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Voracidad

    Por Paco Mancera Romero. Málaga, España. Escritor

     

    “… La mujer se desesperó. “Y mientras tanto qué comemos”, preguntó, y agarró al coronel por el cuello de franela. Lo sacudió con energía. -Dime, qué comemos. El coronel necesitó setenta y cinco años -los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto- para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder: -Mierda. …”.

    Acabé el libro. Disfruté de ese regusto final que deja una gran obra. Puro alimento para el alma.

    La tarde caía. La luz solar se dispersaba. Me levanté, encendí la lámpara del salón y miré el hueco que el libro de Márquez había dejado en la estantería.

    Tendría que comer algo, pero cuando ceno tarde, me cuesta dormir. Después de leer no tengo hambre, pero me obligo a cenar. Fui a la cocina, abrí la nevera, cogí una cuajada, la volqué en un tazón. Abrí el armario sobre la encimera, donde guardo la miel. Fui generoso al escanciarla sobre mi cena. Cogiendo una cuchara, apagué los fluorescentes y salí de nuevo al pasillo.

    Tras avanzar un par de metros tuve que parar, mi atención había sido secuestrada por la sobrecubierta ajada de un volumen. Lo retiré de la estantería, encendí el televisor, sintonicé el canal donde se repasan las noticias del día. Será efecto de la enfermedad o no, pero ya no soporto ni las películas demasiado verosímiles, ni las tertulias televisivas estridentes y atropelladas. Bajo un poco el sonido y comienzo a cenar. Tomo el libro y observo la curiosa portada: Empresarios y Magia escrito por Graham Cleverley en 1971, editado en castellano por primera vez en junio de 1973. Son 243 páginas de letra pequeña en papel que comienza a amarillear. La de mañana será una enigmática lectura.

    Acabo la cuajada, apago la televisión. Comienzo la rutina para acostarme: lavar los dientes, ponerme el pijama, bajar la persiana del dormitorio, tomar las pastillas, encajarme la férula de descarga para paliar mi bruxismo nocturno y apagar el flexo. Desconecto el grabador mental: a dormir.

    Conecto el grabador mental. Miccionar siempre me produce un dulce alivio. Me observo en el espejo. Los estragos de esta noche no han sido excesivos. Comienzo la rutina del desayuno: saco el pan del congelador y lo pongo en el microondas, saco la botella de leche y el blíster de salchichón ya cortado. Cierro la nevera. Saco el cuchillo de cortar el pan y la sartén del mueble, bajo la placa de inducción. Cojo una taza y la aceitera. Vuelvo a mi habitación, recojo las pastillas de la mañana, las dejo en la mesa de café frente al televisor que enciendo y sintonizo el canal 24 horas de noticias. Vuelvo a la cocina, saco el pan del microondas, lo parto por la mitad, enciendo el fogón y pongo los dos trozos en la sartén. Vierto leche en la taza, extraigo tres rodajas de vianda. Guardo la botella y el salchichón en la nevera. Espero a que el pan emita ese adorable olor a pan tostado. Apago el fuego, aceito las tostadas y coloco el fiambre de pavo. Me llevo el bocadillo y el vaso de leche fría al salón. Veo telediarios matutinos mientras desayuno.

    Me entristece ver noticieros, ya que confirman lo que sé: La humanidad ha perdido su humanidad, valga la cacofonía redundante. No sé porque sigo viéndolos. Por suerte mi persistente depresión y mis hábitos personales, han minimizado el contacto con el resto de homo sapiens que infectan y arruinan este planeta.

    Comienzo mi sesión lectora, el mejor momento del día. Me siento en mi sillón, acerco un vaso y la botella de whisky, sintonizo la televisión en una emisora de música clásica. Cojo el libro: comienzo a leer.

    “… Si luego deseamos mantener el rito, mantengámoslo. Si necesitamos su consuelo para protegernos contra el hecho de que unas fuerzas que ni comprendemos ni controlamos determinarán lo adecuado o inadecuado de nuestra decisión, eso, al menos, constituye una manifestación de humanidad. Demuestra que seguimos teniendo algo en común con los hombres de todas las épocas y todos los pueblos. Y eso ya es un cierto consuelo. …”.

     

    Libro leído. Disfruté repasando las extrañas explicaciones del texto. Alcé la vista, era muy tarde, ya no había luz natural. Fui al lavabo, meé y me observé en el espejo. Esta vez la reconstitución había sido eficaz. Hoy no cenaré. Mientras iniciaba mi rutina de acostarme, recapacité: cada vez tardo más en leer. Las 243 páginas me han costado todo el día. Desconecto el grabador: a dormir.

