apostar. ¿Me lo dijo? ¿Qué me dijo? Hablar, para ser sincera, no es lo que mejor le sienta. Él ama el silencio y su silencio se arraiga en una nada perdurable y llena de una sustancia gelatinosa. La gata va y viene y, de pronto, se sube a la cama y empieza a mordernos los talones. Sorprendente.  Arqueando las cejas su voz masculina sentencia: Está celosa. Y echa hacia los alrededores una mirada inquietante o dudosa o cargada de misterio, o vaya a saber qué.  No falta mucho para que, como siempre, cuando terminemos de hacer el amor y su cuerpo realice ese movimiento tan conocido, su cabeza cayendo pesadamente sobre la almohada y los brazos desplomándose, va a comenzar, con envidiable eficacia, a urdir, a tramitar, a gerenciar su huida. Houdini, el rey del escapismo. Primero un comentario o una simple pregunta: ¿Qué hora será?  Y yo le hago la remanida pregunta: ¿Tenés que levantarte temprano mañana?, ¿vas a quedarte a dormir? Puedo adelantar su reacción: Mmmmm, me espera un día complicado mañana … como en las novelas rusas la vida, el mundo, los percances diarios de manera inevitable se interponen en la continuidad del amor. Se le adivinan las ganas de irse en la tensión de los hombros y en la comisura torcida de sus labios. Sé que irse es la menor de sus preocupaciones, quiere hacerlo disimuladamente, con justificación, con cierta elegancia. ¡Ni que esta cama fuera la cárcel de Alcatraz! Que intente ocultar sus deseos lo transforma en un personaje tragicómico para mí. Le he visto ensayar unas cuantas estrategias, mal no le fue. Siempre se ha salido con la suya sin que yo lo haya puesto en evidencia. Claro que el arte del disimulo, a la larga, a estas alturas del amantazgo me cansa un poco. Al fin de cuentas soy una persona compasiva y trato de   mantener la paciencia. Irse cuanto antes y hacerlo sin que se note debe agotar sus últimas reservas de energía varonil.  Por eso trato de esquivarle la mirada cuando hablo, parecemos las típicas imágenes egipcias que miran de costado y aun así cuando, en mitad de la madrugada, mientras me pongo a las apuradas la bata y abro la puerta de calle para despedirlo, sumo una frase maternal: abrígate que hace frío. Él, para rubricar su puesta en escena, por lo general dice algo parecido a: prefiero manejar de madrugada, hay menos tránsito en la ciudad. Su tono persuasivo, condescendiente, casi paternalista, suma una gota de justificación absurda a la negrura de la noche que se extiende del otro lado de la puerta de calle.  Sin duda a las tres de la madrugada a más tardar va a estar sentado en su coche. Si miro su cara con atención voy a percibir su alegría contenida al escucharme decir: Bueno, si preferís irte o qué lástima que tengas que irte ahora. Dormir junto a mí, por lo visto se vuelve una empresa temeraria para él. No entiendo por qué tanta resistencia, al fin y al cabo dormir se trata de cerrar los ojos y olvidarse del mundo y yo, desde ya, estoy incluida en el mundo, o eso creo. La gata se volvió a ir, nuestros talones a salvo, sin embargo el animalito está afianzando sus costumbres que van a terminar sumiéndome en la más absoluta soledad. Soledad, qué palabra. Tiene un sentido unívoco y al mismo tiempo está repleta de matices, como su voz, su voz plástica y grave a estas horas de la noche, en esta ventilada habitación que, sospecho, debe tener todavía la ventana abierta porque él no se dignó a hacer lo que le pedí. Entra fresco ¿no?, digo. Puede ser, me contesta secamente. Y lo improbable de los acontecimientos se confunde, se mezcla, se mimetiza con nuestra incertidumbre para sumirnos a los dos en un clima existencialista por excelencia. Cuando me enamoré de él y lo vi caminar hacia un rincón de aquel gran salón, ensimismado, desentendido de los alrededores, ni por las tapas imaginé que huir fuera su característica predominante. Huye incluso mientras está hablando, corta las frases, nunca las termina, huye de su propio discurso como si su discurso pudiese revelar lo que necesita permanecer en las sombras. Se lo he dicho montones de veces, casi tantas como las que le pedí que se fijara si la ventana seguía abierta. Tengo la   sensación de que un chijete de aire entra por ese lado y se me representa que, de buenas a primeras, quedaremos transformados en bloques de hielo. Sí, nos imagino a los dos dentro del recuadro de un comic, nuestras siluetas delineadas, solo el contorno del dibujo sin colorear y con los globos de los diálogos que emergen de nuestras bocas diciendo estupideces. Por dónde andará la gata, espero que la muy sabandija no esté rasguñando mi sofá. ¿Me habré olvidado de cerrar la puerta que da al living? Al parecer esta noche el conflicto oscila entre dejar o no las puertas o las ventanas abiertas.  Ahora él comienza a murmurar con un dejo de letanía, enumera las cosas que tiene que hacer el día de mañana: el mañana se viene a ser la vía de escape más propicia para inventar distancias conmigo. ¿Sí?, le digo y en mi tono hay un matiz de perplejidad fusionado con una considerable dosis de ironía. Los semitonos son mi especialidad, respuesta inequívoca para un profesional de la huida. ¿Qué tendría de malo que durmiéramos juntos alguna vez, de vez en cuando? Entonces sentí un roce, repetí el nombre de la gata pero no, no era la gata. Algo más estaba entre nosotros además de su deseo de huir. Encendí rápidamente la luz alta: una mariposa. Una mariposa de alas tornasoladas de colores anaranjados revoloteaba trazando rítmicos círculos en el aire.  Él se levantó de un saque sin salir de la cama y empezó a mover los brazos. Me dio la impresión de que estaba saludando a la mariposa. Me equivoqué, pretendía cazarla. La mariposa revoloteaba y él daba saltos intentando atraparla.  Ya se había puesto los calzoncillos y las medias, sabe que la huida requiere de sus pasos previos y el primero lo inaugura ponerse la ropa interior, conoce el protocolo de la huida a la perfección.  Yo hice lo mismo, por puro instinto empecé a mover mis brazos frenéticamente intentando elevarme. Saltábamos los dos sobre el colchón bastante rítmicamente, hay que reconocerlo. La mariposa se alejó de la órbita de la cama y su vuelo siguió describiendo amplios círculos en la habitación. De repente sentí que una proliferación de mariposas como la que estábamos queriendo atrapar se desprendía de la boca de mi estómago.  Y con esa ráfaga una parte muy íntima de mí se iba también. La perseguimos, dimos brincos desesperados, nos tropezamos o, más precisamente, nuestros cuerpos chocaron entre sí, él se resbaló, yo me contracturé, sin que lográramos alcanzarla. Así estuvimos hasta que las primeras luces del día se filtraron por la ventana abierta.

     

     

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