
Por NEACONATUS
Por 1967 Roman Polanski filmó la famosa película La danza de los vampiros. Una de las escenas destacadas es la del baile de los “no muertos”. Como cortesanos espectrales, juegan una coreografía en la cual las parejas se intercambian. Pues las palabras son vampíricas, se chupan la sangre entre ellas y van renovando su plasma de sentidos. Cabría también adjetivarlas como “camaleónicas” y cantar con Chico Novarro: El camaleón, mama, el camaleón / cambia de colores según la ocasión.
Ahora saltó a la pista de baile un término de moda. ¿Qué es woke? Una palabra inglesa que quiere señalar a toda forma de progresismo, y que muchos, por ignorancia o de forma intencional, desean hacer sinónimo de izquierda (política). La “popularizó” Trump y la repitió nuestro regente no muy afecto al agua y el jabón.
La palabra “nació” en una canción de 1938, dramática, que defendía la inocencia de nueve afroamericanos en EUA que fueron acusados de un delito sexual que no cometieron. A los nueve los mataron. La letra de la música decía que hay que “mantenerse despierto” frente a la brutalidad policial y estatal. Luego se amplió a toda persona o entidad, que se opusiera al racismo. Más tarde, le hincó los colmillos la derecha política reaccionaria y conservadora, para denostar a la oposición, confundiendo woke (“ser consciente, estar en vigilia”) con la izquierda o el comunismo (Una acotación al margen. Quienes editamos NEACONATUS nos manifestamos recontra repodridos de que usen la palabra “comunismo” hasta para asignarla a los semáforos cuando se ponen en rojo. Conclusión, los semáforos son comunistas…)
Podría inferirse que la ideología woke acentúa lo emocional, por sobre el análisis racional, defendiendo a los marginados, a los que se les negó el acceso a la justicia; y se centra en dos aspectos: el identitario y la raza (paridad de género y justicia racial) aunque también, en algunos casos denuncia medidas discriminatorias (la discapacidad, por ejemplo, o la obesidad).
El presidente argentino, copiando al norteamericano (lo cual ya presume sinapsis cerebrales de alta gama), enreda woke con izquierda (también dice “zurdos” y barbaridades y groserías analfabetas) no sabemos si deliberadamente o (lo que es más probable) por ignorancia. No, es un vampiro más despabilado que el mismísimo Drácula.
Ante esta palabra, hoy un tanto fetiche, que no deja de caérsele de la boca a los dos ídolos de masas, queremos aclarar que no es lo mismo la izquierda política que el woquismo. La primera lucha por la igualdad ante la ley, la equidad social y económica, por el acceso a la salud, la educación y la vivienda, que no deben ser, sólo, el resultado de la caridad, ni del supuesto derrame económico, sino de la justicia social. La ideología woke lucha más bien por la defensa de los grupos identitarios, por ejemplo, el colectivo LGTB+.
Hay varios grupos woke, incluso dentro de un mismo país. A todos los une el rechazo y la crítica a los poderes establecidos, las monarquías y la iglesia, sobre todo. Los discursos woke circulan por todos lados, y hasta por sitios impensados como progresistas, cual sucede con el New York Times.
Según la filósofa Susan Neiman la izquierda política no tiene nada que ver con lo woke. La izquierda, dice esta analista, se caracteriza por el universalismo, la confianza en el progreso, la diferencia firme entre poder y justicia social. El universalismo subraya la colaboración entre los distintos países, pone el acento en que los humanos somos iguales y vivimos en un mismo planeta, debiéndonos ayuda entre todos. Un cuento de hadas.
El woquismo socorre una determinada identidad. No suele tener en cuenta que asumimos varias posibilidades e incluso que cambiamos, o que podemos cambiar, de identidad. Carl Schmitt, una de las personalidades sobresalientes del movimiento woke decía que cada vez que alguien usa la palabra humanidad, es porque desea engañar. Hannah Arendt, en cambio escribió que, por ejemplo, Eichmann, tan nazi como Schmitt, debía ser juzgado por crímenes contra la humanidad, no sólo por haber asesinado judíos o gitanos. Luego se fumaba un paquete completo de cigarrillos para calmarse después de discutir por teléfono con su editor del “New Yorker”.
