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Tres escritoras norteamericanas

    Por Alberto Szretter (Neaconatus) Posadas, Puerto Rico.

    Joyce Carol Oates o la inagotable producción de historias

    Hay escritores/as prolíficos/as. Los demás escritores/as tienden a sospechar de los muy fértiles, como si la abundancia en la producción fuera contraria a la calidad. En general los otros observan, asombrados y desconfiados, a los que hacen dos, o tres libros, por año. Uno por año, ya parece una barbaridad. Se suele medir, comparar o envidiar, la exuberancia ajena con la morosidad propia (o sequedad de dinero para una autoedición, o inspiración).

    César Aira, por ejemplo, no recoge muchas simpatías. Qué podríamos decir de Lope de Vega, que tiene más de mil ochocientas obras de teatro, cuatrocientos autos bíblicos, extensa poesía lírica y épica, tres novelas largas y cuatro novelas cortas, e infinidad de “acciones en prosa”, sin contar su abundante epistolario. No había computadora, ni birome (el lápiz recién se había inventado (1565), ni tuvo, que sepamos, ghost writer. Georges Simenon tiene casi doscientas novelas con su nombre y con seudónimos, y encima, era adicto al sexo. Su propia esposa, a quien él sumaba a sus andanzas por bajo fondos y lupanares, le contabilizó más de mil mujeres. ¿Cómo hacía para escribir, en qué tiempo? Corín Tellado publicó más de cinco mil títulos, y vendió más de cuatrocientos millones de ejemplares (bueno, esta es otra cuestión). Podemos seguir con la lista de autores iluminados, por ejemplo, Alejandro Dumas escribió doscientos setenta y siete libros (este escritor sí, asociado a otros colaboradores), pero ahora contaremos de una escritora que está en este grupo de inagotables autores fructíferos: Joyce Carol Oates.

    En junio pasado Joyce Carol Oates cumplió 86 años. Publicó tanto, que en su país existe un “leve fastidio” por su enorme producción. “Escribe demasiado” dicen los críticos (algunos). A muchos de estos, nada le viene bien. A Rulfo lo acosaban preguntando, como incitándolo, sobre alguna nueva obra en progreso, (solo escribió dos libros). El mexicano, ya sin saber cómo sacarse esa porfía, alegaba que no publicaba más porque se había muerto su tío Celerino.

    Oates, al revés, escribe mucho. Da la impresión de estar estimulada todo el tiempo. Ella dice que su técnica consiste en caminar, caminar sola, bastante tiempo, sin escuchar más que sus propios pensamientos, luego regresa a su casa y escribe. Y lee, lee durante el tiempo restante. Es admiradora de Stephen King, Bob Dylan, Kafka, Henry James, Thoreau, Joyce, Flannery O´Connor, Faulkner, Sylvia Plath.

    Los asuntos de sus libros son variados, intensos, excitantes, de un terror gótico urbano y rural. Sus argumentos son sobre la violencia de género, la sexualidad y el feminismo (mucho antes de que estuviera en la agenda pública), la apetencia de poder, el machismo, y los traumas de la niñez y la adolescencia. Sus títulos pasan holgadamente la centena, con novelas, cuentos y relatos cortos, poesía, ensayos y artículos de crítica literaria.

    Vivió 48 años de matrimonio con Raymond Smith, que falleció en 2008. No tuvo hijos (“no sé, no se dio, y eso que a mí me gustan los chicos, debe ser genético porque mi hermano tampoco tiene hijos”). Publicó libros con el seudónimo Rosamond Smith (feminización del nombre de su esposo). Sobre el duelo escribió Memorias de una viuda, ficción basada en su propia experiencia, que relata los vacíos que dejan los compañeros de existencia, y algunos secretos develados, más papeles de cajones, que nunca fueron abiertos, y ahora salen a la luz. ¿Existe el dolor retrospectivo? ¿El amor que se tuvo hace 20 años, fue verdadero?

