
Por NEACONATUS
Recientemente el escritor y periodista Roberto Maack presentó Él último Apóstol, su nuevo libro de relatos, en el espacio Tanta Tinta. Se trata de la segunda entrega de la serie Cuentos en ruinas. El libro reúne siete relatos que entrelazan historia, mito y memoria para reconstruir las ruinas físicas y espirituales del pasado misionero y guaraní.
Cabe destacar que al evento se sumaron las voces privilegiadas de los escritores Osvaldo Mazal y Evelin Rucker, en una velada que incorporó la música en vivo del cantautor Martín Verón y las obras pictóricas sobre temática jesuítica de Juan Carlos Cendra.
En un logrado juego discursivo, Mazal eligió traer al escenario a El Moro, protagonista de “La profecía del agua” -cuento que abre el libro- a través de palabras que el personaje supuestamente le habría compartido en sueños. Desde esa estrategia y apoyándose en el humor y la ironía recorrió los cuentos y desafió al autor, llegando incluso a proponer crear un sindicato de personajes de los Cuentos en Ruinas, serie a la que pertenece la obra expuesta.
Rucker se declaró ferviente lectora de las obras de Maack. Destacó el ritmo atrapante de los relatos, se detuvo en el cuento “El grito” del que advirtió, sin espoilear, que tiene un cierre desesperante y pidió más espacio para El Moro en una futura novela.
Ambos escritores coincidieron en la calidad de la escritura de Maack, en lo atrapante de su estilo y la riqueza y peculiaridad de sus personajes. Al momento de las preguntas, el autor respondió consultas del público sobre el porqué de la elección de la temática jesuítica, la creación de los personajes y la vinculación de la obra con su infancia y su propia experiencia lectora.
En su trabajo literario, a través de una prosa envolvente, Maack combina la precisión histórica con la fuerza de la ficción, mostrando cómo el tiempo, la fe y la violencia moldearon la identidad de la región guaranítica y sus pueblos. En “La profecía del agua”, la tragedia de un bandeirante y una joven guaraní revela el peso del destino y la redención. “El túnel” y “El guardián de la ciudad oculta” exploran los secretos enterrados bajo la tierra y la memoria. “El padrecito” rescata la figura del jesuita Martín Schmid, símbolo de sacrificio y fe. “El grito” conecta la mitología popular del Pombero con la trata y la pérdida. “Nuestros hermanos, nuestros enemigos” reescribe la voz de los jesuitas perseguidos, mientras que “El último apóstol” actualiza la búsqueda de una verdad prohibida.
Con un estilo sobrio y poético, Maack transforma el pasado en materia viva. Cuentos en ruinas II es una arqueología literaria del alma latinoamericana: entre la fe y el miedo, la ruina y la esperanza, la palabra se erige como único refugio posible. Sin duda estas descripciones aportadas por los participantes que tuvieron a su cargo interpretar (tanto los escritores invitados como el autor desde su vivencia literaria), construyen una imagen plena de los contenidos propuestos por el libro.
Neaconatus, en primer lugar, cita palabras compartidas con Roberto Maack que exponen unas aproximaciones a su proceso creativo. El joven autor nos revela que “intento contar una buena historia, hacer ficción desde un lugar donde estoy cómodo. Después puede ir más para un lado o para otro. No lo busco a propósito, pero puede suceder.” Asimismo, al definir el rol militante de los jesuitas precisa que “eran sacerdotes. Parte de una orden que respondía a una iglesia. Tenían sí, las particularidades de esa orden, muchos profesionales (arquitectos, músicos) y eso definió una forma de evangelizar. Pero la mística que tiene y da lugar a la ficción, es que fue un proyecto inconcluso. En ese qué hubiera pasado si… caben muchas cosas”.
A partir de este portal que abre el libro nos permitimos introducir intervenciones periféricas a la obra. Una frase la consideramos muy sugestiva: qué hubiera pasado si… Esta contingencia interpretativa que desliza Maack, nos concede reflexionar sobre el proceso histórico de las Misiones Jesuíticas como una ucronía, que a su vez sintoniza con una utopía y deja entrever una inquietante (y no asertiva) distopía.
Los jesuitas fueron viajeros en el tiempo y el espacio, no son meros “sacerdotes” que recorren el planeta evangelizando a través de la religión cristiana. ¿Por qué nos arriesgamos a la palabra ucronía? Maack nos da otra pista cuando afirma que fue “un proyecto inconcluso”. Desde esa frase, entonces sí, podemos decir que como ideal alternativo social que no tuvo un cierre feliz, desaparecieron, no encontrando su lugar en el mundo, entonces gestaron una utopía, al no constar en ningún espacio. Pero coexistieron también como ucronía porque supieron ser y estar en un tiempo del que no conocemos cual hubiera sido su devenir en acto. Quizás todo aquello fue una ficción maravillosa que sólo quedó en el “y si…” porque algunos en Europa se vieron amenazados por ese Estado paralelo que recorría creando interculturalidad desde el fondo de América del Sur hasta California, con expansiones hasta Japón.
¿Arriesgaríamos a concluir que no fueron una distopía porque no se dio un final catastrófico? ¿Y si eludiéramos el espejismo (incierto) del control autoritario y optáramos por un ejercicio histórico de resistencia? No se verificaría uno de los presagios sombríos al estilo Philip K. Dick.