    Enciendo el grabador mental. Tras aliviar la vejiga, inicio un zafarrancho de limpieza: una lavadora, barrer y fregar el suelo, cambiar las sábanas, limpiar a fondo el baño y la cocina. Hoy tengo que salir a tirar la basura. La mera idea me da dentera.

    He gastado toda la mañana, hoy la lectura deberá ser breve y ligera, nada de ensayo como ayer, ni poesía. Mientras escojo, me paseo entre las estanterías mitad huecos y mitad libros. Y no me pude resistir a Juan Salvador Gaviota escrito en 1970 por Richard Bach. Inicio mi rutina lectora.

    “… Y aunque intentó parecer adecuadamente severo ante sus alumnos, Pedro Gaviota los vio de pronto tal y como eran realmente, sólo por un momento, y más que gustarle, amó aquello que vio. ¿No hay límites, Juan?, pensó, y sonrió. Su carrera hacia el aprendizaje había empezado… …”.

    Libro agotado. Me supo a poco, leerlo como adolescente estuvo bien, pero ahora, todo un anacoreta, me parece escaso. Me levanté con aprensión, corrí al cuarto de baño. La reconstitución ha sido escasa. Agitado y nervioso, vuelvo al comedor. Son las 21 horas. No hay margen. Mañana tendré que leer uno poderoso, muy poderoso. Ceno. Inicio mi rutina de dormir, al menos descansaré. Apago el grabador: a dormir.

    Conecto el grabador. Tras el obligado paso por el lavabo, tomo las pastillas y me salto el desayuno. Me lanzo sobre la estantería y lo cojo con ansia. Inicio la lectura.

    “… Éstos fueron los versos que se pudieron leer; los demás, por estar carcomida la letra, se entregaron a un académico para que por conjeturas los declarase. Tiénese noticia que lo ha hecho, a costa de muchas vigilias y mucho trabajo, y que tiene intención de sacarlos a luz, con esperanza de la tercera salida de don Quijote.

    Forsi altro canterà con miglior plectio

    FINIS …”.

    Acabé. Descansé unos instantes, estaba mareado y ahíto. Miré la hora: las cuatro de la madrugada. Me levanté, llegué al espejo: me había revigorizado respecto ayer, pero mucho menos de lo recomendado. Cumplí, a duras penas, la rutina de ir a dormir. La psiquiatra revisará mis grabaciones y se enfadará. Desconecto el grabador mental: a dormir.

    Activo la grabación. Me esfuerzo en cumplir todas las rutinas matinales. Me miro atentamente al espejo: seré yo o será la enfermedad, pero juraría que soy más bajo que solía ser.  Marqué mi altura en el marco del espejo, con el precario método de acercarme con un rotulador encima de la cabeza y al hacer contacto con la espalda, rayar de forma horizontal, mientras me aseguro que el rotulador roza constantemente mi cabeza.

    Inició la búsqueda en la estantería del despacho. Hay más vacíos que libros. Percibo un olor extraño. Deduzco que en los huecos se acumula polvo y pelusas. Tendré que ampliar mi rutina de limpieza y dedicar tiempo a repasar estas oquedades. Escojo uno de Boris Vian, el más conocido, gracias a la canción que le dedicaron los de La unión. Comienzo la lectura. 

    “… Apenas recobrada la apariencia de lobo y sin dejar de trotar hacia su guarida, Denis consideró el extraño frenesí que lo había asaltado bajo las humanas vestiduras de segunda mano. Él, tan apacible y tranquilo de ordinario, había visto evaporarse en el aire tanto sus buenos principios como su mansedumbre. La ira vengadora, cuyos efectos se habían manifestado sobre los tres chulos de la Madeleine —uno de los cuales, apresurémonos a decirlo en descargo de los verdaderos chulos, cobraba sueldo de la Prefectura, Brigada Mundana—, le parecía a la vez inimaginable y fascinante. Meneó la cabeza. ¡Qué mala suerte la mordedura del Mago del Siam! Felizmente, pensó no obstante, la penosa transformación habría de limitarse a los días de plenilunio. Pero no dejaba de sentir sus secuelas, y esa cólera latente, ese deseo de venganza no dejaban de inquietarlo. …”

    Lo terminó, fue un magnífico libro.

    Leo el escueto mensaje que ha mandado mi psiquiatra mientras leía:

          “…        1.- Cena todos los días.
                             2.- No te saltes tus rutinas.
         3.- Crea nuevas.
                                             4.- No dejes divagar tu mente.        …”

    Hago mis rutinas de la cena y la de acostarme. No desaparece el sentimiento de culpa, la doctora lo ha removido. Cierro la grabación: A dormir.