    En tiempos de la guerra de Vietnam se fue a vivir a Canadá, en protesta por ese conflicto y por el tratamiento del gobierno yanqui en la lucha por la igualdad racial, a la que ella adhería. En 2005 inventó otro alias: Lauren Kelly, con el que editó alrededor de siete novelas policiales. Tiene numerosas traducciones. En español, una de sus obras más conocidas es La hija del sepulturero. En 2009, con 71 años, se casó con el médico neurólogo Charles Gross, con el que viajó a la Feria del Libro de Guadalajara. Carol que es alta (1,80 m) delgada, seria, casi lánguida, de anteojos grandes, y con un atuendo completamente negro, llamaba la atención, frente al colorido mexicano, achaparrado y bullicioso. Gross, (como ella y como su primer marido), profesor en Princeton, murió en 2019.

    Hay un ensayo muy interesante de Oates que se llama Del boxeo, donde se explaya sobre uno de sus temas preferidos: la violencia humana. Un día, fue gente de la revista Playboy a hacerle una nota sobre este libro. Los periodistas, cancheros, entre bromas y sonrisas, provocando un poco, creyeron que la iban a sobrepasar. Pero quedaron en knock out: ella sabía más del deporte que los entrevistadores. Los parámetros del boxeador, dice Oates, no son más que un espejo de la personalidad del otro. En el boxeo, cuando suena la campanilla y a los contrincantes le sacan el banquito, se quedan los hombres solos tratando de concentrar en sus puños la fuerza, la rapidez de jab, el acierto a través de un uppercut. Así son los seres humanos en la vida de relación. Se disimula tanto el swing, el mazazo cruzado, como las combinaciones de los golpes y la distancia que necesitan, porque la vida en sociedad amortigua y disfraza la pelea. La existencia es tan despiadadamente cruel como el boxeo. Nos desplazamos cotidianamente por un ring y, muchas veces, hay días, temporadas enteras, en que estamos contra las cuerdas. El box sugiere un modelo de mundo en el que somos responsables, no solo de nuestros propios actos sino de aquellos ejecutados contra nosotros. Porque hay que tener cintura elástica, agilidad de piernas, soportar las trompadas. El boxeador debe aprender a inhibir el dolor y perseverar, mientras el entrenador (la sociedad, la escuela, los padres) desde afuera del cuadrilátero gritan al pupilo que se levante y siga peleando. No hay deporte más físico que el boxeo, ni otro donde se despliega tanto homoerotismo, porque ambos boxeadores casi se desnudan para subir al cuadrilátero, y allí se trenzan y se abrazan, sudan, y se pega el aliento acalorado; es como una danza terrible y sangrienta. En el ring, el tiempo es otro, la cronología normal se enlentece, a veces para siempre, porque se suele morir ahí, arriba. Y sin que lo sepan, en cada pelea, mueren un poco los dos boxeadores. Porque los dientes, la encía, los ojos, el cerebro, se van llenando de pequeños coágulos, adelantos -símbolos- de una tumba definitiva. Esta es la síntesis de la visión Del boxeo, que fue un best seller.

    Finalizamos esta breve reseña de Joyce Carol Oates con una noticia muy reciente. El martes 4 de noviembre ppd ganó Trump las elecciones en E.E.U.U. Varios intelectuales ofrecieron su punto de vista, entre ellos, nuestra escritora, que reflexionó sobre la gran derrota de “la agenda progresista”, por ejemplo, el tema trans (llevado al primer plano en la campaña, por Trump). Oates dijo, “parece que este punto significó mucho para los votantes. No puedo imaginar por qué alguien se siente amenazado por un número tan pequeño de individuos. Sólo puedo pensar que los ciudadanos fueron llevados a odiarlos y temerlos (a los que no son “normales”, como el resto), por los medios de comunicación de derecha, que los demonizaron”. Y continuó, “además los políticos hablan de economía, de inflación, de inmigrantes, y no hablan del cambio climático, ni les preocupa la salud pública, cuando un millón de estadounidenses murieron de Covid”.

    Algunos saltaron a combatir la opinión de la escritora. Entre esas personas estuvo la británica J. K Rowling (autora de Harry Potter), conocida por ser reaccionaria, transfóbica y conservadora, dijo: “Si debemos creer en la democracia, los intelectuales de izquierda, como Oates, se han equivocado, creyendo que las masas han sido manipuladas por influencias de los Medios”.

