
Por NEACONATUS
Si es necesario definir concisamente frente a qué nos enfrentaremos al leer la novela Tierra Colorada de Mirtha Amores publicada por Ediciones Diotima y que en Posadas puede adquirirse en la librería Tras los Pasos, vale recurrir a las palabras que Gigliola Zecchin (Canela). La periodista cultural nos advierte que estamos por abrir la puerta a un enigma que nos llevará por los pasillos del género policial, una novela negra, quizás lo que hoy se da en llamar un noir. En consonancia con Gigliola Zecchin el texto nos ofrece una polisemia de territorios, personajes y circunstancias históricas que turbarían al mismísimo Chandler.
Viajamos por Barcelona, Buenos Aires, Posadas, deambulamos por un hospital esterilizado de maldad donde repta la violencia tortuosa, macheteamos picadas en el Teyú Cuaré del monte misionero y nos acechan mitos ancestrales. La razón jaqueada por la alegoría, lo veraz (la verdad irrevocable) y lo verosímil (la credibilidad inducida) se registran como diagnosis en historias clínicas, la sombra siniestra de la represión cívico-militar, la neurología docta copulando con el mundo místico, lo onírico desvelado por la lucidez enceguecedora. Con todo esto brega Mirtha Amores. Quizás porque los géneros han mutado y transformado en espacios contenedores heterodoxos, marcos donde podemos acorralar todas nuestras libertades de producción, juegos de la imaginación y obsesiones emocionales-afectivas.
Los géneros editoriales han estallado por los aires de la transgresión creativa, porque la vida misma así lo dispuso. Antes supimos tener existencias lineales, con caminos vivenciales plenos de marcas y etiquetas, hoy subsistimos dentro de laberintos de sinsentidos que nos obligan a improvisar soluciones y nuevas lógicas en nanosegundos. Los subgéneros literarios, abiertos e iracundos, amenazan el encorsetamiento narrativo de las categorías preexistentes.
Mirtha Amores es una profesional de la neurología y adhiere al budismo Zen, vaya dialéctica de sinapsis neurotransmisoras. Por lo tanto, a la hora de crear, conexiones literarias no se amedrenta ni refugia en tópicos temáticos. Y su libertad descriptiva nos permite ir más allá del spoiler, para eso invitamos a leer el libro, permitiéndonos reflexionar y pensar que, en el fondo el género policial es un intento de testimoniar el sistema en el que moramos, gozamos y sufrimos como patológico, y el mayor delincuente son las relaciones hipertrofiadas, monstruosas, del capitalismo. Para eso operan las dictaduras disciplinadoras. Si las instituciones actuales protegen al que porta armas, e incluso si dispara, estamos en problemas. Los jueces avalan ese accionar. La tecnología profundizó las diferencias a favor de una minoría, de una élite, de avaricia inmensa. La estructura social es al crimen lo que Microsoft y Apple son a nuestras computadoras. No basta cambiar el ordenador, sino el sistema operativo.
¿Cómo escribir sobre el homicidio cuando deja de ser un dato anormal o un efecto indeseado, para transformarse en el corazón mismo del sistema socio-económico-político? Biopolítica delictiva, no olvidemos que parte de la acción transcurre en un hospital. Quizás el género policial deba contemplar el desvío de la causalidad del crimen. Debido a su popularidad (51% de lectorado femenino y 37% del masculino: sí, las mujeres leen más policial que los varones) posee una ventaja enorme en llegar al centro de la llaga. Tal vez porque fueron ellas las víctimas seculares en el devenir de la historia.
James Ellroy, un escritor duro y de humor oscuro, cuyo estilo es despojado y seco, opinó que la literatura policial de hoy es la prolongación de la tragedia griega. Es interesante la observación, una de las características de este siglo inicial y de las últimas décadas del que feneció, fue y es la pérdida en la sociedad de la significación trágica de la vida, aquella que poseían, justamente, los griegos. Para decirlo de manera corta, la tragedia es el choque del ser humano contra la fatalidad. Ese mazazo que recibirá tarde o temprano es, nada más y nada menos que la muerte. El héroe de la tragedia griega no puede cambiar su Sino. Nosotros tampoco. Pero actualmente se le ha quitado este alcance a la existencia y tratado de hacerla liviana, infinita, dulce, redondeada, juvenil, fresca. La muerte es un fenómeno del que no cabe hablar. Unamuno decía que comemos, bebemos, fornicamos, dormimos, nos divertimos, trabajamos, leemos, pero… vamos a morir, y es aquí donde reside el conflicto. Porque -la verdad- no queremos morir. Si escribimos es porque no queremos morir. En la sociedad moderna se oculta la finitud como algo humillante, cuando deberíamos considerar que dejar de existir en esta dimensión es un mero tránsito de un extremo al otro en el segmento cósmico. A los moribundos se los lleva a los hospitales para que fallezcan silenciosamente. A los muertos se los maquilla para que parezcan vivos. En la tele y en todos lados, se canta al consumo, a las formas y a la alegría. El crimen aséptico. Sin embargo, la muerte siempre es una presencia inevitable. Para eso está el policial. Para no naturalizar a la muerte, para no banalizarla. Para recordarnos que es nuestra sombra y nos sigue a hurtadillas.