    Enciendo el grabador mental. Ejecuto los procedimientos como un robot. Frente al espejo retomo mi libre albedrío, una vez finalizadas mis asfixiantes rutinas. Verifico que hoy soy más bajo que ayer. Igual estoy obsesionado, pero los estragos nocturnos, me están mermando aceleradamente. Ahondo en la certeza: No me esfuerzo lo suficiente. Lucho por dominar mis pensamientos. Fracaso. Finalmente irrumpe la teoría:

    Durante las noches, mientras duermo, los libros vampirizan mi energía vital.

    Una vez roto el dique mental, mi mente febril sigue ampliando y dotando de detalles la nueva explicación a mi situación.

    Los libros son como las plantas: De día me alimentan al leerlos, como si los comiera, por eso desaparecen. Al igual que las plantas toman el CO2 del aire y junto a la energía solar realizan la fotosíntesis; devolviendo al aire oxígeno. Al llegar la noche, las plantas respiran, tomando el oxígeno del aire y convirtiéndolo en anhídrido carbónico. Así, de noche, los libros se alimentan de mí.

    Saltaron las alarmas diseñadas por mi doctora:

    ¡Toma medicación de urgencia!

    ¡Toma medicación de urgencia!

    ¡Toma medicación de urgencia!

    Lo hice, me costó mucho, pero conseguí dormir la siesta.

    Despierto, la grabación mental seguía activada. Es muy tarde ya es noche cerrada. Estoy débil. Leer, tengo que leer, el día acaba. Llegué a la estantería, cogí la breve La invención de Morel. Empecé su lectura.

    “… Mi alma no ha pasado, aún, a la imagen; si no, yo habría muerto, habría dejado de ver (tal vez) a Faustine, para estar con ella en una visión que nadie recogerá.

             Al hombre que, basándose en este informe, invente una máquina capaz de reunir las presencias disgregadas, haré una súplica: Búsquenos a Faustine y a mí, hágame entrar en el cielo de la conciencia de Faustine. Será un acto piadoso. …”

    La exquisita novelita de Bioy Casares se deshizo en mis manos. Estoy extenuado, sin ganas de seguir. Me salté todas las rutinas, tomé una nueva ración de la medicación de urgencia. Corté la grabación. A dormir.

    Conecto la grabación. Inmediatamente me saltan varios mensajes de la psiquiatra y distintos organismos paramédicos. Apago la conexión a la red. Me arrastro al lavabo. El espejo me confirma que, el que se mira no soy yo, ahora ya no. Se acaba, ya no queda nada.

    No sigo ninguna rutina, voy a dejar volar mi mente el poco o mucho tiempo que me quede. Desayuno. No ha quedado nada en la nevera. Me sorprende la gran cantidad de basura acumulada: no la bajaré.

    Me siento en el sillón, sin ningún libro en las manos. Reflexiono. Pese a la ausencia de rutinas, no desvarío en exceso. Redacto un par de mensajes y los guardo. Ahora, el último baile. Me acerco a la estantería del despacho y veo, que en los huecos dejados por los libros leídos, hay algo, como si hubiera crecido y desarrollado. Huele mal. Ya da igual, cojo Las crónicas marcianas.

    Me arrellano en el sillón y abro el libro. Sé que lo voy a disfrutar, Ray Bradbury nunca me ha decepcionado. Leo.

    “… Llegaron al canal. Era largo y recto y fresco, y reflejaba la noche.

    -Siempre quise ver un marciano -dijo Michael-. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.

    -Ahí están -dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal.

    Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.

    Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.

    Los marcianos les devolvieron una larga, larga mirada silenciosa desde el agua ondulada…  …”

    Ha sido tan placentero como recordaba. Me entretengo en observar cómo el ejemplar editado por Minotauro (con prólogo de Borges) se convierte en nada. Ni polvo queda.

    Tras la lectura, me siento un poco mejor, pero no pasaré de esta noche. Los libros se habrán vengado, me habrán vencido en nuestra carrera de extrema voracidad.

    Reestablezco la conexión a las redes, envío los mensajes que redacté y enruto las últimas grabaciones. Corto definitivamente los enlaces al exterior. Los últimos momentos tendrán que recuperarlos de mi cuerpo marchito.

    Cierro la casa, voy al dormitorio, me acuesto. Me permito un momentáneo lapsus de raciocinio, el agotamiento es infinito, ya no me quedan ganas de vivir. Sonrío, el último desvarío me asalta:

    Hasta luego, y gracias por el pescado.