    Oates, que ha ganado infinidad de premios y es eterna candidata al Nobel de literatura, escribe a mano. Luego de caminar sin compañía que la distraiga (antes corría y trotaba) se sienta en su escritorio desde las ocho de la mañana hasta la una de la tarde. Después lee, como dijimos, y escribe un poco más, a la noche. Es difícil hacer una evaluación de toda su obra publicada, porque es imposible abarcarla. En cuanto a su persona, es una mujer que parece frágil, y que, mirándola bien, despierta una especie de ternura, aun con ese aire alejado de una simpatía de primera mano, e incluso a pesar de sus tramas tan extrañas y brutales. Ha escrito, como otros autores, desde Poe hasta nuestro Horacio Quiroga, un decálogo para los que se inician en la literatura. Nos interesa el primer mandamiento, que en forma arbitraria creemos es el mejor y tal vez debería ser el único: “escribe con el corazón”. Eso, no importa si mucho o poco, escribir con el corazón, es una fórmula imbatible.

    La vida de Flannery O´Connor se cuenta en pocos renglones

    Nació en 1925, escribió dos novelas, relatos cortos, ensayos y conferencias. Su literatura, dice la crítica, es del estilo sureño de los Estados Unidos. Residió, con su naturaleza enfermiza, en granjas, donde había un férreo ambiente católico, criando pavos y aves exóticas. Tuvo lupus, enfermedad que terminó con su vida, a los 39 años, en 1964. Apreciaba a Poe, a Faulkner, y detestaba a Carson McCullers. Una sola vez hizo un viaje a Europa, por poco tiempo.

    Aparentemente era una escritora más de aquel inmenso país, que escribió prosa como si hubiese sufrido el infierno sucio y temible del submundo neoyorquino, con sus callejones cerrados, la oscuridad de los subsuelos, el vapor saliendo de las alcantarillas, los tachos de basura y los carteles de neón; pero tiene un cuento impactante, ambientado en el sur, en otro ambiente absolutamente diferente, pero brutal, que nos gustaría reseñar, “Un hombre bueno es difícil de encontrar” publicado por primera vez en 1953, en una antología, con otros autores. Luego, lo sumó, con relatos suyos, en un volumen, con ese título, en 1955. El cuento, de 24 páginas, es la historia de una familia típica yanqui (el matrimonio con hijos chicos) de clase media, que sale de vacaciones a Florida, con la abuela. Esta señora, que en realidad quería ir a otro lugar, lleva escondido en un bolso un gato, y dice, todo el tiempo, que Florida es peligroso porque leyó que anda un criminal suelto, escapado de la cárcel. Ella quiere ir a Tennessee. Hasta aquí parece una trama sosa, común y silvestre, pero no es así. Cada uno de los personajes posee sus perfiles: un padre aburrido y desganado, una madre más bien ausente, unos niños caprichosos y contestadores, que en el traslado se vuelven fastidiosos, y una abuela egoísta y charlatana. El automóvil en el que viajan toma una carretera secundaria porque la abuela cree recordar, y quiere ver, una casa de un pasado lejano (en realidad está confundida, porque no es por allí, la mansión está en otro lugar). En un momento determinado la cesta con el gato se tumba, y el animal, asustado, salta sobre el conductor que da un volantazo, y el coche se desbarranca. Salvo la madre, que está un poco golpeada, todos están bien. Pero necesitan ayuda. Justo se acerca un vehículo con unos facinerosos. Y aquí se produce el núcleo del relato que se venía preparando. La mayoría de los escritores arreglaría más o menos la situación, subiendo la tensión y buscando un desenlace positivo, salvando a la familia, que en el fondo es buena, o digamos, normal. Pero Flannery O´Connor, no.

    Tal vez seamos culpables de un pecado mortal, al contar qué es lo que sucede, pero este cuento ya pasó al cine, a la tele y hasta se hicieron canciones, y creemos que todos saben la tragedia: el grupo entero es asesinado por la banda de homicidas, comandada por un Outcast, o sea un paria, un desequilibrado, que tiene un prontuario terrible, de feroz criminal, y que es el bandido escapado de la penitenciaría. La última en morir a balazos es la abuela, tratando de convencer al delincuente que él es bueno, que rece, porque es bueno, en el fondo. La anciana cae con las piernas cruzadas en el zanjón, en un charco de sangre.

