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Walter Tresols cruza la frontera del asombro

    Por Walter Tresols.Misiones, escritor. [[BR]] Carlos me invita a enviar texto a Neaconatus. Le contesto que estoy escribiendo bastante, pero como supongo siempre, son textos que no creo que le interesen a nadie. De todas formas, agradezco la convocatoria (que es permanente, aunque yo no le corresponda) a participar de un espacio que valoro, respeto y leo. Me comprometo a hacer el intento. …

    El periodismo: esa víctima de la ira, los algoritmos y la batalla cultural

      Por Osvaldo Mazal. Posadas. Escritor, docente, ingeniero [[BR]] No sé cómo denominar este escrito, que no es más que un simple comentario a unos apuntes publicados en Neaconatus, supongo que escritos por mi amigo el escritor Alberto Szeretter (creador con Carlos Piégari de Neaconatus), y titulados “Apuntes sobre un texto de E. Blaustein que compartió Osvaldo Mazal”. Apuntes a su vez motivados por un texto publicado por el periodista Eduardo Blaustein el 29 de noviembre en Facebook, acerca de la batalla cultural y ciertas oposiciones políticas y periodismos tóxicos, y que yo compartí en mi Facebook, identificándome con la amargura y el escepticismo desplegados por Blaustein. Así que este llamémoslo comentario sería nada más que una especie de puesta en acto de la famosa semiosis infinita, imaginada por el gran Peirce: un escrito que probablemente configurará un eslabón más de esa cadena de interpretaciones que jamás (ojalá) se agota. …

      Apuntes sobre un texto de E. Blaustein que compartió Osvaldo Mazal

        Por NEACONATUS [[BR]] Recientemente el escritor Osvaldo Mazal compartió en su perfil de Facebook unas líneas escritas por Eduardo Blaustein (https://www.facebook.com/eduardo.blaustein), quien vivió algunos años de exilio en Barcelona, donde se manifiesta escéptico ante la frase “batalla cultural”. A partir de esta toma de posición advierte que: “Dejé de leer los medios, decía, estas semanas post derrota. No quiero amargarme más. Soy como las viejas: las noticias me hacen mal, solían decir. Y tenían razón, hacen mal. Hace tiempo escribía sobre eso: literalmente ciertos periodismos enferman el alma y el cuerpo, como las redes.” …

        La pasión según Rosales

          Por Francisco Tete Romero. Resistencia, Chaco. Escritor, docente, director académico del Instituto de Estudios Superiores de la Fundación Mempo Giardinelli. [[BR]] Lo primero que Rosales vio fue su propia figura reflejada en la fachada del edificio de oficinas más alto de esa cuadra. Le gustó más su sombra alargada que su rostro y cuerpo envejecidos. Después fue el fuego prendiéndose sobre dos cuerpos de hombres en situación de calle que dormían a mitad de cuadra, en la otra vereda, lo que creció en esa pantalla vidriada de la ochava de la calle Reconquista al mil. Siguió de espaldas a los hechos. Vio a tres jóvenes rodear esos cuerpos que ardían. Los vio extasiados ante la llamarada naranja oscura que ascendía iluminando sus rostros juveniles. Sintió el olor a carne humana quemándose apoderarse e infectar el aire de esa calle. Escuchó alaridos que lo paralizaron de horror y risas e insultos de los jóvenes. Escuchó que alguien clamaba por Dios. Vio enseguida luces que se prendían en distintos pisos de los edificios de esa cuadra. Vio que había gente mirando por las ventanas y balcones que abajo, en la vereda, estaban quemando vivo a dos hombres. Los vio filmar con sus celulares. No escuchó una sola palabra de esa gente. No atinó a hacer nada, ni a decir nada. Permaneció a espaldas de lo que ocurría a pocos metros de donde permanecía clavado como estatua viviente. …

          Javier Chemes comparte fragmento inédito para una novela corta

            Por Javier Chemes. Posadas, Misiones. Escritor, músico y docente. [[BR]] Una mañana se levantó, cosa inusual en él, con el recuerdo de un sueño. Soñé, contó cuando nos encontramos esa tarde en su casa, ni bien nos sentamos a la sombra, con una metáfora viva. Una especie de metáfora viva, en tal caso, dijo interrumpiéndolo, Nelson. Habría que decir que todos en algún momento lo somos –agregó, con un brillo arrogante en los ojos por la idea que hilaba espontáneamente para nosotros–, aunque sólo sea de algún modo, “encarnamos” una metáfora con lo que hacemos. Era, siguió Mandi, ignorando por el momento a Nelson, aunque en un costado de su imaginación, simultáneamente, iba ordenando una respuesta rápida para intentar desbaratar la genial idea que el otro acababa de esgrimir, al pasar, mientras tomaba un tere, como un dibujo en 3 D sobre un pedestal. El busto de una mujer, pero de piedra. Una hermosa cabeza con hombros de mujer; una mezcla de Greta Garbo y Rita Hayworth, pensé, dibujada con trazos que flotaban recortándose en el firmamento azul del día, lo que le daba un brillo especial, aunque blanco, como si la piel fuera blanco papel manteca, un poco ahuesado, y los cabellos de un platinado resplandor dorado. En el pedestal brillaba también una chapa, de oro seguramente, METAPHORAI, decía la chapa, y ella flotaba encima. Todo el sueño fue lindo, aunque en un momento, la metáfora, se transformaba y dejaba repentinamente esa gracilidad y belleza inusuales en un busto de ese tamaño, porque era grande, de unos tres metros o más, entre las transparencias propias de sus trazos aéreos, y enojada, furiosa, gritaba en silencio, como un video silenciado, a nosotros que la admirábamos boquiabiertos. Alcancé a tomarle una foto en la que ¡posaba! Imaginate, muy loco, y de golpe se pone furiosa así y empieza a moverse con gestos más raros todavía para semejante bloque de piedra, una estatua semitransparente y tornasolada. Ya habíamos recorrido la fiesta, creo que éramos nosotros tres y alguno más que no recuerdo, que en algún momento de su duración, en el sueño, me pareció que ocurría en los años ’30. No sabría bien por qué; supongo que por la ropa y el decorado, e incluso por la arquitectura de la casa que por momentos parecía una casa quinta o una casa de campo. La recorríamos entre amigos, amigos en el sueño, y se destacaban un par de señoras, que a la distancia y ahora que lo pienso, creo, eran las dueñas, hermanas ellas, de la finca. No eran nuestras amigas pero terminaban siéndolo esa noche. Recuerdo que hablaban de Fogwill, como si fuesen íntimos. Ah, también creo que la música puede orientarnos en la época. Recuerdo que sospechábamos que pasaríamos la noche allí, junto a un grupo selecto y reducido de los sí amigos de las hermanas. Pero en el transcurso de la noche y debido, supongo, a la inconsistencia de los sueños, cuando caminábamos por el parque de la casa, nos dirigimos hacia afuera y de golpe estuvimos frente a la metáfora que flotaba en el jardín y ya era de día. Salimos por un costado del parque que rodeaba la casa todavía iluminada por las luces que alternaban sus colores narcotizando el amanecer, entre ligustros florecidos, abriendo un portoncito bajo de madera que daba a la avenida sobre el ex río. Caminamos hacia el centro, sin parar de fumar. Cuando miramos hacia la casa la metáfora era un globo aerostático que empezaba a elevarse entre los árboles que daban al barranco. Amanecía.