    Cierro la grabación mental: a morir.

    *** **** ***

    El taxi se detuvo en medio de la calle, tras pagar la carrera, el joven de exquisito traje italiano se bajó del coche, abrió la puerta del edificio con un llavero magnético, subió hasta el segundo piso y se colocó frente a la puerta dos b.

    Suspiró, y entró en la casa de su abuelo, donde él y su madre han pasado infinidad de veranos. Delante de él, el corredor, ese largo pasillo cuya biblioteca siempre lo atemorizó. A la izquierda, la cocina estaba abarrotada de basura, apestaba. Cerró su puerta. Las librerías del pasillo estaban atestadas de libros, esos “ladrillos” que su nonno adoraba. Su madre se negó a sufrir más y se quedó llorando en Roma.

    El comedor era un campo de batalla. El sillón de lectura estaba completamente rodeado de montañas de libros en caos absoluto. Un leve rumor se levantó en el pasillo, pero no le prestó ninguna atención. Giró a la izquierda y se adentró en el segundo corredor de la vivienda, este mucho más corto y sin estanterías. El lavabo seguía tan anodino como siempre.

    En frente, el despacho del yayo tenía la puerta cerrada. De crío tenía vetada su entrada, quizás por eso, giró a la izquierda y dando dos pasos entró en el cuarto donde durmió tantas veces. Estaba inmaculado, tal y como lo dejó la última vez que estuvo. El abuelo no entraba jamás.

    Se adentró en el dormitorio principal. Allí, donde los policías municipales decían haber encontrado el cadáver, por llamarlo de alguna manera. Lo identificó por fotos, ya que el cuerpo se descompuso a ojos vista, delante de los agentes. Las gafas, las sempiternas gafas del abuelo lo delataron. Él jamás las habría abandonado, se sentía desnudo sin ellas. Los recuerdos, los buenos recuerdos y la tristeza, la profunda tristeza se apoderaban de su alma. Debía salir de allí, ya.

    Al pasar frente al despacho, percibió bizarras vibraciones. Se sintió constreñido a abrir la puerta. Las estanterías, casi vacías de libros, contenían un ente parduzco, hilachado en fibras blancas y anaranjadas, que pulsaban en sincopado latido. El conjunto era ominoso y su contemplación producía vértigo atávico. El horror paralizó al joven. La respiración del ser primigenio era una colección de jipíos entrecortados y profundos esténtores: heraldos de la señora parca.  El ser empezó a vibrar más intensamente como si detectara la presencia de Adriano. Sobre su fungoso dorso, rápidamente se formó una protuberancia que fluía a pseudópodo mientras se proyectaba hacia el joven. El húmedo contacto con la execrable criatura consiguió sacar del estado catatónico a Adriano. Golpeándose con la puerta, trastabillándose salió al pequeño corredor, comenzó una alocada carrera pasando por el comedor y adentrándose en el largo pasillo. Al cruzar el infinito pasaje, los libros emitían pequeños grititos, como de hambrientos roedores. Salió y cerró con celeridad. Se recostó en el quicio de la puerta y recordó volver a respirar.

    ANEXO

    Este cuento presenta una evidente deuda de gratitud, que paga con el título y este anexo, en concreto con la canción: Voracidad del grupo madrileño La unión y en general con el LP que incluía esta breve (3 minutos y 4 segundos) pero contundente canción.

    Canción: Voracidad. Álbum: Mil siluetas. Publicación: octubre, 1984. Grupo: La Unión. Compositores: los cuatro integrantes del grupo: Rafael Sánchez (voz), Luis Bolín (bajo), Iñigo Zabala (teclados) y Mario Martínez (guitarra). Intérpretes: A los cuatros miembros se les une Arturo Terriza (batería) en el estudio de grabación. Productores: Nacho Cano (Mecano) y Rafael Abitbol. Discográfica: WEA Records (en la actualidad Warner Music Group). Letra:

    Voracidad.

    Mientras, los estantes se vacían
    A causa de tu extrema voracidad
    Y es que comer libros
    Es tu mayor pasión
    Día a día, la biblioteca es menor

    No sé si sí o porque no
    Resulta evidente
    Los libros a tu mente le sientan mal, le sientan
    Mal

    Alicia tuvo un grato sabor
    Boris Vian, esa extraña sensación
    Y es que ahora devoras
    Todo lo que te dan
    Papel y tinta, el resto qué más da

    No sé si sí o porque no
    Resulta evidente
    Los libros a tu mente le sientan mal, le sientan
    Mal.

     

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