                “-Habría sido una buena mujer -dijo el Desequilibrado- si hubiera tenido a alguien cerca que le disparara cada minuto de su vida.

                -¡Menuda diversión!- dijo Bobby Lee, uno de los forajidos.

                -Cállate -saltó el Desequilibrado- no hay verdadero placer en la vida”.

    Flannery O´Connor escribió sobre el bien y el mal. Un tópico que está en la literatura, como uno de sus grandes temas. El costado interesante de este escrito es cómo la escritora caracterizó al malo. Este desequilibrado es perverso porque lo ha decidido él. En otros muchos libros el mal es consecuencia de una causa que suele estar en la sociedad, en la infancia violentada por pederastas y carencias, o procede de un daño o injusticia en la adolescencia, en una violación o adicción a sustancias, la pobreza, enfermedades, el hambre, el resentimiento, incluso en problemas mentales.

    Los periódicos, los Medios, muchos Psicólogos, médicos y demás gente especializada, nos hablan de los abusos infantiles, del maltrato allá lejos, en la primera infancia y también después, de donde salen los desgraciados, los narcotraficantes, algún presidente, funcionarias que no reparten comida, curas depravados, diputados corruptos.

    Flannery nos afirma, en cambio, que hay gente cruel porque gozan con el sufrimiento ajeno, pero lo hacen desde la posibilidad de negarse a realizar un daño, porque tienen albedrío para optar. Entonces, a veces, el malo no es un individuo que alcanzó ese nivel moral por motivos extraños a él, sino que es así por elección. Este punto es importante, porque estamos acostumbrados a que los malos nunca sean responsables de sus actos. Los malditos que desatan guerras y estragos, los pérfidos y sádicos en un núcleo reducido, en un club, en una familia, en una congregación, en la Cámara de Representantes, o en las redes sociales; los que reciben dádivas o pagan, son traidores, son malos, están al lado de los asesinos, de los femicidas, porque son tan bajos como ellos. Son una caterva de malandrines que, pudiendo haberse quedado en el lado luminoso de la vida, desertaron del bien y eligieron el mal. Son culpables sin atenuantes, por atentan contra la comunidad o las personas, contra la pareja, los ancianos, los vulnerables, es decir contra la humanidad.

    La ficción, dijo la autora, opera a través de los sentidos. Ningún lector creerá nada de mis relatos, a menos que se le permita experimentar situaciones y sentimientos concretos. La primera y más obvia característica de la ficción es que transmite de la realidad lo que puede ser visto, oído, olido, gustado y tocado. Cuando leemos, Un hombre bueno es difícil de encontrar, parece que viajamos con la familia, vamos en el coche, con la pelea de los niños, la abuela que ronca, la monotonía del matrimonio, el llanto del bebé. O en la parte que se cuenta cuando se detienen en una gasolinera del camino a comer algo. La escritora lo hace tan bien, que da la impresión que estamos ahí.

    Un cuento, escribió la autora refiriéndose en general a la literatura, es una forma de decir algo que no puede decirse de ninguna otra manera. El problema del cuentista reside en cómo hacer que la acción que él describe revele tanto como sea posible el misterio de la existencia. La universalidad de cualquier prosa bien escrita, reside en ir más allá de la anécdota, sin que se note. Un personaje, de un cuento que pretende ser literatura, no tiene porqué preguntarse sobre Dios ¿por qué no está, ante esa injusticia; o está, y no lo sentimos? Sin mencionarlo siquiera, el escritor debe inducir al lector para que sea él el que se haga las preguntas. Diez años después de Un hombre bueno es difícil de encontrar, Truman Capote publicó A sangre fría (1965), el caso de la familia Clutter, asesinada sin motivo. En 1999 se produjo la masacre de Columbine, donde dos estudiantes asesinaron a tiros, a 124 compañeros y a un profesor, dejando muchos heridos; pero en EUA ya se contabilizan más de 400 muertes en colegios secundarios. Estas historias (hay muchas más) fueron llevadas a libros y películas, donde se hizo visible el costado absurdo, doloroso, bestial, de una sociedad en crisis. Flannery ya se cuestionaba, dónde está el Bien, en ese entretejido social.