Estar despierto, estar alerta, significa, estar consciente de lo que está pasando, y pugnar por un mundo más justo para un sector de la sociedad. Esto es woke. Si se va más allá de medidas reformistas, si se brega por derechos fundamentales, derechos humanos, para todos los ciudadanos, no solamente para un grupo o sector, si se batalla por el cambio climático, contra la pobreza, y las pandemias de todo tipo, es otra la posición. Esto es izquierda.
La noción de woke puede conectarse con el criticismo y el postmodernismo. Muchas de sus nociones fueron circulando desde Adorno a Foucault, pasando por Marcuse y Derrida. Remontándonos en el tiempo será inevitable tropezar con Descartes y Kant. En el caso del primero podríamos encontrar un antecedente, para muchos, un tanto antipático. Eso de la separación de lo que está afuera y lo que llevo conmigo (el pensar), ¿significa filtrar lo objetivo a través de lo subjetivo? Discutible, ¿yo el supremo?
Con Kant se reitera la operación de priorizar mi voluntad de tomar decisiones ante lo externo. O sea, instaurar la restricción, tamiz infalible para el obrar bien. También polémico, se obvia la contingencia del entorno social.
La influencia de Marx a través del antagonismo de clases, aporta un alto porcentaje de valor al concepto woke. Se despega de la influencia egoica y sectaria, y radicaliza la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, teniendo muy en cuenta que todos y todas, en cuanto podemos, tratamos de establecer una sociedad de dominantes y dominados. La oposición woke consensua con esta polarización marxista, pero prioriza otras opciones confrontadoras soslayando que, también subyace en toda ignominia, un abuso económico. Insistimos, podemos discutirlo en el bar de la esquina.
En 2017, el diccionario Oxford agregó la acepción de woke, definiéndolo como: “Estar consciente de temas sociales y políticos, en especial el racismo”. Conecta con la controvertida cultura de la cancelación y en España, a sus seguidores, se los llama los “despiertitos”, siendo un factor esencial en la actual “batalla cultural”. Lo paradójico es que desde el bando conservador y también del progresista, se puede utilizar esta palabra como misil ofensivo, por ejemplo, enlaza con los “ofendiditos”. Forma despectiva de referirse a personas que se molestan con demasiada facilidad cuando surgen, sobre todo, problemáticas de género. Ser woke significa comprometerse con la conciencia social y racial sin importar la dimensión cultural donde aflore, y cuestionar las opresiones impuestas históricamente por la sociedad. Pero para otros es un berrinche de hipócritas, que se autodefinen, con una moral superior y que quieren imponer sus ideas de apertura total sobre el resto.
De todos modos, los que tiraron la primera piedra con la palabra woke fueron ellos, el peluquín con ensalada de zanahorias en la cabeza y el pelucón con la crencha engrasada. Ahora a bancarse el contragolpe en las calles. Lo woke implica conciencia moral, “voz de la conciencia”, “vocación del cuidado”. Sea como sea va de ética y moral, términos de los que ignoran su valor estos neofascistas de litio.
El título de este artículo abrió tanguero, y cierra en el mismo código lunfardo con algunas líneas que cantaba Edmundo Rivero: “Se bate, se chamuya, se parola, se parlamenta reo…el chamuyo cafiolo es una papa cualquier mistongo el repertorio ñapa… (Significado de alguna de estas palabras. Cafiolo: Proxeneta, Mistongo: De baja calidad. Ñapa: Propina). ¿El mundo está en manos de proxenetas? ¿Nuestros días son de baja calidad? ¿Vivimos de propinas?
“…Es nuestro deber moral y nuestra responsabilidad histórica desmantelar el edificio ideológico del wokismo enfermizo”. Y se creen que lo están logrando. Aunque, antecedentes históricos no nos faltan…
Imagen: Foto tomada el 8/5/37 en el Luna Park de Buenos Aires. Un año después se reunieron 15.000 nazis argentinos para festejar el “Anschluss”, la anexión de Austria.