Para intentar incentivar a que los misioneros leamos a nuestros autores misioneros, hemos registrado unos pocos extractos históricos inapelables. Quizás a algunas familias les interese compartir con sus hijos e hijas estos factores que no hacen a nuestro presente Smart, robótico, gamer o IA. Son sólo cosas que tuvieron lugar en un pasado que nos escamotearon o, quizás, nos vendieron adulterado. En Neaconatus creemos en la frase de El Eternauta: “Lo viejo funciona, Juan”. Puede que sí, puede que no, vaya a saber.
Comencemos por la, manipulada y tergiversada, cuestión “de las armas”. No se ha difundido mucho, tal vez por intereses creados, el hecho de que el fundador de la orden: Ignacio de Loyola, de soldado pasó a ser sacerdote y fue el creador de la Compañía de Jesús. Asimismo, Ruiz de Montoya solicitó y obtuvo el permiso por real cédula, de que en la Reducciones jesuíticas de América del sur los curas tuvieran armas para defenderse de los bandeirantes. Fue en 1640 y el rey de España era Felipe IV. Esta decisión y su implementación (los aborígenes fueron adiestrados por los religiosos) fue decisiva para el triunfo contra los invasores que venían a secuestrar personas para llevarlas a los socavones de Minas Gerais como esclavos para extraer oro. Momento álgido, la batalla de Mbororé que ocurrió entre el 11 y el 18 de marzo de 1641 sobre el río Uruguay.
Hay más cuestiones poco divulgadas. La iglesia católica tiene corrientes, órdenes y congregaciones, pero la más controvertida y que, a la vez, ha ganado más respeto es la de los jesuitas. Poseen una formación teológica y cultural que los otros grupos no tienen. Estaban preparados para cualquier labor que se les indicara realizar. En esa acción ponían “hasta el cuerpo” para cumplir la misión. Hoy día es la congregación más grande del mundo católico, están en todos los continentes e influyen e influyeron en numerosos gobiernos políticos y toma de decisiones. Siempre el hábito de los jesuitas fue la sotana negra con un cinturón. En los últimos años también visten con el clergyman blanco y camisa negra o de civil directamente. Un dato, mundanal y aggiornado, a tener en cuenta.
No se pueden entender las “Reducciones” sin conocer las tensiones americanas, los conflictos entre potencias europeas y el estado en el que vivían las tribus que iban a convertirse en víctimas pasivas, y luego en actores principales. Aquí entra el Vaticano y el Tratado de Tordesillas (1594) que delimitó el imperio portugués (hacia el Este) del español (hacia el Oeste). Y aunque hubo una unión teórica de las coronas de la península (1580), no sobrevino una paz cierta. En este ambiente de conflictos se inscribirá la historia de las reducciones.
No todo puede leerse desde una cuestión diplomática o de fronteras, de tierras más o de tierras menos, reptaba en el fondo un problema cultural, metodológico, y hasta de rapiña y exterminio. Del lado español no eran santos, pero del lado portugués era la ley de la selva. Habían creado (ideadas por los ricos terratenientes extractivos) bandas de feroces indoportugueses, llamados mamelucos, que se lanzaron a cazar “salvajes”.
Entre los años 1610-1767, en medio de esta guerra no declarada, se levantó la “república de los guaraníes” que, según los términos de la Compañía, se llamó “Paracuaria” y creció con una nueva concepción más humanística, intentando corregir un estado de cosas que llegó a ser cruel y depredador. A los europeos los conocemos, pero ¿quiénes eran los guaraníes? Ellos formaban la más numerosa tribu o confederación de tribus en América del Sur. Los jesuitas aprendieron el idioma original. Ruiz de Montoya estableció una gramática y un léxico. Desde 1615 ningún sacerdote fue enviado a las reducciones si no sabía guaraní. Indujeron una “revolución cultural”, porque con ellos los aborígenes accedieron a una agricultura elemental, de ser cazadores y recolectores pasaron a producir huertas, maizales y mandiocales alrededor de los muros de los asentamientos.
Desde la perspectiva de Neaconatus, lo que más inquietó al mundo eurocéntrico fue el factor “político” de esta gran gesta histórica. La ausencia del poder institucionalizado y secuestrado. Los jefes (caciques) ejercían una autoridad provisional equilibrada por otros chamanes. Y tanto unos como los otros (caciques y chamanes o brujos) tenían que rendir cuentas de sus actos, ellos se debían al grupo, y no el grupo a ellos. Cada reducción era una especie de sociedad casi autónoma, no había poder superior (excepto para los jesuitas que era Dios), por ventura, ¿un proto anarquismo práctico?
La Compañía de Jesús fue expulsada de América por la manifiesta antipatía de cuatro monarquías europeas: Lisboa, Madrid, París y Nápoles. Hay en esta movida otros ingredientes de tipo filosófico, juegos de señoríos, una interna en la Iglesia, y el desgaste de un sistema, el absolutismo, que iba a hacer eclosión en 1789 con la revolución francesa. Aunque suene antipático, no se debe eludir mencionar y tener en cuenta que esta orden religiosa nació en Europa como respuesta a la Reforma con un fuerte espíritu romano y germánico de “imperio”. Pero con la siniestra geopolítica que hoy nos subsume globalmente, recordar estos tiempos compuestos casi con moldes “poéticos” (aunque un tanto contradictorios), puede ayudarnos a lograr una inspiración de cambio colectivo y solidario.
Agradecemos a Roberto Maack sus historias estimulantes en un tiempo en el que hemos retrocedido hasta, quizás, una cultura política y social neomedieval. Para Neaconatus un libro no culmina con la última peripecia narrada, es una historia sin fin, y si es buena literatura, sus armónicos narrativos desbloquean nuevas (y casi infinitas) interpretaciones. ¿Qué opinaría don Miguel de Cervantes…?