    ¿Cuál es la forma del cuento?, termina preguntándose O´Connor. La forma de lo que se trata de contar, ella responde, no está afuera del cuento, es orgánica al cuento mismo, crece desde el material, no puede ser reducido ni expandido, y su lenguaje va acorde con lo que dice.

    Debe haber algo, algo, que nos haga repasar de nuevo el relato, algo para descubrir, por ejemplo, dónde está el error de los personajes, o los aciertos; cuán lejos o cerca estamos de esa vorágine que nos impacta, que nos muestra las costillas de la literatura (porque la escritora va al esqueleto del drama), y las costillas nuestras, en forma refleja; o que nos da un cross en la mandíbula, no para dormirnos en la lona, sino para despertarnos, zamarreados por la lectura, pero lúcidos, verticales, arriba, avisados, atentos, en la arena de la vida, o para decirlo al estilo O´Connor, en la confusión de sus desmanes.

    Carson McCullers. El amor es triste e inconveniente

    Una noche de junio de 1953, Carson McCullers, nuestra tercera mujer en este resumen de escritoras norteamericanas, que publica Neaconatus, llamó urgente, desde un hotel de París, a su amigo Tennesee Williams, que paseaba en la ciudad, porque su marido, Reeves McCullers quería matarse, arrojándose al vacío. En el vano de una ventana, amagaba tirarse. Llegó el escritor y convenció al posible suicida, que no lo haga. Entonces le preguntó por qué deseaba eliminarse. “Soy homosexual”, reconoció Reeves. Williams se rio, y dijo, “mucha gente lo es (él también era gay), sin necesidad de saltar por la ventana”.

    En aquella época, antes de la rebeldía de Stonewall, esa condición traía muchos problemas. Adelantándonos, digamos que Reeves, de personalidad depresiva, terminó matándose en noviembre de ese mismo año, con una sobredosis de droga y alcohol. Pero si retrocedemos en la historia, este hombre, que sabía, a fines de la década del ´30, que su novia Carson era lesbiana (“y no me importa”, aclaró) se casó con ella dos veces (la primera vez, ambos muy jovencitos) y dos veces se divorciaron. Ella sufrió conflictos de identidad de género, desde la adolescencia, cuando se enamoró de su profesora de piano. Fue un despertar sexual tumultuoso, ambiguo, apasionado, que continuó así hasta su muerte. Se sabe, por ejemplo, que tuvo romance con otros amigos y amigas, y con su terapeuta, Mary Mercer.

    Lula Carson Smith nació en Columbus, Georgia en febrero de 1917. Siendo pequeña descartó su primer nombre. Tempranamente demostró aptitudes para la música y la escritura. Con diez y siete años se trasladó a Nueva York. Trabajó de mesera y paseadora de perros, y escribía. En 1937, con veinte años, se casó con Reeves McCullers (“nunca vi un hombre tan lindo”). Ella adoptó el apellido de él, y publicó El corazón es un cazador solitario, con un éxito inmediato. En 1941 editó Reflejos de un ojo dorado, que fue llevada al cine con Marlon Brando y Elizabeth Taylor, y fue otro éxito. La escritora era la sensación literaria de aquellos años. Pronto salió La balada del café triste, donde la protagonista se enamora de un jorobado, y en 1946, el libro que según los críticos fue su obra maestra: Frankie y la boda, alabada, entre otros, por el New York Times (“rara vez se ha transmitido con tanta delicadeza la turbulencia emocional”). Tenía treinta años y era famosa.