Después de leer libros policiales uno se cuestiona por qué se sigue asesinando, por qué hay conflictos gigantescos, por qué se hunden barcos de inmigrantes en el mediterráneo (la novela menciona a Barcelona, tal vez una de las ciudades más conscientes de este drama) y otros mares, por qué se reprime, por ejemplo, cada miércoles a los jubilados, por qué el 90 % de la población mundial pasa hambre, y por qué se mata desde el Estado. Para demandar están los escritores de policiales, la literatura es una vía excepcional y certera para buscar respuestas. La vida es noir, una novela negra. El andamiaje de esta tóxica y virósica contemporaneidad tecno-feudal se manifiesta en el lenguaje, no solo en las palabras, sino en todo tipo de expresión. Pero en nuestro caso, la literatura, nos interesa el lenguaje, las palabras de los cuentos y novelas. Para hablar de los tiempos que habitamos, nada mejor que ese poder de las palabras organizado en el género policial, hoy (como adelantamos al principio) polifacético, amplio y emancipado. Puede que estos relatos sean los más aptos para “señalar que el rey está desnudo”. Aquí se manifiesta el desafío: arrancar la careta de una estructura injusta, con literatura. La novela social al estilo decimonónico está superada, la psicológica también. Por eso nos desvela la creación de una nueva literatura que esté a la altura de este mundo inédito que vivimos. Pero no como mera denuncia militante y declamativa. La literatura no dice la verdad o la dice con mentiras. En eso consiste activar la imaginación creativa. Encontrar el punto de ficción, ¿o fricción?, en este tiempo convulso: el gran desafío.
Las novelas como Tierra colorada de Mirtha Amores nos guían en un proceso progresivo que podría haber iniciado un Poe. Luego evolucionó exponiendo, ya no a la víctima que sorpresivamente se encuentra con su destino aciago, sino la fermentación de una comunidad desquiciada. Pero Marlowe o Spade ya no podrán hacer nada. Ambos se refugian en el cinismo y se entregan a la resignación. Continuó el cambio y llegamos a un Hannibal Lecter y a Lisbeth Salander que también señalaron las deformidades de su época. Todavía se puede avanzar más, para NEACONATUS existe un neogótico litoraleño con mucho por dar aún.
En esta novela el índice numérico final con referencia a ciudades y fechas nos permite tripular una máquina del tiempo junto a una abuela omnipresente, gitanas, comics, encuentros y desencuentros familiares, sociales, profesionales, cajas azules (¿David Lynch?), madres con mensajes temporales, anillos arquetípicos, medallitas religiosas, la tumoración enquistada de “la guerra sucia” que hizo metástasis en el seno de familias y amigos. Todo nos insinúa que el destino es “chambón” (Cancela-Lusarreta).
Aconsejamos leer Tierra colorada de Mirtha Amores, prima el género de suspenso. Pero ¿cabe aún ceñirse a la ortodoxia de los géneros editoriales? Para J.M. Le Clézio “las estructuras de los géneros son débiles”. Y cada día se acentúa esta lasitud. Tierra colorada es ejemplo palmario desde perspectivas donde se cruzan diversas peripecias.
Finalmente, el texto inspira sanación a través de la comprensión de lo velado o intuido, esquivando a los demonios medicalizantes y forenses de Foucault que agreden desde muchos párrafos de esta novela. Pero el crimen global es político y no respeta ámbitos éticos colectivos o íntimos.
Tal vez jamás descubriremos la cura posible porque preferimos perseverar en la enfermedad y la pérdida. Y la tierra colorada vire a un rojo sangre.