    Nos gustaría repasar el cuento Un árbol. Una roca. Una nube, que data de 1942. Es un cuento de siete páginas, sencillo, directo, sin muchos personajes, pero impresionante. La trama es simple: un vendedor de diarios, de unos doce años, ingresa a un bar, al amanecer, a tomar un desayuno. Allí hay pocas personas, pero hay uno (muy especial) en la esquina de la barra, que, tomando cerveza, lo llama y le empieza a hablar. Este cuento posee algo de la rudeza, de la frialdad, la soledad y melancolía de los relatos de Hemingway. Está despojado de todo ornamento, va al núcleo del conflicto. ¿De qué hablaba el desahuciado señor de la esquina del mostrador? Mientras afuera caía una lluvia negra, la calle estaba desolada y vacía, los pocos parroquianos murmuraban entre ellos, y solo de vez en cuando levantaban la cabeza ante las acotaciones de Leo, el dueño, que estaba ahí, como siempre, malhumorado, mezquino, con su trapo o repasador de limpiar mesadas, al hombro, sirviendo cerveza y aplastando tocinos en la parrilla. ¿De qué hablaba el hombre? Del amor.

    El amor, según Carson, procura construir un discurso, un dispositivo de transferencia, digamos, que ayuda a aliviar la orfandad humana, casi diríamos la orfandad ontológica, que en nada se distingue de la rueda del mundo, en el sentido que no es verdadera ni falsa, porque todo amor es ambas cosas a la vez. Nadie puede comprender las razones por las que alguien ama (o deja de amar), ni cuál es el secreto de la elección. Porque en el amor hay elección, la persona elige a otra persona, entre miles, para quererla. Ni el enamorado o la enamorada, lo saben. En este tema hay que desprenderse del sentido común, eso de que uno ama lo bello, o lo bueno, porque no es cierto. De golpe, como un misterio más de los muchos que nos rodean, uno (una) ama, siente una atracción irrefrenable por otro ser, para el cual el enamorado pretende justificarse a sí mismo, en sus cavilaciones, en la profundidad de la noche, pero que es en realidad una explicación, un análisis autocomplaciente, una argumentación floja de papeles. ¿Por qué? porque busca confirmar lo que se siente de manera arbitraria, subjetiva. Ese juicio en la oscuridad y el silencio, se dicen todos (todas), y es igual en todos (todas). Y ese sentimiento, el amor, es casi siempre, inconveniente, dice Carson. Y agrega, no solo en este cuento, sino en toda su obra, que el amor solo en apariencia es alegre. Se disfraza de alegría, para disimular su debilidad.

    El hombre le cuenta al chico que sigue ahí con sus diarios, con un hombro más levantado para que no se le escape la correa del bolso, que él deambulaba por la vida hasta que encontró a una mujer que fue su esposa, y que a partir de entonces sus días cambiaron para bien, fue un hombre feliz. “Esta mujer era para mi alma, algo así como una cinta que ataba los sentimientos más hermosos y los pequeños placeres sueltos”. Y le contó al muchacho, que un día al volver del trabajo ella se había ido para siempre. “La busqué, la busqué por todos lados, durante años, y no la encontré”. Le contó que pensaba tanto en ella, que le surgía en cada momento. Que parecía que la cosa se había invertido y que, con el paso del tiempo, era ella la que lo perseguía a él, porque se le presentaba de sopetón en cualquier sitio, en cualquier lugar creía verla. Entre realidad y sueño, la cosa se había vuelto un lío. Él deseaba olvidarla y ella se asomaba en todos lados. Esa presencia fantasmal era como una espina de miedo. Miedo a la pérdida definitiva, incluso de las visiones o de la memoria, miedo a que se desbarranque la experiencia común, a dudar de que la historia haya sucedido. Amar, nos dice McCullers, es entregarse al otro, darse, sin esperar beneficio alguno. En esa entrega está el peligro, la vulnerabilidad del amante-amado. Además, en el amor no hay negocio: uno (se) da sin esperar nada, hay entrega, sin beneficio de inventario.

                -Hijo -dijo el hombre – ¿sabes cómo debería empezar el amor?

    El chico seguía sentado, pequeño, callado, tranquilo. Poco a poco movió la cabeza. El viejo se acercó más y murmuró:

                Un árbol. Una roca. Una nube.

    Todavía llovía afuera en la calle: una lluvia sin fin, suave, gris, incesante. La sirena de la fábrica sonó para el turno de la seis. Los tres obreros pagaron y se fueron. En el Café no quedaban más que Leo, el viejo y el chico de los periódicos.

    Bukowski dijo que Carson McCullers nos dejó libros de aterradora soledad, de amor sin amor. Y que este cuento “nos da una sensación de fantástica pocilga, de magia en la inmundicia”. Si bien en Un árbol. Una roca. Una nube, se menciona con vulgaridad a los recuerdos que un día hicieron feliz al hombre de la esquina de la barra, ahí, en esos resquicios de una charla, en un bar, al amanecer, con la lluvia afuera, en realidad el hombre le habla al canillita, del amor como el más alto y puro sentimiento. Pero la amargura que trasunta, es grande. Pareciera que la tesis de la escritora es que el ser humano no está hecho para el amor.

    Ella tuvo una salud débil. Contrajo fiebre reumática en la infancia y a lo largo de su accidentada, tumultuosa, vida fue operada varias veces y sufrió derrames que la incapacitaron hasta llegar a la silla de ruedas. Sus últimos tiempos fueron físicamente muy malos, con ataques al corazón, y cáncer de mama. Murió a los cincuenta años, en 1967.

    ¿Quién puede considerar que una escritora, ha triunfado? Joyce Carol Oates, Flannery O´Connor y Carson McCullers, fueron tres escritoras que vivieron en forma contemporánea y fueron célebres en su tiempo. Escribieron de manera cruda, sin ambages, ni de forma edulcorada, redactando sus historias dentro de la sociedad que vivían, y que a ellas, sin ser directas, les parecía una sociedad desencajada, de tedio, de rutinas, de cálculos materiales.

    Desde Neaconatus queremos hacer notar que fueron mujeres (es una obviedad, pero debemos insistir en esto), en un mundo de hombres, de machos, de guerreros, en medio de una guerra global, con la prepotencia de la fuerza, y con prototipos sociales que, salvo leves modificaciones, continuaban las costumbres decimonónicas.

    El mundo ha cambiado sustancialmente, desde entonces, ha dado una vuelta cambota, en las últimas tres o cuatro décadas finales del siglo XX, con la tecnología, la música, las costumbres, la caída simbólica del muro de Berlín y la creación de nuevos paradigmas, etcétera, impensables hace 70, 80 años. De aquí podríamos deducir que las páginas de estas escritoras bien podrían haber quedado vetustas, anacrónicas. Sin embargo, sus obras continúan vigentes. En el fondo siguen siendo actuales, porque más allá de los modos y modas, de la conquista de derechos, del feminismo, de la tolerancia (y también, de esta actual ola de reacción fascista, que será pasajera, para suerte de los pueblos), más allá de las permutaciones y hasta podríamos afirmar, más allá de la decadencia evidente en la que estamos, los seres humanos, no hemos evolucionado mucho, ni siquiera para bien. Aquí está “el mensaje” y vigencia de las tres autoras. ¿La “conquista del espacio”, nos ha servido para algo? Más bien en esta bendita Tierra estamos en peligro de extinción por acción de los propios humanos.

    Dentro del mundo de la edición, que a nuestra revista le preocupa (porque el panorama actual es, realmente, lamentable), queremos difundir, aunque sea nombrar o comentar, a estas escritoras muy buenas, y bastante extrañas en el mundo literario misionero y de la zona.

    Ellas perseveraron en la singular exploración del alma humana, no importa si esa búsqueda estuvo errada, si sus tesis no fueron o no son ciertas, o simplemente alumbraron la oscuridad que nos rodea. La literatura no es una ciencia para descubrir y sanar entuertos psicológicos, dramas sociales, o solucionar la desolación de la política, ni siquiera (en primera intención) para dejar testimonio de nada, el escritor (la escritora), no es un escribano, ni un historiador, ni un periodista. No es, tampoco, un agrimensor del alma humana, ni un espectador privilegiado en el ring side, para mirar pasivamente lo que sucede en el cuadrilátero de la vida. Con crear mundos (puede ser a partir de este) la existencia de la literatura ya está validada.

    Lo que hicieron estas escritoras es tomar ese camino y hurgar en el misterio de la existencia. No es un acto menor. La victoria de ellas reside en sus páginas. Los datos biográficos que consignamos, solo están para verlas en su dimensión humana.

     

     

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